El ojo

El escritor de thrillers desparrama pistas y falsas pistas en un rutinario strip-tease del asesino para que el lector adicto tenga su dosis de satisfacción intelectual al “resolver” el crimen, en enésimo desafío de magnitud equiparable a acabar un buscaminas o un videojuego cualquiera. El consumidor de whodunnits, como el de porno, es persona de ritual y escenografía, y mantiene una tibia tensión entre la variedad de la escena y la inevitabilidad de la resolución. El decorado puede ser a base de clásico ladrillo neoyorquino, mínimo gris escandinavo, o barroco interior de iglesia, pero el climax es inexorable, y un lector privado de la exposición de la identidad del malo podría sentirse tan estafado como un voyeur sin su money-shot.

El nivel de las pistas puede escalar desde “la colilla de la marca que fuma el asesino” de las noveluchas de garita hasta la mancha azul en la lengua en la cosa de Humberto Eco, pasando por toda la quincalla de la obra de Agatha Christie y las providenciales señales de GK Chesterton. El escritor, por supuesto, se las sabe todas, que para eso ha colocado al malo en su entramado. Su protagonista puede saber latín, como los de Eco y Chesterton, o haber estudiado en la universidad de la vida, como tantísimos lumbreras de Facebook, pero también se las sabe todas, que para eso le ha dado el rol. El detective es tan poderoso con su inteligencia como la estrella del porno es con sus genitales, y al final se saldrá con la suya. Es un finísimo conocedor de la naturaleza humana, y es inútil intentar ocultarse de él.

En la actualidad, además, el progreso tecnológico ha significado que el detective cuenta con la omnisciencia del aparato de vigilancia electrónica, por si se le pudiera escapar algo, y para probarlo -si fuera necesario- la pista de las todas las pistas y evidencia de todas las evidencias: el ADN. El sabueso encuentra restos de cabello, piel, sangre, orina, saliva, moco… y a buscar en la base de datos, que ahí estará probablemente el pecador. Y si no, pues se le extrae por las buenas o por las malas y se coteja. Ahí tienes al malo.

El ADN es tan inapelable como el Juicio de Dios era en el medievo. Es impresionante lo que pueden conseguir los científicos. A partir de un resto de cagarro conservado en ámbar de hace 200 mil años -qué buenos relojes se hacen ahora- se puede reconstruir un dinosaurio o cualquier otro bichejo, y darle nombre, vida y propósito. Hay que compadecer a quien no cree en la ciencia, condenado a vagar en un caos por mundo. Y particularmente desdichado es el aspirante a filósofo buscando objeciones al claro veredicto de la justicia. No hay nada nuevo en la discusión bizantina, constante rémora del progreso humano. En el pasado, la iglesia civilizó a salvajes por medio de un formidable ejército de benefactores administrando el poder divino, y ahora el gobierno amaestra a ciudadanos díscolos por medio de un no menos formidable ejército de protectores del orden administrando el saber científico y la cultura. Un ciudadano de bien tiene fe en sus gobernantes y en sus escritores, y se sabe protegido y entretenido. Su vida es pulsión binaria, clara y segura, de vaivenes tan precisos como reloj, aunque esté hecho de arena.

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