El zoológico

Tecleando con dos sarmentosos dedos, el jubilado escribe un mensaje indignado al director de BBC Gardener’s World, impelido por una moralidad que en el pasado ha tenido diversos motivos de alarma como el número de jugadores extranjeros en la Premiership, el implante mercantilista de celebraciones americanas como Halloween o la oportunista conversión al catolicismo de políticos como Tony Blair, al retirarse de la escena, delatando con impudicia su traición a la confianza de sus electores y su confabulación con enemigos tradicionales de la patria.

Sr. Director:

Me sentí profundamente perturbado al recibir por correo el catálogo de Spaldings, que venía dentro de su revista -a la que llevo suscrito durante muchos años- y descubrir que ofertaban bulbos de Hyacinthoides hispanica, el jacinto español, una especie invasora que está amenazando la extinción de nuestro maravillosa flor nativa. Aparentemente este país tiene la mayor población mundial de jacintos, pero incluso en bosques ancestrales se encuentran con abundancia híbridos de la especie española, mucho más robusta, y la autóctona. Estoy seguro de que estará usted de acuerdo en que ningún jardinero decente debería adquirir esta verdadera peste para nuestros jardines, parques y campiña.

Le saluda atentamente,

Reginald Rooney.

Reginald (gruñón, misántropo, viudo) ya no se molesta demasiado en intentar paliar la perfidia de la globalidad en la esfera política y cultural por la desilusión que siente por unos partidos mercenarios y un pensamiento políticamente correctos, a los que ha concedido la victoria en un debate en el que había entrado con entusiasmo cuando compró un ordenador y contrató línea de internet, tras asistir a un curso de su ayuntamiento para ciudadanos de la tercera edad. Internet le abrió horizontes inéditos para alguien por naturaleza incómodo con otras ofertas lúdicas como el bingo o los bailes de salón con señoras que olían a té y galletas con chocolate, y que movían el culo con chándal rosa con el brío de un bebe con los pañales cagados. El número y energía de los troles que lo ridiculizaban fueron demasiado para él, que al principio intentaba contestarlo todo, y su subsiguiente desdén encontró, además de la discreta sordidez del porno cibernético, un tranquilo refugio en las páginas dedicadas a la jardinería, donde su anacronismo encontraba una sorprendente conexión con un ecologismo ingenuo. El jardín era su arcadia patriótica.

Mientras elaboraba su profético mensaje -si conseguía que una sola alma comprendiera la amenaza ya habría ganado una guerra- su nieta Madeleine, a la que le tocaba cuidar porque su hija “estaba en una reunión”, perseguía en el suburbano jardín de Bromley a una ardilla con el simpático sadismo de la infancia, absolutamente inconsciente e indiferente de que era gris, americana e invasora y no roja y nativa. Reginald releyó la misiva, corrigió una coma, cerró el portátil, dio el último sorbo al té, y le dijo a la nieta que ya era hora de salir.

Hoy la llevaba al zoológico. Era un día gris de las vacaciones de Semana Santa, y ver bichejos exóticos una de las pocas diversiones apropiadas para él y para ella. En el tren que los llevó al centro, Reginald, didáctico, aleccionaba a la nieta sobre los hitos que se presentaban a través de la ventana, igual un espino que sonreía con sus flores rojas que las adustas piedras de la catedral de Southwark, llegando a Londres, que incitaban a la meditación sobre lo eterno en medio del bullicio promiscuo de la ribera sur de la ciudad. Madeleine lo escuchaba más o menos mientras picoteaba un sandwich de queso, pepino y tomate y jugaba con su Playstation.

En el zoológico le dieron un buen repaso a toda clase de animales. Pingüinos, pelícanos, serpientes, gacelas, llamas. Loros, mariposas, monos, arañas y peces. El mundo en un parque temático, con decorados diversos pero el mismo cielo gris por encima. Ninguno de esos animales, ni siquiera león o tigre, impactaron tanto en la pequeña como un majestuoso gorila que los miró con triste reproche, con expresión solemne e indignada. Lejos de su África nativa, en el corazón de la oscuridad, el noble animal parecía achacarles la privación del sol y de la libertad.

 -Abuelo, ¡el gorila parece tan triste!

-Querida mía, aquí está bien cuidado, sin que le falte de nada. Es un afortunado. En África están amenazados de extinción.

Afortunado o no, la tristeza del monstruo de feria asoma por unos ojos a los que no ha sido dado llorar, que no se ablandan por el rostro de una pequeña que le parece tan sólo una cría del mal, avergonzado por ser esclavo en una jaula de cristal.

Termina la visita y se dirigen a la estación de tren, destino a la casa solariega de la campiña suburbana, a la urbanización del jubilado que ha cotizado 40 años para una banca que no distingue el color del dinero. Entre Regent’s Park y Charing Cross el abuelo mira con disimulo las tarjetas de putas que adornan las cabinas de teléfono, con su lenguaje de iniciados y su oferta del mundo. A levels. O levels. Watersports. Korean beauty. Busty ebony. English rose. Thai transexual. El menú. El exotismo consignado a la jaula de piso y cabina, como el jamón de Westfalia o el de Parma o el serrano en la vitrina de algún delicatessen. Jamonas y jamones ultramarinos. Reginald reflexiona que Londres es la capital del mundo, que ofrece todos los sabores de la Commonwealth en un supermercado para sibaritas. “Cuando un hombre está cansado de Londres, es que está cansado del mundo, porque Londres ofrece todo lo que la vida puede ofrecer.”

Devuelta la pequeña a una madre que ha vendido su alma por una hipoteca en Fulham y un par de vacaciones al año en Turquía o Trinidad, o en Ibiza o Italia, Reginald marca un teléfono y contrata a una masajista para un final feliz para su día. Mientras la china le da calor calculado con sus manos a cambio de 50 libras a la hora, el miserable le promete cuidar de ella, para que nada le falte, a cambio de un amor que nunca tendría más fruto que la pensión. Casi llega a creer sus palabras. Se siente sólo, muy sólo. La mujer occidental, tan materialista, tan poco romántica, no es para él. Necesita a alguien que lo quiera, y una vez por semana lo intenta.

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