Que se mueran los perros

Hace cerca de un año se informaba en El Mundo de que se buscaba al envenenador de perros de Malasaña, que al parecer había terminado con al menos 6 perros en los últimos meses. Hasta el momento los crímenes siguen impunes.

Las víctimas exhibían los mismos síntomas: se les hinchaba la cabeza y vomitaban. José I. notó que, tras empezar a vomitar, a su chucho se le hinchó la cabeza un día después, pero “como vio que seguía jugando pensó que no sería nada”. Una amante de los perros, Laura P., distribuyó carteles que informaban que “el efecto del veneno es INMEDIATO; se mueren A LAS POCAS HORAS”. Laura P. también explicaba que había mucha preocupación en el barrio, ya que “un perro es como un hijo”, y que como consecuencia del pánico de los dueños cada vez había más perros atados y con bozales.

Como en el caso de Jack el Destripador, circulaban varias teorías sobre el autor de los crímenes: una señora loca, un barrendero vengativo harto de heces caninas… Como los hechos siguen impunes pasado tanto tiempo hay quien ha empezado a circular los más fantásticos rumores, como que el asesino en serie es un miembro de la realeza, que contrajo una enfermedad venérea tras mantener contacto carnal canino. Estas voces conspiranoicas contrastan lo que parece desidia o incompetencia policial en el caso con su extrema diligencia para desalojar indignados de edificios ocupados, condenando a una gran cantidad de artistas al desamparo en la calle.

En cualquier caso, los crímenes han desembocado en un efecto saludable: perros debidamente atados y con bozales. En un mundo ideal, por supuesto, sólo los ciegos y la policía podrían tener perro en un entorno urbano. Los perros orinan y defecan en la calle, en muchos casos con impunidad debido a la connivencia de los amos y la pasividad de un público que prefiere evitar la confrontación. Si el dueño del perro es avistado por las fuerzas del orden mientras permite tan repulsivo acto, podría ser reconvenido, obligado a limpiar las heces, o multado. Por comparación, si un ser humano excreta en público con el exhibicionismo propio de un perro, seguramente sería arrestado, y posiblemente internado en un manicomio, drogado, y torturado.

Los perros son además auténticos almacenes de alérgenos y parásitos. Y lo que es más grave, los perros intimidan y a veces atacan a seres humanos. Por la misma fecha en que la actividad del serial killer malasañero fue dada a conocer por los medios, hubo 5 muertos por ataques de perros, incluyendo un niño de 2 años, otro de 4, y dos de 20 meses; en los últimos 10 años han muerto al menos 20 personas. A los padres de cualquiera de estos niños, las palabras de Laura P. debieron sonar a blasfemia. El perro de José I. era un bulldog. Cada vez hay más perros de razas concebidas para la “defensa”, muchas veces en manos de niñatos y pandilleros de nula madurez y responsabilidad.

Hay quienes opinan que la solución es una licencia para perros, como en otros países, y fuertes impuestos por todos los problemas que acarrean. Después de todo, aducen, a veces un perro es buena compañía, o la única, para un anciano o una persona con problemas. Si el abuelo dispone de pocos medios, se le exime del pago. Y para el resto, que paguen, que paguen mucho. Una especie de carnet por puntos, como el de conducir: al primer excremento que se deje en la calle, o al pasear sin bozal y correa, 3 puntos. Al llegar a 12, que incineren al perro, y que inhabiliten al dueño para la futura posesión de mascota.

Esta solución, aunque hasta cierto punto positiva, sería problemática porque significaría la dedicación de mucho tiempo y esfuerzo policial, tiempo y esfuerzo que podrían ser empleados con mucho más beneficio en la persecución de especuladores bancarios y delincuentes fiscales, los mayores parásitos de una sociedad enfermiza. Una sociedad en la que la lealtad familiar ha sido destruida y sustituida por la sumisión feudal a la empresa, y en la que se ha llegado a la lamentable situación de que muchos abuelos sólo se comunican con su perro, mientras tantas hijas y nueras se liberan de forma totalmente grotesca e improductiva, hijos y yernos juegan a mozalbete putero, y nietos juegan a gángster.

También hay quien postula la posibilidad de educar a los perros y sus amos para que defequen en zonas designadas. Es ésta una solución buenrollista e ingenua: aunque haya amaestradores como César Millán, el hombre que susurra a los perros, que aparentemente son capaces de conseguir que un perro asesino se convierta en un oso de peluche, aunque haya señoras que consiguen trucos increíbles de sus perros falderos, nadie parece haber logrado o tenido interés en conseguir que el perro evite defecar sobre ciertas superficies urbanas. El perro, a la hora de evacuar, no distingue asfalto de hierba. Además, el perro suele mimetizar el comportamiento de su amo, y no es de extrañar que un entorno como Malasaña, donde los perros parecen ciertamente reflejo de la moralidad de sus dueños, esté seriamente contaminado de orina, vómito y heces. No siempre es fácil distinguir la procedencia.

Como para tantas cosas, se debe mirar al exterior para encontrar soluciones. Y también a la propia historia, ese catálogo de grandezas y miserias. El pueblo de Corea utiliza a los perros con un fin mucho más loable: comerlos. Ciertamente España, que tiene una considerable tradición de hambrunas, y en la que vistas las circunstancias un revival no es totalmente descartable, podría seguir el ejemplo oriental. Aunque la gente pudiera tener escrúpulos iniciales, no hay nada que no se pueda cambiar con una buena campaña de reeducación, la transmisión de tecnología culinaria coreana, y una adecuado difusión publicitaria ensalzando la labor de gurus nacionales como Ferrán Adriá, que podría deconstruir la carne canina en infinidad de manjares dignos de la más distinguida oligarquía patria y su séquito de snobs. Con envasados sugerentes, con precios totalmente astronómicos, con información científica ensalzando las propiedades milagrosas de alguno de sus componentes nutritivos, el perro podría ser el nuevo alimento de moda. Además, siempre puede recordarse a Cervantes: “la mejor salsa es el hambre”. Que los pudientes alternen en El Bullshit y que los pobres pillen al chucho que puedan en la calle, como toda la vida. A unos y otros les sabrá bien, por motivos diferentes. El perro, con su gran número de razas e híbridos, sería ideal para el eterno conflicto de clases. Al rico no le gusta comer lo mismo que el pobre, y ciertas razas tendrían precios prohibitivos.

Las pieles de perros de raza podrían servir para hacer abrigos para cierto tipo de señora adinerada que nunca ha puesto impedimento a ir ataviada de zorra. El simple salto cualitativo de convertir la piel de perro en accesorio chic sería bastante más fácil que conseguir que la población se alimente de carne de perro -lo cual no es en absoluto difícil. La veneración a lo anglosajón de nuestros serviles medios comunicativos podría servir de catalizador: el equivalente inglés de zorra es bitch, perra, y el estilo de vida de la puta es admirado por una gran parte de la sociedad. Un número suficiente de cortesanas exhibiendo la indumentaria de moda, y una élite -las nuevas afrancesadas- la llevarían como símbolo de distinción; un número suficiente de franquicias suministrando el producto y éste se convertiría en uniforme de una generación.

Un posible aunque de momento no demasiado probable excedente de producción podría dedicarse a la exportación, mejorando la balanza de pagos, y diversificando la economía: España no puede conformarse con ser la Florida de Europa, simplemente proporcionando hoteles, restaurantes y burdeles para jubilados y jovenzuelos del Norte.

Originalmente publicado en GS, 3-12-2011.

Anuncios