El paseo

Pasear sin demasiada atención a rumbo es un gran deleite para el viajero que quiere conocer una ciudad con cierta profundidad y por ello le dedica cierto tiempo, o el residente que disfruta manteniendo la relación. Y una de las primeras y esenciales informaciones logísticas al llegar a territorio extranjero es saber dónde se puede defecar, necesidad tan cierta como la muerte o los impuestos, y que puede sabotear el placer del paseo. Generalmente, como los impuestos, la necesidad de excretar es regular y periódica, de acuerdo a lo ingresado, pero en ocasiones, como la muerte, su llegada puede ser inesperada y terrible. Para el viajero, el mero cambio en las coordenadas espacio-temporales puede trastocar sus funciones fisiológicas, que, por supuesto, pueden sufrir trastornos mucho más graves por comida y bebida extraña y microbios de otras cepas, pero incluso el residente bien asentado puede ser asaltado por necesidad imperiosa y difícil. Incluso si se lleva equipaje con alimentos propios debido a hipocondría -el que sabe cocinar es su propio médico- o tacañería, nadie está exento de la posibilidad del sufrimiento que entraña la convulsión intestinal incontrolable fuera del hogar, en territorio enemigo. Ni siquiera Reverte. Al dolor, que puede ser igual de ineludible en la casa propia, se une el miedo cerval a hacérselo encima, y el suspense por no saber si se podrá llegar a buen puerto para descargar, o, por el contrario, cometer un indeseado harakiri en reverso, cosechando más mofa que compasión entre los testigos de tan grotesco suicidio público. No se debe desear una tortura así al peor de los enemigos. O sí. Cada uno que haga cálculos con su karma.

De la mano de pulpo de la globalidad llega una socorrida solución para el problema: McDonalds, ese omnipresente establecimiento que proporciona retretes fácilmente accesibles sin incordio de empleados demasiado leales a sus obligaciones. También, por supuesto, una comida que se ha procesado de forma alejada de lo orgánico, con un standard universal, con mínimas probabilidades de causar diarrea. Comida aséptica y retrete accesible, una combinación ganadora tanto para los presupuestos limitados como para los intolerantes con la gastronomía pretenciosa y creativa -especialmente con el precio- pero de arriesgada digestión.  Los restaurantes muy raramente tiran la comida, y la mayor escasez de clientes puede suponer que el cebo del restaurante caro esté mucho menos fresco que el de otro con un flujo constante de clientes. Realmente, McDonalds es un gran servicio público.

Con mayor conocimiento de la ciudad se consigue una amplia red de puntos en el mapa de mayor o menor conveniencia y comodidad, pero todos con su utilidad: centros comerciales, cines, pubs, estaciones, urinarios públicos, parques, callejas discretas. Todos tienen su horario y condiciones de accesibilidad, higiene y concurrencia. No tener una moneda, requisito en algunos servicios públicos, puede ocasionar un desastre para el poco avisado: un completo cambio de planes, confiando el éxito a la improvisación. En muchos pubs hay un cartel que informa de que los servicios son sólo para clientes. No es un escollo totalmente insalvable, ni mucho menos, pero puede hacer necesario incurrir en gasto innecesario o provocar confrontación. En muchos centros comerciales se llega a los servicios tras un laberinto, y a veces se puede hacer necesario soslayar a otros peatones en maniobras de diversa velocidad y riesgo, o incluso apartarlos con cierta brusquedad.

Para los visitantes a Londres, en pleno centro se encuentra un templo para el paseante que facilita retretes tan finos y elegantes como los de un club de alterne, y donde además se puede descansar sin consumir o comprar, sin la menor interacción con empleados o clientes. Sentarse es una parte esencial del paseo del que quiere disfrutar de no tener nada que hacer, y no es poca cosa a veces poder sentarse bajo cubierto en una ciudad que puede ser, por su adversa climatología, bastante inhóspita para el ocioso. El Hipódromo, en la esquina de Leicester Square y Charing Cross, está abierto las 24 horas del día, los 7 días de la semana. El edificio fue originalmente un teatro, después convertido en discoteca y finalmente en casino. En la nave central de la pecaminosa catedral, bajo una enorme lámpara -un rácimo de simples y gordas bolas blancas de inspiración setentera- giran la mayoría de las ruletas. Hay una multitud de tragaperras  y mesas de juego por palcos, pasillos y patios, y en la última planta, una terraza al aire libre para fumar shisha. En todas las plantas hay bar, y camareras itinerantes, con el escote poco abrigado, sirviendo bebida -y más raramente comida- a los jugadores. Generalmente, la banda sonora, sin estruendo, apenas varia entre el funk y el easy-listening: el lugar tiene una decidida vocación de Vegas-on-Thames. De vez en cuando hay eventos de cabaret y conciertos, para cumplir la cuota cultural del antro amoral pero sofisticado y respetable, a la manera de esas entrevistas tan sesudas del Playboy. Hay discretas noticias -cumpliendo con la ley- que aconsejan, con siniestra ambigüedad, “apostar con responsabilidad”.

En el Hipódromo hay portero, pero no hay código indumentario ni exasperantes esperas como en tanto centro de reunión de snobs. Siempre se es bien recibido: en la puerta, son objeto de la misma respetuosa y discreta deferencia un abogado educado en Eton y un fontanero recién llegado de Polonia. Al salir, el mismo respetuoso saludo, lo mismo al que se ha pasado varias horas arruinando la economía familiar como el que haya estado sólo 5 minutos para ir al retrete. Es una gran sensación la de ser saludado al terminar la obra, y casi se podría disculpar al enajenado, o al simple hipster adicto a las teleseries que, excitado por el decorado, se siente mafioso italoamericano por unos minutos o meses.

No son tales las fantasías del avezado paseante que disfruta con la observación de lo cotidiano en un ambiente sosegado, en un saludable ejercicio de amable misantropía a veces puntuado por un encuentro fugaz: andar entre gente, siendo todos y ninguno, o sentarse y ver caras, como el que se sienta en la playa y mira las olas, tomando prestado un rato de eternidad para no pensar mucho más que en la nada. Es muy relajante observar ludópatas perdiendo con calma. En el casino, las caras son parcas de expresión pero abiertas al mundo, por lo absortas. La etiqueta del lugar no estimula el exceso expresivo; el jugador, cuya fe en su sistema permanece inalterable en la escasa recompensa y la abundante adversidad, puede perder en un segundo todo menos la dignidad. Al acabar la jornada laboral hay más variedad de personal, especialmente bebedores gregarios y vanidosos, pero por la mañana lo que predomina es el jugador puro, generalmente sin interés en signos externos de riqueza, como monje con voto.

No muy lejos del casino, compartiendo muro con el Leicester Square Theatre and Museum of Comedy, que en el otro lado se acoda en el Prince Charles Cinema, está Notre Dame, la iglesia católica francesa, donde se puede encontrar un momento de quietud entre representación y representación. Las caras de fieles e infieles son parecidas, discretas en la gratitud, el reproche o la esperanza, hablando con Dios o con la ruleta, pero siempre, como Job, sujetos a las apuestas del diablo. Y en la prueba asoma el carácter, la humildad que acepta con estoicismo y bondad el destino que no ha buscado o la arrogante presunción del que cree que posee poderes especiales de inteligencia o fortuna, sintiéndose elegido por ruleta que gira o por ídolo de madera. El adicto al juego, como el idólatra o los ilusos creyentes en la ciencia y en la ideología política, cree tener un sistema. Se cree listo. Ante tragaperras, ruleta o baraja, ante la vida o internet, observa, estudia, busca estadísticas y patrones, y apuesta. “¿Cuántas veces ha salido el 8?”. “Dios lo ha castigado por impío”. “Si gana otra vez el PP bajará la prima de riesgo”. “Ésta vez podemos”. La casa siempre gana, sí, pero en conjunto. Hay gente que va al infierno, pero él es de los ganadores. Y en la lucha exhibe la aparente calma de un jugador de ajedrez, que para eso compite con la mente. La solemnidad y determinación del rostro del jugador es muy parecida a la del miembro de secta o el analista político o económico, esperando sacar oro en forma de premio, salvación, riqueza o revolución, absolutamente inconscientes de la propia insignificancia, creyendo que la vida va a ser alguna vez diferente, concentrados en llegar a la meta de su locura. Pero el adicto a los juegos de azar tiene una indudable ventaja sobre los iluminados por ideas e ídolos, y es que por lo general no es proselitista: está totalmente desinteresado en el prójimo. Nada que ver con él compartir su sistema con un desconocido ni estorbar la paz de sus pensamientos de forma alguna. El paseante que busca un refugio para descansar del ajetreo de Babylondon puede olvidar el parque, terreno propicio para niños, niñatos, pervertidos, psicópatas y un torrente de turistas, y encontrar paz en el casino. A menos, por supuesto, que sea un jugador.

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