El duelo

Disponiéndose al despegue en un asiento cerca de la cola del avión que le llevaría de Ljubljana a Londres, un nervioso pasajero intenta concentrar su atención en la revista de a bordo. Se salta con desdén castellano un reportaje sobre Barcelona,  pero lee absolutamente todo lo demás. Ya le ha pasado la etapa de codiciar accesorios para snobs -y nunca ha llegado a tener la capacidad de adquirirlos- sin embargo, contempla con la reticente pero persistente admiración de la envidia el físico de los modelos que exhiben relojes “deportivos”, cosméticos e indumentaria de petimetre. Eran, con diferentes caras, los mismos modelos que soñaba con emular antes de salir del nido familiar, desde el que quiso volar y al que tuvo que volver en ya demasiadas ocasiones.

Llegados los 35 años, tras haber rebotado de estudios de Informática, Diseño, Química -sin concluir ninguno- y haber intentado -sin fortuna alguna- diversos oficios como periodista, traductor y vendedor de teléfonos, SrInfiernos es el arquetípico hijo tonto que llega finalmente a tener conciencia de su fracaso vital. Conserva intacto un orgullo absurdo y gratuito por ser hijo de médico, pero semejante hidalguía incrementa el íntimo desprecio que siente por sí mismo, que intenta en vano soterrar bajo la pose de la indiferencia del genio. Por primera vez en su vida, tras terminar un módulo de formación profesional -su última baza- es independiente, pero su trabajo de operario de mantenimiento de aviación es mal pagado, duro y sucio. Eslovenia, para un emigrante escasamente cualificado y sin conocimiento del idioma, no es precisamente un paraíso.

Le queda, o le quedaba, Internet, donde era todo un personaje. En los albores de internet, en una especie de experimentación adolescente de identidades, Ignacio Pisuerga Torrente tuvo diversos apodos y atuendos, incluyendo alguno femenino, pero fue como SrInfiernos cuando se asentó en su familia virtual -un foro de “cultura popular”- y se convirtió en un personaje legendario en tales confines. Era el malote oficial de su pandilla, insultando y avasallando a cuanto nuevo entrara en el garito, y de vez en cuando paseando por otros foros, como pistolero del Oeste de pueblo en pueblo. La vanidad, como la codicia, nunca está satisfecha, y menos para un narcisista con complejo de inferioridad. Era poéticamente justo e inevitable que un día su identidad fuera expuesta en un foro de vigilantes, que además, con una rápida serie de Golpes Google, deconstruyeron la leyenda, mostrando la miseria de su vida real. En una sucesión incontrolable de acontecimientos -el tiburón que sangra pasa a ser víctima de sus congéneres- alguien llamó por teléfono al domicilio familiar y tuvo unas palabras con la madre del matoncillo.

SrInfiernos ha jurado venganza. Aunque ha tenido escaramuzas con todo tipo de internautas, esto es algo distinto. Ya han pasado tres años desde el rifirrafe, pero además se han vuelto a mofar de él, el burguesito que limpia retretes y moquetas de avión. Atesora un caché antiguo con la dirección de registro de la página desde donde ha sido hostigado, y se dirige a Londres para ajustar cuentas con su némesis. Está seguro de que es quien ha llamado a su casa. Está seguro que es él. Tiene que ser él. Y tiene que hacer algo. En otras ocasiones ha amenazado con dar un par de hostias a algún insolente al que ha descubierto troleando, y le ha funcionado. Esta vez le han aceptado gustosamente el envite. Y en Twitter, delante de sus seguidores, que azuzan al Tartarín madrilitas, del que admiran la pose de duro inquebrantable y el armamento de crueles chascarrillos. En la resaca de un acalorado intercambio de insultos de tres horas del que no se siente sino humillado, y del que ha borrado toda traza, SrInfiernos comprende que ha hecho el imbécil, pero siente que no puede renegar de su juramento público, so pena de muerte virtual. Sus gregarios se han extasiado con sus promesas de grabar en video la aventura: se avanzan apuestas, corren cotilleos, se jura justicia. Si SrInfiernos no cumple su palabra, la misma chusma que lo celebra será motín contra monstruo, una vez perdido el respeto.

De forma vertiginosa, se consiguieron los 200 euros que cuesta el pasaje, por medio de una colecta en el que una docena de personas pusieron hasta 5 euros y un misterioso donante, seguramente un magnate de la industria cultural, puso el resto. Ya no tiene que pedir el dinero a su madre -antigua defensora frente al severísimo padre- cuyos lamentos en tales ocasiones cada vez se hacen más largos y tediosos. Y ya no tiene excusa. Un compañero de foro, que trabaja en el McDonalds de Piccadilly mientras “termina” su novela, le ofrece alojamiento. Otro diseña una camiseta, “SrInfiernos London Tour 2014: Hostias como Panes”, que es puesta a la venta en su foro amigo, con un notable resultado: 23 pedidos en una semana.

SrInfiernos está casi conmovido por el aparato logístico puesto en marcha por sus gregarios, aunque una vocecilla paranoica le dice que quizás sea más títere manipulado que héroe admirado. Sabe que no hay marcha atrás. No puede ocultar a sí mismo que está asustado. No sabe realmente con quien se la juega: a juzgar por lo leído por ahí, piensa que su oponente debe ser un intelectual cobarde y miserable, pero realmente no tiene ni idea. Tampoco sabe si lo verá, o si el encuentro sería a solas o con una camarilla de canallas. Al mismo tiempo, una vez resignado con la situación, se ha intentado convencer de que puede terminar de forma contundente los humillantes ataques al mayor de sus logros vitales, su personaje de internet, infringiendo dolor físico o consiguiendo al menos una indigna y pública capitulación de su enemigo por medio de serias amenazas cara a cara.

En su aventura eslovena, el guerrero mesetario ha mantenido un riguroso entrenamiento que seguramente le servirá en esta decisiva batalla de su vida. Para empezar, como le gusta fanfarronear ante sus seguidores, a veces pasa jornadas enteras apretando tuercas y tornillos o lijando paneles, un entrenamiento real, como un hombre, sin tonterías; nada que ver con la solitaria hora de pesas y posturas en el gimnasio entre las 12 o 14 delante de un ordenador. Y cuando termina el trabajo, corre por el bosque y levanta tronquitos de árbol en diversas y audaces rutinas que romperían el espíritu de alguien que tuviera su antigua vida. Se siente un héroe, como se siente viendo películas, coordinando con tensos impulsos en su sillón el movimiento del protagonista de la pantalla -balas que silban alrededor, sin que ninguna lo alcance; antagonistas con caras chunguísimas que lo rodean, pero que se llevan una somanta de uno en uno, con tiempo. No será ningún triunfador convencional, en una sociedad que sólo valora el dinero, pero al menos puede triunfar como hombre.

Y como un hombre salió del avión, caminando deliberadamente por los pasillos del aeropuerto de Stansted con la implacable parsimonia de un héroe de cualquier caballeresca aventura de celuloide. Lleva una chaqueta de cuero “de aviador” y unos vaqueros gastados; de una de las trabillas le cuelga un mosquetón que asegura una cadena que a su vez asegura sus llaves. En los bolsillos guarda la cartera, el móvil y una navajita multiusos, y en la mochila, tres paquetes de pañuelos de papel, una caja de Paracetamol y otra de Fortasec. Además de su botiquín de emergencia, cepillo y pasta de dientes, desodorante y tres mudas de ropa interior, una botella de agua, un bocadillo de queso envuelto en aluminio, dos manzanas, cuatro barras de chocolate y una consola de videojuegos. Es todo lo necesario para una posible espera de horas tras su presa: no precisa más equipaje. Pasa por el control de pasaportes con gesto serio y sereno, especulando con las posibles suposiciones del policía sobre su persona, creyendo con ilusión que podría ser confundido con un ex-combatiente en Oriente Medio, o quizás mercenario, mafioso o agente secreto, ensayando una fría respuesta a rutinaria interpelación en robótico y burdo inglés (“Ai am of praivit bisnes”), incluso anticipando un posible interrogatorio (“No me pueden retener; voy limpio”), y sintiéndose algo decepcionado al ser absolutamente ignorado.

En el tren que lo lleva al centro de Londres, SrInfiernos se siente alerta, en territorio enemigo, cercano ya al singular duelo. Los 45 minutos le pasan como segundos. Un momento está en plana campiña salpimentada de granjas, y otro en la ciudad, rodeado de ladrillos cubiertos de grafitti a modo de grotesca hiedra: la barbarie invadiendo la civilización, el nuevo orden nacido de violencia. Pero en Madrid tampoco hay escasez de bobos con sprays, y se siente urbanita ducho en la supervivencia en la jungla de cemento, mientras ande por ahí ojo avizor y bien calladito. En la estación de Liverpool St. compra una tarjeta de transporte que le parece carísima, pero a pesar del enorme disgusto mantiene la pose hierática. Sin embargo, la aparente calma torna en una tempestad de resoplidos y aspavientos cuando intenta llamar a Carlos, su contacto en Londres, y el teléfono se traga monedas como un niño gordo engulle pastelitos, sin lograr establecer conexión y sin devolverlas. Saca el móvil, a pesar del precio prohibitivo de las llamadas internacionales, y una voz en inglés que no entiende muy bien -tiene que escucharla tres veces para hacer una conjetura- le informa de que el número no es reconocido. (“¡Maldito maricón de mierda! Esto me pasa por fiarme de un modernito. ¡Eso no me haría un colega de FP!”). Es muy tarde ya, hace frío, apenas hay gente en la estación y menos en la calle, y debe encontrar un lugar para pernoctar con lo limitado de su presupuesto. El problema es que, a diferencia de otras estaciones de tren de la ciudad, la cercanía al distrito financiero hace que no haya hostales alrededor.

A su rescate llega un conductor de minitaxi al que explica su predicamento, y tras negociar un precio de 20 libras, lo lleva a un hostal regentado por un amigo suyo. En el incongruentemente denominado Hotel Excelsior paga otras 20 libras por la noche, pero al llegar a la habitación comprueba con profunda preocupación que es compartida. Hay 4 literas, donde roncan un par de nigerianos, otro par de chavs autóctonos y un árabe, alrededor de una mesa donde se amontonan restos de comida-basura multiétnica, latas de cerveza y colillas. El cuarto de baño podría servir de escenario de una sala de tortura en una alegoría medieval del infierno. El hedor es demasiado incluso para él, a pesar de su amplia experiencia limpiando letrinas de avión. Vuelve a recepción para quejarse, pues iluso había pensado que había pagado 20 libras por una habitación individual. En la recepción Ahmed y Suleiman se carcajean al escuchar sus cuitas, y le informan inequívocamente: 20 libras en habitación para 8, 30 libras en habitación para 4, 80 libras en habitación para 1 o 2. El precio pone límite a sus escrúpulos. Vuelve al cuchitril, encuentra una litera libre, y cena el seco bocadillo, dejando las manzanas para desayunar y el chocolate como alimento de emergencia, administrando sus provisiones con la sabiduría de un experto en supervivencia. Se acuesta vestido, abrazado a su mochila como si fuera un oso de peluche, y con una mano agarrotada sobre su navajita, temeroso de ser atacado.

Su integridad física y moral, sin embargo, no sufre más que por el suspense de una noche insomne con una inquietante banda sonora de estridentes ronquidos y pedorretas. Se levanta temprano y se marcha sin pisar el dantesco cuarto de baño. Ya defecaría y se refrescaría en un McDonalds. Y cuál mejor que el de Piccadilly, donde trabaja Carlos, el traidor que lo ha dejado tirado tras haberlo animado de forma entusiasta para que ajustara cuentas con el común enemigo de internet. Le iba a decir cuatro cosas. Carlos no estaba allí, sin embargo. Otra de sus mentiras. Aprovechó para lavarse la cara y peinarse, pero no consiguió defecar: su rutina estaba demasiado trastocada. Tampoco tiene hambre. Tiene un nudo en el estómago.

No son ni las 6 de la mañana. Tiene un largo día por delante, otra terrible noche y una mañana antes de volar de vuelta a Eslovenia. Está sólo, pero no necesita a nadie; y ciertamente no a Carlos, el cultureta de mierda. Bueno, si necesita algo de dinero de su madre cuando vuelva, pues ha incurrido en gastos extraordinarios, pero eso ya se resolvería más adelante, a costa tan sólo de aguantar otro tedioso sermón y algo de menoscabo en su autoestima. Ha llegado el momento. Comparado con el viaje desde el aeropuerto, el trayecto al domicilio de su torturador le parece a cámara lenta, y los nervios se le acumulan por más esfuerzos que hace para relajarse. Una vez llegado a la vecindad, le parece sentir rostros observándolo tras las mudas ventanas. Diez metros antes de llegar a la puerta las piernas le tiemblan y siente ganas de defecar, por lo que tiene que volver sobre sus pasos, entrar en un pub, y librarse del lastre intestinal. Ahora sí.  Joder, qué nervios. Fight or flight. Pero se las sabe todas. El muy astuto lleva en la mochila un arma secreta que ha adquirido en una papelería: una carpeta de plástico negro con clip de metal y unos folios, con lo que puede pretender que está haciendo una encuesta, en caso que le abra la puerta alguien con aspecto de poder darle una hostia de padre sin mucho esfuerzo, o quizás esgrimiendo un cuchillo jamonero. La casa del inglés es su castillo. Pero si todo sale bien, abrirá la puerta un alfeñique al que darle dos collejas y obligarlo a implorar pleitesía de rodillas ante la cámara del móvil, en escena inmortal y gloriosa.

Toda su atención se concentra en la sensación de los nudillos en la puerta, que le parece tan dura como la compuerta de una cámara de seguridad de banco. La manita toca tímida, timorata y tentativamente, sin más respuesta que un hosco silencio. Espera un poco -es de mala educación llamar muy seguido- respirando hondo, y vuelve a golpear, esta vez con un poco más de energía. Le duele un poco la mano, pero está seguro que es sólo algo psicológico, dada la intensa concentración de sus sentidos. Cuando está seguro de que no hay nadie, golpea con bastante más fuerza, pero inmediatamente asustado por su propia sonoridad -si por alguna casualidad hubiera alguien dentro no le iba a gustar que llamaran así- decide marcharse. El tiparraco no está. Se hace un selfie en la puerta, haciendo el signo de la victoria. Ha cumplido su palabra. Se aleja. El corazón le late a ritmo de italo-disco y se atraganta de aire, boqueando como carpa fuera de agua. Ya pasó. Es hora de relajarse. Puede hacer un poco de turismo y volver a intentarlo por la tarde. Decide visitar el Museo de la Ciencia, que tiene una magnífica colección de motores de aviones. Él es un experto autodidacta en todo lo relacionado con la aviación, excepto pilotar, y se lo va a pasar fenomenal.

Al llegar la hora de cierre, un consternado empleado del museo llama a la policía, pues alguien con un trastorno mental evidente está embobado enfrente de una turbina Rolls-Royce, cantando “I believe I can fly” con fuerte acento extranjero, aleteando como una bailarina, sin hacer el menor caso a su apremio a desalojar la sala. En el manicomio, tras una buena noche de reparador sueño, SrInfiernos explica al psiquiatra que está bien, que simplemente ha sufrido un leve episodio de stress post-traumático -nada inusual en un ex-combatiente- pero que ahora su único motivo de preocupación es que ha perdido el vuelo a Eslovenia y no tiene ni un duro, por lo que le pide por favor que llame a su madre para que lo repatrie. Se siente bastante feliz, tanto por el Diazepam como por yacer en una cama limpia, esperando que su madre querida venga a rescatarlo, como después de cada una de sus aventurillas. Cómo quiere a su madre, aunque sea un poco pesadita, a su lado cada vez que la necesita. Ya se imagina en la casa del pueblo, en el ancestral terruño salmantino, delante de una taza de Cola Cao y unas pastas Reglero, en su soleada habitación, con la compañía de su ordenador y de sus adorables periquitos, tan bien amaestrados que aunque pueden volar prefieren la jaula, con su agua, su comida y sus juguetes, y sintiéndose queridos. Como él mismo, el curiosísimo y entrañable hombre-periquito.

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