Swift, Defoe, y la Burbuja

En 1710, el Reino Unido tenía una gran deuda causada por sus guerras, muchas de ellas contra España y Francia. En aquella época, el gobierno se había hecho dependiente del Banco de Inglaterra, una entidad privada de orientación Whig, y estaba descontento con su servicio. Robert Harley, que había sido nombrado Chancellor of the Exchequer (ministro de Economía) era un Tory, y en 1711 creó la South Sea Company, que pretendía hacerse cargo de la totalidad de la deuda nacional con interés. Antes había encabezado una investigación sobre las finanzas del gobierno que mostró gastos escandalosos. Tras varias pujas de los dos rivales, fue la South Sea Company quien logró hacerse cargo de la deuda, calculada en 9 millones de libras. El gobierno le pagaría un 6% anual, dinero que conseguiría estableciendo nuevos impuestos, de carácter permanente, sobre productos como alcohol, tabaco, seda, o vinagre.

La actividad económica de la South Sea Company era la venta de humo. En aquella época, se esperaba que tras el fin de la Guerra de Sucesión española, la recien creada compañía podría comerciar con las colonias españolas de América, y que mexicanos y peruanos darían cantidades ingentes de oro y plata para pagar los productos textiles británicos. Se pensaba que las minas eran inextinguibles. Algunos agentes se encargaron de circular rumores de que Felipe V, rey de España, permitiría acceso a Gran Bretaña acceso ilimitado a cuatro puertos en Chile y Perú a cambio de una parte de los beneficios de la compañía. Los rumores incrementaron su valor en bolsa. A Harley se le dio el título de Conde de Oxford.

En realidad, y como es lógico, Felipe V no tenía intención alguna de permitir el comercio en sus colonias a los británicos. Cuando la guerra terminó, el Tratado de Utrecht confirmó la posesión española de sus dominios americanos, y en 1713 Gran Bretaña consiguió un acuerdo bastante limitado: se le permitiría suministrar 4.800 esclavos al año durante 30 años, y podría enviar un barco al año, limitado en tonelaje y cargo, a México, Perú o Chile, con la condición de que el España se beneficiaría de un 5% del cargo y un 25% de los beneficios.

Ya Daniel Defoe había advertido del monumental absurdo de la empresa en “An essay on the South-Sea trade: With an enquiry into the grounds and reasons of the present dislike and complaint against the settlement of a South-Sea company”, en 1712:

Los que han concebido esta empresa saben muy bien del temperamento, constitución y estado de los asuntos de los españoles en América como para haberse prometido que por ningún tratado, capitulación o estipulación, tanto en la nueva España como en la vieja, se va a abrir el comercio de sus colonias con Inglaterra, o con ninguna nación del mundo. Quizás podrían permitir el comercio con determinados lugares de provisiones, pescado, grano, o cualquier cosa que puedan necesitar particularmente en esos lugares para la subsistencia de sus gentes, o puede que puedan hacer un trato para comprar esclavos, algo más propio de la African Company que para ninguna otra, y la razón para ello pueda ser sólamente que no puedan conseguirlos de otra manera. pero que permitan la importación libre de manufacturas europeas, y la exportación de metal precioso es tan contrario a la naturaleza de su comercio, tan destructivo para sus intereses, y sería tan fatal para la mismísima vida y ser de los dominios europeos de España, en cuanto al comercio, que a menos que los españoles estén desprovistos de sentido común, enajenados, y dejados, abandonando su propio comercio, arrojando el único valor que les queda en el mundo, y, en resumen, inclinados hacia su propia ruina, no podemos sugerir que nunca, bajo ninguna consideración, o por ningún equivalente, se separen de algo tan valioso, de una joya tan inestimable como el comercio en exclusiva con sus propias plantaciones.

En el Parlamento, también hubo oposición a la empresa por parte de Robert Walpole, líder de los partidarios del Banco de Inglaterra, que advirtió que la especulación financiera debilitaría el esfuerzo nacional en industria, que los incautos se arruinarían cuando perdieran sus ahorros para conseguir una riqueza imaginaria, que la base del proyecto de incrementar artificialmente el valor de las acciones prometiendo dividendos que nunca se podrían pagar era pérfida, y que en caso de lograr éxito, los Directores serían dueños del gobierno, dictadores de hecho, y que si fracasaba, algo de lo que estaba convencido, la nación quedaría en bancarrota. Sin embargo, nadie es profeta en su tierra, y la codicia se adueñó del espíritu del pueblo y sus gobernantes, aunque cada uno recibió un pago diferente. El Parlamento aprobó la empresa: la South Sea Company sería la más rica que el mundo había conocido, y cada 100 libras invertidas en sus acciones reportaría cientos de libras cada año. En la Bolsa había a diario muchedumbres agolpadas para comprar acciones.

Edward Matthew Ward, “La burbuja del Sur”

Sorprendentemente, el día de la aprobación en el Parlamento, las acciones cayeron ligeramente, pero los ejecutivos de la empresa hicieron toda clase de esfuerzos para mantener e incrementar su valor. Circularon más rumores: España intercambiaría Gibraltar y Mahón a cambio de algunos puertos en la costa de Perú; la compañía podría enviar a América cuantos barcos quisiera; no tendrían que pagar impuesto alguno a Felipe V. Las acciones subieron como la espuma. Se emitieron más acciones. La compañía no envió su primer barco hacia América hasta 1717, con un modesto beneficio. En 1718 comenzó una nueva guerra con España. Los bienes de la compañía en América fueron confiscados. Cualquier atisbo de beneficio desapareció, como los ahorros de una gran cantidad de incautos. Sin embargo, el Parlamento había aprobado estas actividades, a pesar de las malas relaciones con España.

El ejemplo de la empresa fue seguido por muchos oportunistas que establecieron empresas con diversos fines, muchos de ellos realmente peregrinos, y con escasas probabilidades de enriquecimiento más que para el que se aprovechara de la ingenuidad y avaricia de sus semejantes. Se formaron empresas para asegurar pérdidas por robo, para asegurar a los señores de pérdidas ocasionadas por sus sirvientes, o para convertir plomo en plata. El valor de todas las empresas-burbuja era mayor que el de toda la tierra de Gran Bretaña. Las acciones de la South Sea Company llegaron a un valor de mil libras, diez veces más que la inversión inicial.

Con la burbuja a punto de estallar, los directores de la compañía empezaron a vender sus acciones, y cuando la noticia empezó a propagarse hubo pánico entre los incautos que habían puesto su dinero. En la subsiguiente reunión de accionistas, los avispados que habían logrado grandes beneficios todavía elogiaban los logros de la compañía, afirmando que había enriquecido a toda la nación. Llegó un momento, con el valor de las acciones en constante descenso, en que los directores de la compañía no podían aparecer en público sin ser insultados, y se temía que hubieran motines. Se enviaron mensajes al rey, que se encontraba en Hanover, urgiendo su regreso. Se pidió a Walpole, con influencia en el Banco de Inglaterra, que aceptara hacerse cargo de bonos de la empresa, pero éste no tenía en principio interés en involucrarse en semejante ruina. Sin embargo, el clamor universal de la nación hizo que el Banco de Inglaterra aceptara colaborar para circular los bonos de la compañía, y el miedo se alivió un tanto, e incluso algunos volvieron a comprar con entusiasmo. En un solo día, sin embargo, la marea una vez más descendió, y el mismo Banco de Inglaterra, incapaz de devolver la confianza a los inversores, se negó a cumplir el acuerdo con la compañía, alegando que no había contrato sino borrador, y que no tenían obligación alguna en el asunto.

Así estalló una burbuja de codicia que envolvió a una nación entera. Nadie parecía extender la culpa a la credulidad y codicia de ciudadanos ordinarios que había suplantado el lugar de virtudes como la laboriosidad y el ahorro. Ellos eran las víctimas de estafadores que debían ser colgados y descuartizados: ése era el sentir popular. Se habló de castigo en el Parlamento, y Jorge I, de regreso de Hanover, apeló a la prudencia y a la constancia. Con todo, no había ley a propósito de tal situación. La comisión parlamentaria descubrió una montaña de stock inexistente, valores inflados, sobornos a personajes de las finanzas y la nobleza, libros de contabilidad alterados…

A pesar de la aparente indignación parlamentaria, Charles Stanhope, uno de los principales incriminados, fue absuelto, con el resultante descontento de la nación, especialmente por el temor de que otro encausado con mayor culpa, John Aislabie, consiguiera evitar el castigo. Sin embargo, estaba involucrado en fraude de tal forma que no se podía obviar, por lo que sirvió de chivo expiatorio. Se le expulsó del parlamento, fue aprisionado en la Torre de Londres, y se le prohibió salir del país durante un año. El veredicto fue acogido con entusiasmo por el populacho, que se agolpó en la Torre para vejarlo y arrojarle objetos, y al no conseguirlo, encendieron una hoguera y bailaron alrededor. Los ciudadanos se felicitaban y Londres parecía una fiesta. Otros encausados de menor relevancia salieron de rositas. Un crack económico absoluto fue evitado por la enorme riqueza de Gran Bretaña en el siglo XVIII y por la ayuda del gobierno para salir de la situación.

En Junio de 1720 se aprovó la Bubble Act, o Acta de Burbujas, que requería permiso parlamentario o real para el establecimiento de compañías anónimas. El acta fue anulada en 1825. Cada cierto tiempo emergen burbujas, como la burbuja inmobiliaria de Margaret Thatcher, o la simúltanea de Tony Blair y José María Aznar–los especuladores son bastante indiferentes al color de sus marionetas. Los cuentos de vacas gordas atraen a los ingenuos, que ponen sus ahorros y sus esperanzas en ladrillo, acciones o fondos de pensiones, creyendo en ganancias que no resultan del trabajo, para ser una y otra vez desplumados: en cada estafa hay dos estafadores.

Jonathan Swift, en su poema “The South Sea Project” (1720) expone tanto la astucia de los estafadores como la estupidez de los estafados.

Trescientas mil libras en stock,

tengo en vista una hacienda de lord;

¡todas mis mansiones juntas alrededor!

¡Un carruaje, y servido en plato!

Así el engañado en bancarrota delira,

Pone todo en una apuesta desesperada;

después se tira a las olas del Sur,

cabeza y orejas sumergidas–en deuda.

En su sátira, a la manera neoclásica, se alude al malaventurado vuelo de Ícaro, representando la vana ilusión de los que se prometían ganancias fáciles, y al bíblico paso del Mar Rojo, maniobra por la que los elegidos se salvan mientras el resto se ahoga. Quizás muchos de los problemas actuales se deriva de cierta actitud que no sólo espera que inventen otros, sino que también sean otros los que lean.

Originalmente publicado en GS, 13-7-2012.

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