Starlette de internet

La starlette de internet es guapa o casi guapa: su juventud hace tal distinción casi innecesaria. Inteligencia, la justa: todo lo que tenía que aprender, excepto inglés, ya lo aprendió en la pubertad, y funciona. Parece que fue anteayer cuando se le pobló el pubis de pelos y le exigió a la sufrida madre que le comprara un ordenador “para sus estudios”, y parece que fue ayer cuando volvió a extorsionarla para que complementara la exigua beca Erasmus que la ha llevado a Leeds, donde aprende inglés. Además sabe muchísimo de música electrónica e indie, las bandas sonoras de su marea: la orquestilla de platos de Dj que acompasa su cimbreo farmacológicamente asistido y el galán amanerado que canta sólo para ella en su cuarto, y la arruma y comprende. Con todo eso, el mundo es suyo. Tarde o temprano, la chica mona monetizará su talento.

Una vez entrada en sociedad y presentada por ella misma a lo mejorcito de Twitter y Facebook, la estrellita tejerá un manto de cháchara cortesana, dando pares y nones a pagafantas y bufones, mientras, pragmática, espera al primer héroe que llegue. Embaucar a un editor, pillar a un productor o esposar a un esposo son todos éxitos, cada uno a su manera, con tal de que uno u otro la mantengan al nivel que merece. Lo ideal sería la fama, además del dinero, pero a fin de cuentas mejor es un ingeniero cualquiera que un aspirante a cineasta mendigando aportaciones de crowdfunding.

Su timeline tiene un poco de todo. En general, es una chica muy divertida, todo un torbellino de experiencias excitantes. A veces muestra epifanías del tipo “qué guapos sois los hombres”. O actualizaciones como “me he comprado mi primer reloj, ya soy madura”; “me he regalado a mí misma una cosa monísima en Urban Bullshitters”. O plantea debates trascendentales: “¿a quién os tiraríais antes, a Jared Leto ciclado o a Benedict Cumberbatch pasado de rayos UVA?”. O chispea: “Rajoy tiene más tetas que yo”. Podría deducirse que el denominador común de sus aportaciones a la farandulilla sería que son lo primero que le pasa por la cabeza, si no fuera porque alguna que otra vez las copia de por ahí. A veces habla de fútbol, que es algo que le interesa mucho a los chicos. Si pone en su biografía que es mourinhista demuestra que es una imbécil genérica y gregaria. Twitter es su querido diario, extraído del cajón de las bragas, y abierto barriga al cielo para que una multitud como una anémona le pase los dedos. El mundo debe leer el Diario de Ana Wank, la jovencita que escribe en su buhardilla de Leeds porque los alemanes han restringido los fondos festivos, pero que se resiste a vivir.

Ella es así. Se le podría perdonar todo porque tiene vagina. Y sin embargo hay pecados rara vez redimidos sino por la propia miseria, que llega con el oneroso interés de la vejez. La estrellita tiene una omaíta, que un buen día decide que se va a abrir un Facebook, como sus amigas. Hay que quedarse más en casa. La cosa está muy mal. No puede permitirse ni ir al bingo. En su muro pone alguna receta, algún video gracioso, alguna frase de motivación; felicita cumpleaños y refrenda fotos de amigas. Ya hace mucho tiempo que es madura y lleva reloj, que no se regala nada a ella misma, que gustosamente se acostaría con un hombre del aspecto de Rajoy que la cogiera de la mano y le dijera que era bonita. Omaíta quiere también estar en contacto con su niña, que está lejos. Y lejos piensa que está la niña, que se ve en todo lo alto, que es ya una tuitstar, aunque no sepa que hay tantas estrellas en el cielo como lentejas en plato de obrero. La madre llama a la puerta, que por un lado da a un decorado de sitcom y por otro a un pisito de protección oficial en una barriada del extrarradio sevillano. La hija da un portazo, avergonzada. Cómo se atreve. Qué brasas es, qué cateta. Escribe, una vez más, lo primero que le pasa por la cabeza: “Llego a casa y descubro que mi madre ha abierto un FB!!!”. “Con sesenta y tantos debería ser ilegal tener FB!!!!”. 

No sabe, todavía, que ha firmado su propia sentencia.

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