Archivo del Autor: Citizen Cani

El paseo

Pasear sin demasiada atención a rumbo es un gran deleite para el viajero que quiere conocer una ciudad con cierta profundidad y por ello le dedica cierto tiempo, o el residente que disfruta manteniendo la relación. Y una de las primeras y esenciales informaciones logísticas al llegar a territorio extranjero es saber dónde se puede defecar, necesidad tan cierta como la muerte o los impuestos, y que puede sabotear el placer del paseo. Generalmente, como los impuestos, la necesidad de excretar es regular y periódica, de acuerdo a lo ingresado, pero en ocasiones, como la muerte, su llegada puede ser inesperada y terrible. Para el viajero, el mero cambio en las coordenadas espacio-temporales puede trastocar sus funciones fisiológicas, que, por supuesto, pueden sufrir trastornos mucho más graves por comida y bebida extraña y microbios de otras cepas, pero incluso el residente bien asentado puede ser asaltado por necesidad imperiosa y difícil. Incluso si se lleva equipaje con alimentos propios debido a hipocondría -el que sabe cocinar es su propio médico- o tacañería, nadie está exento de la posibilidad del sufrimiento que entraña la convulsión intestinal incontrolable fuera del hogar, en territorio enemigo. Ni siquiera Reverte. Al dolor, que puede ser igual de ineludible en la casa propia, se une el miedo cerval a hacérselo encima, y el suspense por no saber si se podrá llegar a buen puerto para descargar, o, por el contrario, cometer un indeseado harakiri en reverso, cosechando más mofa que compasión entre los testigos de tan grotesco suicidio público. No se debe desear una tortura así al peor de los enemigos. O sí. Cada uno que haga cálculos con su karma.

De la mano de pulpo de la globalidad llega una socorrida solución para el problema: McDonalds, ese omnipresente establecimiento que proporciona retretes fácilmente accesibles sin incordio de empleados demasiado leales a sus obligaciones. También, por supuesto, una comida que se ha procesado de forma alejada de lo orgánico, con un standard universal, con mínimas probabilidades de causar diarrea. Comida aséptica y retrete accesible, una combinación ganadora tanto para los presupuestos limitados como para los intolerantes con la gastronomía pretenciosa y creativa -especialmente con el precio- pero de arriesgada digestión.  Los restaurantes muy raramente tiran la comida, y la mayor escasez de clientes puede suponer que el cebo del restaurante caro esté mucho menos fresco que el de otro con un flujo constante de clientes. Realmente, McDonalds es un gran servicio público.

Con mayor conocimiento de la ciudad se consigue una amplia red de puntos en el mapa de mayor o menor conveniencia y comodidad, pero todos con su utilidad: centros comerciales, cines, pubs, estaciones, urinarios públicos, parques, callejas discretas. Todos tienen su horario y condiciones de accesibilidad, higiene y concurrencia. No tener una moneda, requisito en algunos servicios públicos, puede ocasionar un desastre para el poco avisado: un completo cambio de planes, confiando el éxito a la improvisación. En muchos pubs hay un cartel que informa de que los servicios son sólo para clientes. No es un escollo totalmente insalvable, ni mucho menos, pero puede hacer necesario incurrir en gasto innecesario o provocar confrontación. En muchos centros comerciales se llega a los servicios tras un laberinto, y a veces se puede hacer necesario soslayar a otros peatones en maniobras de diversa velocidad y riesgo, o incluso apartarlos con cierta brusquedad.

Para los visitantes a Londres, en pleno centro se encuentra un templo para el paseante que facilita retretes tan finos y elegantes como los de un club de alterne, y donde además se puede descansar sin consumir o comprar, sin la menor interacción con empleados o clientes. Sentarse es una parte esencial del paseo del que quiere disfrutar de no tener nada que hacer, y no es poca cosa a veces poder sentarse bajo cubierto en una ciudad que puede ser, por su adversa climatología, bastante inhóspita para el ocioso. El Hipódromo, en la esquina de Leicester Square y Charing Cross, está abierto las 24 horas del día, los 7 días de la semana. El edificio fue originalmente un teatro, después convertido en discoteca y finalmente en casino. En la nave central de la pecaminosa catedral, bajo una enorme lámpara -un rácimo de simples y gordas bolas blancas de inspiración setentera- giran la mayoría de las ruletas. Hay una multitud de tragaperras  y mesas de juego por palcos, pasillos y patios, y en la última planta, una terraza al aire libre para fumar shisha. En todas las plantas hay bar, y camareras itinerantes, con el escote poco abrigado, sirviendo bebida -y más raramente comida- a los jugadores. Generalmente, la banda sonora, sin estruendo, apenas varia entre el funk y el easy-listening: el lugar tiene una decidida vocación de Vegas-on-Thames. De vez en cuando hay eventos de cabaret y conciertos, para cumplir la cuota cultural del antro amoral pero sofisticado y respetable, a la manera de esas entrevistas tan sesudas del Playboy. Hay discretas noticias -cumpliendo con la ley- que aconsejan, con siniestra ambigüedad, “apostar con responsabilidad”.

En el Hipódromo hay portero, pero no hay código indumentario ni exasperantes esperas como en tanto centro de reunión de snobs. Siempre se es bien recibido: en la puerta, son objeto de la misma respetuosa y discreta deferencia un abogado educado en Eton y un fontanero recién llegado de Polonia. Al salir, el mismo respetuoso saludo, lo mismo al que se ha pasado varias horas arruinando la economía familiar como el que haya estado sólo 5 minutos para ir al retrete. Es una gran sensación la de ser saludado al terminar la obra, y casi se podría disculpar al enajenado, o al simple hipster adicto a las teleseries que, excitado por el decorado, se siente mafioso italoamericano por unos minutos o meses.

No son tales las fantasías del avezado paseante que disfruta con la observación de lo cotidiano en un ambiente sosegado, en un saludable ejercicio de amable misantropía a veces puntuado por un encuentro fugaz: andar entre gente, siendo todos y ninguno, o sentarse y ver caras, como el que se sienta en la playa y mira las olas, tomando prestado un rato de eternidad para no pensar mucho más que en la nada. Es muy relajante observar ludópatas perdiendo con calma. En el casino, las caras son parcas de expresión pero abiertas al mundo, por lo absortas. La etiqueta del lugar no estimula el exceso expresivo; el jugador, cuya fe en su sistema permanece inalterable en la escasa recompensa y la abundante adversidad, puede perder en un segundo todo menos la dignidad. Al acabar la jornada laboral hay más variedad de personal, especialmente bebedores gregarios y vanidosos, pero por la mañana lo que predomina es el jugador puro, generalmente sin interés en signos externos de riqueza, como monje con voto.

No muy lejos del casino, compartiendo muro con el Leicester Square Theatre and Museum of Comedy, que en el otro lado se acoda en el Prince Charles Cinema, está Notre Dame, la iglesia católica francesa, donde se puede encontrar un momento de quietud entre representación y representación. Las caras de fieles e infieles son parecidas, discretas en la gratitud, el reproche o la esperanza, hablando con Dios o con la ruleta, pero siempre, como Job, sujetos a las apuestas del diablo. Y en la prueba asoma el carácter, la humildad que acepta con estoicismo y bondad el destino que no ha buscado o la arrogante presunción del que cree que posee poderes especiales de inteligencia o fortuna, sintiéndose elegido por ruleta que gira o por ídolo de madera. El adicto al juego, como el idólatra o los ilusos creyentes en la ciencia y en la ideología política, cree tener un sistema. Se cree listo. Ante tragaperras, ruleta o baraja, ante la vida o internet, observa, estudia, busca estadísticas y patrones, y apuesta. “¿Cuántas veces ha salido el 8?”. “Dios lo ha castigado por impío”. “Si gana otra vez el PP bajará la prima de riesgo”. “Ésta vez podemos”. La casa siempre gana, sí, pero en conjunto. Hay gente que va al infierno, pero él es de los ganadores. Y en la lucha exhibe la aparente calma de un jugador de ajedrez, que para eso compite con la mente. La solemnidad y determinación del rostro del jugador es muy parecida a la del miembro de secta o el analista político o económico, esperando sacar oro en forma de premio, salvación, riqueza o revolución, absolutamente inconscientes de la propia insignificancia, creyendo que la vida va a ser alguna vez diferente, concentrados en llegar a la meta de su locura. Pero el adicto a los juegos de azar tiene una indudable ventaja sobre los iluminados por ideas e ídolos, y es que por lo general no es proselitista: está totalmente desinteresado en el prójimo. Nada que ver con él compartir su sistema con un desconocido ni estorbar la paz de sus pensamientos de forma alguna. El paseante que busca un refugio para descansar del ajetreo de Babylondon puede olvidar el parque, terreno propicio para niños, niñatos, pervertidos, psicópatas y un torrente de turistas, y encontrar paz en el casino. A menos, por supuesto, que sea un jugador.

Que se mueran los perros

Hace cerca de un año se informaba en El Mundo de que se buscaba al envenenador de perros de Malasaña, que al parecer había terminado con al menos 6 perros en los últimos meses. Hasta el momento los crímenes siguen impunes.

Las víctimas exhibían los mismos síntomas: se les hinchaba la cabeza y vomitaban. José I. notó que, tras empezar a vomitar, a su chucho se le hinchó la cabeza un día después, pero “como vio que seguía jugando pensó que no sería nada”. Una amante de los perros, Laura P., distribuyó carteles que informaban que “el efecto del veneno es INMEDIATO; se mueren A LAS POCAS HORAS”. Laura P. también explicaba que había mucha preocupación en el barrio, ya que “un perro es como un hijo”, y que como consecuencia del pánico de los dueños cada vez había más perros atados y con bozales.

Como en el caso de Jack el Destripador, circulaban varias teorías sobre el autor de los crímenes: una señora loca, un barrendero vengativo harto de heces caninas… Como los hechos siguen impunes pasado tanto tiempo hay quien ha empezado a circular los más fantásticos rumores, como que el asesino en serie es un miembro de la realeza, que contrajo una enfermedad venérea tras mantener contacto carnal canino. Estas voces conspiranoicas contrastan lo que parece desidia o incompetencia policial en el caso con su extrema diligencia para desalojar indignados de edificios ocupados, condenando a una gran cantidad de artistas al desamparo en la calle.

En cualquier caso, los crímenes han desembocado en un efecto saludable: perros debidamente atados y con bozales. En un mundo ideal, por supuesto, sólo los ciegos y la policía podrían tener perro en un entorno urbano. Los perros orinan y defecan en la calle, en muchos casos con impunidad debido a la connivencia de los amos y la pasividad de un público que prefiere evitar la confrontación. Si el dueño del perro es avistado por las fuerzas del orden mientras permite tan repulsivo acto, podría ser reconvenido, obligado a limpiar las heces, o multado. Por comparación, si un ser humano excreta en público con el exhibicionismo propio de un perro, seguramente sería arrestado, y posiblemente internado en un manicomio, drogado, y torturado.

Los perros son además auténticos almacenes de alérgenos y parásitos. Y lo que es más grave, los perros intimidan y a veces atacan a seres humanos. Por la misma fecha en que la actividad del serial killer malasañero fue dada a conocer por los medios, hubo 5 muertos por ataques de perros, incluyendo un niño de 2 años, otro de 4, y dos de 20 meses; en los últimos 10 años han muerto al menos 20 personas. A los padres de cualquiera de estos niños, las palabras de Laura P. debieron sonar a blasfemia. El perro de José I. era un bulldog. Cada vez hay más perros de razas concebidas para la “defensa”, muchas veces en manos de niñatos y pandilleros de nula madurez y responsabilidad.

Hay quienes opinan que la solución es una licencia para perros, como en otros países, y fuertes impuestos por todos los problemas que acarrean. Después de todo, aducen, a veces un perro es buena compañía, o la única, para un anciano o una persona con problemas. Si el abuelo dispone de pocos medios, se le exime del pago. Y para el resto, que paguen, que paguen mucho. Una especie de carnet por puntos, como el de conducir: al primer excremento que se deje en la calle, o al pasear sin bozal y correa, 3 puntos. Al llegar a 12, que incineren al perro, y que inhabiliten al dueño para la futura posesión de mascota.

Esta solución, aunque hasta cierto punto positiva, sería problemática porque significaría la dedicación de mucho tiempo y esfuerzo policial, tiempo y esfuerzo que podrían ser empleados con mucho más beneficio en la persecución de especuladores bancarios y delincuentes fiscales, los mayores parásitos de una sociedad enfermiza. Una sociedad en la que la lealtad familiar ha sido destruida y sustituida por la sumisión feudal a la empresa, y en la que se ha llegado a la lamentable situación de que muchos abuelos sólo se comunican con su perro, mientras tantas hijas y nueras se liberan de forma totalmente grotesca e improductiva, hijos y yernos juegan a mozalbete putero, y nietos juegan a gángster.

También hay quien postula la posibilidad de educar a los perros y sus amos para que defequen en zonas designadas. Es ésta una solución buenrollista e ingenua: aunque haya amaestradores como César Millán, el hombre que susurra a los perros, que aparentemente son capaces de conseguir que un perro asesino se convierta en un oso de peluche, aunque haya señoras que consiguen trucos increíbles de sus perros falderos, nadie parece haber logrado o tenido interés en conseguir que el perro evite defecar sobre ciertas superficies urbanas. El perro, a la hora de evacuar, no distingue asfalto de hierba. Además, el perro suele mimetizar el comportamiento de su amo, y no es de extrañar que un entorno como Malasaña, donde los perros parecen ciertamente reflejo de la moralidad de sus dueños, esté seriamente contaminado de orina, vómito y heces. No siempre es fácil distinguir la procedencia.

Como para tantas cosas, se debe mirar al exterior para encontrar soluciones. Y también a la propia historia, ese catálogo de grandezas y miserias. El pueblo de Corea utiliza a los perros con un fin mucho más loable: comerlos. Ciertamente España, que tiene una considerable tradición de hambrunas, y en la que vistas las circunstancias un revival no es totalmente descartable, podría seguir el ejemplo oriental. Aunque la gente pudiera tener escrúpulos iniciales, no hay nada que no se pueda cambiar con una buena campaña de reeducación, la transmisión de tecnología culinaria coreana, y una adecuado difusión publicitaria ensalzando la labor de gurus nacionales como Ferrán Adriá, que podría deconstruir la carne canina en infinidad de manjares dignos de la más distinguida oligarquía patria y su séquito de snobs. Con envasados sugerentes, con precios totalmente astronómicos, con información científica ensalzando las propiedades milagrosas de alguno de sus componentes nutritivos, el perro podría ser el nuevo alimento de moda. Además, siempre puede recordarse a Cervantes: “la mejor salsa es el hambre”. Que los pudientes alternen en El Bullshit y que los pobres pillen al chucho que puedan en la calle, como toda la vida. A unos y otros les sabrá bien, por motivos diferentes. El perro, con su gran número de razas e híbridos, sería ideal para el eterno conflicto de clases. Al rico no le gusta comer lo mismo que el pobre, y ciertas razas tendrían precios prohibitivos.

Las pieles de perros de raza podrían servir para hacer abrigos para cierto tipo de señora adinerada que nunca ha puesto impedimento a ir ataviada de zorra. El simple salto cualitativo de convertir la piel de perro en accesorio chic sería bastante más fácil que conseguir que la población se alimente de carne de perro -lo cual no es en absoluto difícil. La veneración a lo anglosajón de nuestros serviles medios comunicativos podría servir de catalizador: el equivalente inglés de zorra es bitch, perra, y el estilo de vida de la puta es admirado por una gran parte de la sociedad. Un número suficiente de cortesanas exhibiendo la indumentaria de moda, y una élite -las nuevas afrancesadas- la llevarían como símbolo de distinción; un número suficiente de franquicias suministrando el producto y éste se convertiría en uniforme de una generación.

Un posible aunque de momento no demasiado probable excedente de producción podría dedicarse a la exportación, mejorando la balanza de pagos, y diversificando la economía: España no puede conformarse con ser la Florida de Europa, simplemente proporcionando hoteles, restaurantes y burdeles para jubilados y jovenzuelos del Norte.

Originalmente publicado en GS, 3-12-2011.

Swift, Defoe, y la Burbuja

En 1710, el Reino Unido tenía una gran deuda causada por sus guerras, muchas de ellas contra España y Francia. En aquella época, el gobierno se había hecho dependiente del Banco de Inglaterra, una entidad privada de orientación Whig, y estaba descontento con su servicio. Robert Harley, que había sido nombrado Chancellor of the Exchequer (ministro de Economía) era un Tory, y en 1711 creó la South Sea Company, que pretendía hacerse cargo de la totalidad de la deuda nacional con interés. Antes había encabezado una investigación sobre las finanzas del gobierno que mostró gastos escandalosos. Tras varias pujas de los dos rivales, fue la South Sea Company quien logró hacerse cargo de la deuda, calculada en 9 millones de libras. El gobierno le pagaría un 6% anual, dinero que conseguiría estableciendo nuevos impuestos, de carácter permanente, sobre productos como alcohol, tabaco, seda, o vinagre.

La actividad económica de la South Sea Company era la venta de humo. En aquella época, se esperaba que tras el fin de la Guerra de Sucesión española, la recien creada compañía podría comerciar con las colonias españolas de América, y que mexicanos y peruanos darían cantidades ingentes de oro y plata para pagar los productos textiles británicos. Se pensaba que las minas eran inextinguibles. Algunos agentes se encargaron de circular rumores de que Felipe V, rey de España, permitiría acceso a Gran Bretaña acceso ilimitado a cuatro puertos en Chile y Perú a cambio de una parte de los beneficios de la compañía. Los rumores incrementaron su valor en bolsa. A Harley se le dio el título de Conde de Oxford.

En realidad, y como es lógico, Felipe V no tenía intención alguna de permitir el comercio en sus colonias a los británicos. Cuando la guerra terminó, el Tratado de Utrecht confirmó la posesión española de sus dominios americanos, y en 1713 Gran Bretaña consiguió un acuerdo bastante limitado: se le permitiría suministrar 4.800 esclavos al año durante 30 años, y podría enviar un barco al año, limitado en tonelaje y cargo, a México, Perú o Chile, con la condición de que el España se beneficiaría de un 5% del cargo y un 25% de los beneficios.

Ya Daniel Defoe había advertido del monumental absurdo de la empresa en “An essay on the South-Sea trade: With an enquiry into the grounds and reasons of the present dislike and complaint against the settlement of a South-Sea company”, en 1712:

Los que han concebido esta empresa saben muy bien del temperamento, constitución y estado de los asuntos de los españoles en América como para haberse prometido que por ningún tratado, capitulación o estipulación, tanto en la nueva España como en la vieja, se va a abrir el comercio de sus colonias con Inglaterra, o con ninguna nación del mundo. Quizás podrían permitir el comercio con determinados lugares de provisiones, pescado, grano, o cualquier cosa que puedan necesitar particularmente en esos lugares para la subsistencia de sus gentes, o puede que puedan hacer un trato para comprar esclavos, algo más propio de la African Company que para ninguna otra, y la razón para ello pueda ser sólamente que no puedan conseguirlos de otra manera. pero que permitan la importación libre de manufacturas europeas, y la exportación de metal precioso es tan contrario a la naturaleza de su comercio, tan destructivo para sus intereses, y sería tan fatal para la mismísima vida y ser de los dominios europeos de España, en cuanto al comercio, que a menos que los españoles estén desprovistos de sentido común, enajenados, y dejados, abandonando su propio comercio, arrojando el único valor que les queda en el mundo, y, en resumen, inclinados hacia su propia ruina, no podemos sugerir que nunca, bajo ninguna consideración, o por ningún equivalente, se separen de algo tan valioso, de una joya tan inestimable como el comercio en exclusiva con sus propias plantaciones.

En el Parlamento, también hubo oposición a la empresa por parte de Robert Walpole, líder de los partidarios del Banco de Inglaterra, que advirtió que la especulación financiera debilitaría el esfuerzo nacional en industria, que los incautos se arruinarían cuando perdieran sus ahorros para conseguir una riqueza imaginaria, que la base del proyecto de incrementar artificialmente el valor de las acciones prometiendo dividendos que nunca se podrían pagar era pérfida, y que en caso de lograr éxito, los Directores serían dueños del gobierno, dictadores de hecho, y que si fracasaba, algo de lo que estaba convencido, la nación quedaría en bancarrota. Sin embargo, nadie es profeta en su tierra, y la codicia se adueñó del espíritu del pueblo y sus gobernantes, aunque cada uno recibió un pago diferente. El Parlamento aprobó la empresa: la South Sea Company sería la más rica que el mundo había conocido, y cada 100 libras invertidas en sus acciones reportaría cientos de libras cada año. En la Bolsa había a diario muchedumbres agolpadas para comprar acciones.

Edward Matthew Ward, “La burbuja del Sur”

Sorprendentemente, el día de la aprobación en el Parlamento, las acciones cayeron ligeramente, pero los ejecutivos de la empresa hicieron toda clase de esfuerzos para mantener e incrementar su valor. Circularon más rumores: España intercambiaría Gibraltar y Mahón a cambio de algunos puertos en la costa de Perú; la compañía podría enviar a América cuantos barcos quisiera; no tendrían que pagar impuesto alguno a Felipe V. Las acciones subieron como la espuma. Se emitieron más acciones. La compañía no envió su primer barco hacia América hasta 1717, con un modesto beneficio. En 1718 comenzó una nueva guerra con España. Los bienes de la compañía en América fueron confiscados. Cualquier atisbo de beneficio desapareció, como los ahorros de una gran cantidad de incautos. Sin embargo, el Parlamento había aprobado estas actividades, a pesar de las malas relaciones con España.

El ejemplo de la empresa fue seguido por muchos oportunistas que establecieron empresas con diversos fines, muchos de ellos realmente peregrinos, y con escasas probabilidades de enriquecimiento más que para el que se aprovechara de la ingenuidad y avaricia de sus semejantes. Se formaron empresas para asegurar pérdidas por robo, para asegurar a los señores de pérdidas ocasionadas por sus sirvientes, o para convertir plomo en plata. El valor de todas las empresas-burbuja era mayor que el de toda la tierra de Gran Bretaña. Las acciones de la South Sea Company llegaron a un valor de mil libras, diez veces más que la inversión inicial.

Con la burbuja a punto de estallar, los directores de la compañía empezaron a vender sus acciones, y cuando la noticia empezó a propagarse hubo pánico entre los incautos que habían puesto su dinero. En la subsiguiente reunión de accionistas, los avispados que habían logrado grandes beneficios todavía elogiaban los logros de la compañía, afirmando que había enriquecido a toda la nación. Llegó un momento, con el valor de las acciones en constante descenso, en que los directores de la compañía no podían aparecer en público sin ser insultados, y se temía que hubieran motines. Se enviaron mensajes al rey, que se encontraba en Hanover, urgiendo su regreso. Se pidió a Walpole, con influencia en el Banco de Inglaterra, que aceptara hacerse cargo de bonos de la empresa, pero éste no tenía en principio interés en involucrarse en semejante ruina. Sin embargo, el clamor universal de la nación hizo que el Banco de Inglaterra aceptara colaborar para circular los bonos de la compañía, y el miedo se alivió un tanto, e incluso algunos volvieron a comprar con entusiasmo. En un solo día, sin embargo, la marea una vez más descendió, y el mismo Banco de Inglaterra, incapaz de devolver la confianza a los inversores, se negó a cumplir el acuerdo con la compañía, alegando que no había contrato sino borrador, y que no tenían obligación alguna en el asunto.

Así estalló una burbuja de codicia que envolvió a una nación entera. Nadie parecía extender la culpa a la credulidad y codicia de ciudadanos ordinarios que había suplantado el lugar de virtudes como la laboriosidad y el ahorro. Ellos eran las víctimas de estafadores que debían ser colgados y descuartizados: ése era el sentir popular. Se habló de castigo en el Parlamento, y Jorge I, de regreso de Hanover, apeló a la prudencia y a la constancia. Con todo, no había ley a propósito de tal situación. La comisión parlamentaria descubrió una montaña de stock inexistente, valores inflados, sobornos a personajes de las finanzas y la nobleza, libros de contabilidad alterados…

A pesar de la aparente indignación parlamentaria, Charles Stanhope, uno de los principales incriminados, fue absuelto, con el resultante descontento de la nación, especialmente por el temor de que otro encausado con mayor culpa, John Aislabie, consiguiera evitar el castigo. Sin embargo, estaba involucrado en fraude de tal forma que no se podía obviar, por lo que sirvió de chivo expiatorio. Se le expulsó del parlamento, fue aprisionado en la Torre de Londres, y se le prohibió salir del país durante un año. El veredicto fue acogido con entusiasmo por el populacho, que se agolpó en la Torre para vejarlo y arrojarle objetos, y al no conseguirlo, encendieron una hoguera y bailaron alrededor. Los ciudadanos se felicitaban y Londres parecía una fiesta. Otros encausados de menor relevancia salieron de rositas. Un crack económico absoluto fue evitado por la enorme riqueza de Gran Bretaña en el siglo XVIII y por la ayuda del gobierno para salir de la situación.

En Junio de 1720 se aprovó la Bubble Act, o Acta de Burbujas, que requería permiso parlamentario o real para el establecimiento de compañías anónimas. El acta fue anulada en 1825. Cada cierto tiempo emergen burbujas, como la burbuja inmobiliaria de Margaret Thatcher, o la simúltanea de Tony Blair y José María Aznar–los especuladores son bastante indiferentes al color de sus marionetas. Los cuentos de vacas gordas atraen a los ingenuos, que ponen sus ahorros y sus esperanzas en ladrillo, acciones o fondos de pensiones, creyendo en ganancias que no resultan del trabajo, para ser una y otra vez desplumados: en cada estafa hay dos estafadores.

Jonathan Swift, en su poema “The South Sea Project” (1720) expone tanto la astucia de los estafadores como la estupidez de los estafados.

Trescientas mil libras en stock,

tengo en vista una hacienda de lord;

¡todas mis mansiones juntas alrededor!

¡Un carruaje, y servido en plato!

Así el engañado en bancarrota delira,

Pone todo en una apuesta desesperada;

después se tira a las olas del Sur,

cabeza y orejas sumergidas–en deuda.

En su sátira, a la manera neoclásica, se alude al malaventurado vuelo de Ícaro, representando la vana ilusión de los que se prometían ganancias fáciles, y al bíblico paso del Mar Rojo, maniobra por la que los elegidos se salvan mientras el resto se ahoga. Quizás muchos de los problemas actuales se deriva de cierta actitud que no sólo espera que inventen otros, sino que también sean otros los que lean.

Originalmente publicado en GS, 13-7-2012.

El duelo

Disponiéndose al despegue en un asiento cerca de la cola del avión que le llevaría de Ljubljana a Londres, un nervioso pasajero intenta concentrar su atención en la revista de a bordo. Se salta con desdén castellano un reportaje sobre Barcelona,  pero lee absolutamente todo lo demás. Ya le ha pasado la etapa de codiciar accesorios para snobs -y nunca ha llegado a tener la capacidad de adquirirlos- sin embargo, contempla con la reticente pero persistente admiración de la envidia el físico de los modelos que exhiben relojes “deportivos”, cosméticos e indumentaria de petimetre. Eran, con diferentes caras, los mismos modelos que soñaba con emular antes de salir del nido familiar, desde el que quiso volar y al que tuvo que volver en ya demasiadas ocasiones.

Llegados los 35 años, tras haber rebotado de estudios de Informática, Diseño, Química -sin concluir ninguno- y haber intentado -sin fortuna alguna- diversos oficios como periodista, traductor y vendedor de teléfonos, SrInfiernos es el arquetípico hijo tonto que llega finalmente a tener conciencia de su fracaso vital. Conserva intacto un orgullo absurdo y gratuito por ser hijo de médico, pero semejante hidalguía incrementa el íntimo desprecio que siente por sí mismo, que intenta en vano soterrar bajo la pose de la indiferencia del genio. Por primera vez en su vida, tras terminar un módulo de formación profesional -su última baza- es independiente, pero su trabajo de operario de mantenimiento de aviación es mal pagado, duro y sucio. Eslovenia, para un emigrante escasamente cualificado y sin conocimiento del idioma, no es precisamente un paraíso.

Le queda, o le quedaba, Internet, donde era todo un personaje. En los albores de internet, en una especie de experimentación adolescente de identidades, Ignacio Pisuerga Torrente tuvo diversos apodos y atuendos, incluyendo alguno femenino, pero fue como SrInfiernos cuando se asentó en su familia virtual -un foro de “cultura popular”- y se convirtió en un personaje legendario en tales confines. Era el malote oficial de su pandilla, insultando y avasallando a cuanto nuevo entrara en el garito, y de vez en cuando paseando por otros foros, como pistolero del Oeste de pueblo en pueblo. La vanidad, como la codicia, nunca está satisfecha, y menos para un narcisista con complejo de inferioridad. Era poéticamente justo e inevitable que un día su identidad fuera expuesta en un foro de vigilantes, que además, con una rápida serie de Golpes Google, deconstruyeron la leyenda, mostrando la miseria de su vida real. En una sucesión incontrolable de acontecimientos -el tiburón que sangra pasa a ser víctima de sus congéneres- alguien llamó por teléfono al domicilio familiar y tuvo unas palabras con la madre del matoncillo.

SrInfiernos ha jurado venganza. Aunque ha tenido escaramuzas con todo tipo de internautas, esto es algo distinto. Ya han pasado tres años desde el rifirrafe, pero además se han vuelto a mofar de él, el burguesito que limpia retretes y moquetas de avión. Atesora un caché antiguo con la dirección de registro de la página desde donde ha sido hostigado, y se dirige a Londres para ajustar cuentas con su némesis. Está seguro de que es quien ha llamado a su casa. Está seguro que es él. Tiene que ser él. Y tiene que hacer algo. En otras ocasiones ha amenazado con dar un par de hostias a algún insolente al que ha descubierto troleando, y le ha funcionado. Esta vez le han aceptado gustosamente el envite. Y en Twitter, delante de sus seguidores, que azuzan al Tartarín madrilitas, del que admiran la pose de duro inquebrantable y el armamento de crueles chascarrillos. En la resaca de un acalorado intercambio de insultos de tres horas del que no se siente sino humillado, y del que ha borrado toda traza, SrInfiernos comprende que ha hecho el imbécil, pero siente que no puede renegar de su juramento público, so pena de muerte virtual. Sus gregarios se han extasiado con sus promesas de grabar en video la aventura: se avanzan apuestas, corren cotilleos, se jura justicia. Si SrInfiernos no cumple su palabra, la misma chusma que lo celebra será motín contra monstruo, una vez perdido el respeto.

De forma vertiginosa, se consiguieron los 200 euros que cuesta el pasaje, por medio de una colecta en el que una docena de personas pusieron hasta 5 euros y un misterioso donante, seguramente un magnate de la industria cultural, puso el resto. Ya no tiene que pedir el dinero a su madre -antigua defensora frente al severísimo padre- cuyos lamentos en tales ocasiones cada vez se hacen más largos y tediosos. Y ya no tiene excusa. Un compañero de foro, que trabaja en el McDonalds de Piccadilly mientras “termina” su novela, le ofrece alojamiento. Otro diseña una camiseta, “SrInfiernos London Tour 2014: Hostias como Panes”, que es puesta a la venta en su foro amigo, con un notable resultado: 23 pedidos en una semana.

SrInfiernos está casi conmovido por el aparato logístico puesto en marcha por sus gregarios, aunque una vocecilla paranoica le dice que quizás sea más títere manipulado que héroe admirado. Sabe que no hay marcha atrás. No puede ocultar a sí mismo que está asustado. No sabe realmente con quien se la juega: a juzgar por lo leído por ahí, piensa que su oponente debe ser un intelectual cobarde y miserable, pero realmente no tiene ni idea. Tampoco sabe si lo verá, o si el encuentro sería a solas o con una camarilla de canallas. Al mismo tiempo, una vez resignado con la situación, se ha intentado convencer de que puede terminar de forma contundente los humillantes ataques al mayor de sus logros vitales, su personaje de internet, infringiendo dolor físico o consiguiendo al menos una indigna y pública capitulación de su enemigo por medio de serias amenazas cara a cara.

En su aventura eslovena, el guerrero mesetario ha mantenido un riguroso entrenamiento que seguramente le servirá en esta decisiva batalla de su vida. Para empezar, como le gusta fanfarronear ante sus seguidores, a veces pasa jornadas enteras apretando tuercas y tornillos o lijando paneles, un entrenamiento real, como un hombre, sin tonterías; nada que ver con la solitaria hora de pesas y posturas en el gimnasio entre las 12 o 14 delante de un ordenador. Y cuando termina el trabajo, corre por el bosque y levanta tronquitos de árbol en diversas y audaces rutinas que romperían el espíritu de alguien que tuviera su antigua vida. Se siente un héroe, como se siente viendo películas, coordinando con tensos impulsos en su sillón el movimiento del protagonista de la pantalla -balas que silban alrededor, sin que ninguna lo alcance; antagonistas con caras chunguísimas que lo rodean, pero que se llevan una somanta de uno en uno, con tiempo. No será ningún triunfador convencional, en una sociedad que sólo valora el dinero, pero al menos puede triunfar como hombre.

Y como un hombre salió del avión, caminando deliberadamente por los pasillos del aeropuerto de Stansted con la implacable parsimonia de un héroe de cualquier caballeresca aventura de celuloide. Lleva una chaqueta de cuero “de aviador” y unos vaqueros gastados; de una de las trabillas le cuelga un mosquetón que asegura una cadena que a su vez asegura sus llaves. En los bolsillos guarda la cartera, el móvil y una navajita multiusos, y en la mochila, tres paquetes de pañuelos de papel, una caja de Paracetamol y otra de Fortasec. Además de su botiquín de emergencia, cepillo y pasta de dientes, desodorante y tres mudas de ropa interior, una botella de agua, un bocadillo de queso envuelto en aluminio, dos manzanas, cuatro barras de chocolate y una consola de videojuegos. Es todo lo necesario para una posible espera de horas tras su presa: no precisa más equipaje. Pasa por el control de pasaportes con gesto serio y sereno, especulando con las posibles suposiciones del policía sobre su persona, creyendo con ilusión que podría ser confundido con un ex-combatiente en Oriente Medio, o quizás mercenario, mafioso o agente secreto, ensayando una fría respuesta a rutinaria interpelación en robótico y burdo inglés (“Ai am of praivit bisnes”), incluso anticipando un posible interrogatorio (“No me pueden retener; voy limpio”), y sintiéndose algo decepcionado al ser absolutamente ignorado.

En el tren que lo lleva al centro de Londres, SrInfiernos se siente alerta, en territorio enemigo, cercano ya al singular duelo. Los 45 minutos le pasan como segundos. Un momento está en plana campiña salpimentada de granjas, y otro en la ciudad, rodeado de ladrillos cubiertos de grafitti a modo de grotesca hiedra: la barbarie invadiendo la civilización, el nuevo orden nacido de violencia. Pero en Madrid tampoco hay escasez de bobos con sprays, y se siente urbanita ducho en la supervivencia en la jungla de cemento, mientras ande por ahí ojo avizor y bien calladito. En la estación de Liverpool St. compra una tarjeta de transporte que le parece carísima, pero a pesar del enorme disgusto mantiene la pose hierática. Sin embargo, la aparente calma torna en una tempestad de resoplidos y aspavientos cuando intenta llamar a Carlos, su contacto en Londres, y el teléfono se traga monedas como un niño gordo engulle pastelitos, sin lograr establecer conexión y sin devolverlas. Saca el móvil, a pesar del precio prohibitivo de las llamadas internacionales, y una voz en inglés que no entiende muy bien -tiene que escucharla tres veces para hacer una conjetura- le informa de que el número no es reconocido. (“¡Maldito maricón de mierda! Esto me pasa por fiarme de un modernito. ¡Eso no me haría un colega de FP!”). Es muy tarde ya, hace frío, apenas hay gente en la estación y menos en la calle, y debe encontrar un lugar para pernoctar con lo limitado de su presupuesto. El problema es que, a diferencia de otras estaciones de tren de la ciudad, la cercanía al distrito financiero hace que no haya hostales alrededor.

A su rescate llega un conductor de minitaxi al que explica su predicamento, y tras negociar un precio de 20 libras, lo lleva a un hostal regentado por un amigo suyo. En el incongruentemente denominado Hotel Excelsior paga otras 20 libras por la noche, pero al llegar a la habitación comprueba con profunda preocupación que es compartida. Hay 4 literas, donde roncan un par de nigerianos, otro par de chavs autóctonos y un árabe, alrededor de una mesa donde se amontonan restos de comida-basura multiétnica, latas de cerveza y colillas. El cuarto de baño podría servir de escenario de una sala de tortura en una alegoría medieval del infierno. El hedor es demasiado incluso para él, a pesar de su amplia experiencia limpiando letrinas de avión. Vuelve a recepción para quejarse, pues iluso había pensado que había pagado 20 libras por una habitación individual. En la recepción Ahmed y Suleiman se carcajean al escuchar sus cuitas, y le informan inequívocamente: 20 libras en habitación para 8, 30 libras en habitación para 4, 80 libras en habitación para 1 o 2. El precio pone límite a sus escrúpulos. Vuelve al cuchitril, encuentra una litera libre, y cena el seco bocadillo, dejando las manzanas para desayunar y el chocolate como alimento de emergencia, administrando sus provisiones con la sabiduría de un experto en supervivencia. Se acuesta vestido, abrazado a su mochila como si fuera un oso de peluche, y con una mano agarrotada sobre su navajita, temeroso de ser atacado.

Su integridad física y moral, sin embargo, no sufre más que por el suspense de una noche insomne con una inquietante banda sonora de estridentes ronquidos y pedorretas. Se levanta temprano y se marcha sin pisar el dantesco cuarto de baño. Ya defecaría y se refrescaría en un McDonalds. Y cuál mejor que el de Piccadilly, donde trabaja Carlos, el traidor que lo ha dejado tirado tras haberlo animado de forma entusiasta para que ajustara cuentas con el común enemigo de internet. Le iba a decir cuatro cosas. Carlos no estaba allí, sin embargo. Otra de sus mentiras. Aprovechó para lavarse la cara y peinarse, pero no consiguió defecar: su rutina estaba demasiado trastocada. Tampoco tiene hambre. Tiene un nudo en el estómago.

No son ni las 6 de la mañana. Tiene un largo día por delante, otra terrible noche y una mañana antes de volar de vuelta a Eslovenia. Está sólo, pero no necesita a nadie; y ciertamente no a Carlos, el cultureta de mierda. Bueno, si necesita algo de dinero de su madre cuando vuelva, pues ha incurrido en gastos extraordinarios, pero eso ya se resolvería más adelante, a costa tan sólo de aguantar otro tedioso sermón y algo de menoscabo en su autoestima. Ha llegado el momento. Comparado con el viaje desde el aeropuerto, el trayecto al domicilio de su torturador le parece a cámara lenta, y los nervios se le acumulan por más esfuerzos que hace para relajarse. Una vez llegado a la vecindad, le parece sentir rostros observándolo tras las mudas ventanas. Diez metros antes de llegar a la puerta las piernas le tiemblan y siente ganas de defecar, por lo que tiene que volver sobre sus pasos, entrar en un pub, y librarse del lastre intestinal. Ahora sí.  Joder, qué nervios. Fight or flight. Pero se las sabe todas. El muy astuto lleva en la mochila un arma secreta que ha adquirido en una papelería: una carpeta de plástico negro con clip de metal y unos folios, con lo que puede pretender que está haciendo una encuesta, en caso que le abra la puerta alguien con aspecto de poder darle una hostia de padre sin mucho esfuerzo, o quizás esgrimiendo un cuchillo jamonero. La casa del inglés es su castillo. Pero si todo sale bien, abrirá la puerta un alfeñique al que darle dos collejas y obligarlo a implorar pleitesía de rodillas ante la cámara del móvil, en escena inmortal y gloriosa.

Toda su atención se concentra en la sensación de los nudillos en la puerta, que le parece tan dura como la compuerta de una cámara de seguridad de banco. La manita toca tímida, timorata y tentativamente, sin más respuesta que un hosco silencio. Espera un poco -es de mala educación llamar muy seguido- respirando hondo, y vuelve a golpear, esta vez con un poco más de energía. Le duele un poco la mano, pero está seguro que es sólo algo psicológico, dada la intensa concentración de sus sentidos. Cuando está seguro de que no hay nadie, golpea con bastante más fuerza, pero inmediatamente asustado por su propia sonoridad -si por alguna casualidad hubiera alguien dentro no le iba a gustar que llamaran así- decide marcharse. El tiparraco no está. Se hace un selfie en la puerta, haciendo el signo de la victoria. Ha cumplido su palabra. Se aleja. El corazón le late a ritmo de italo-disco y se atraganta de aire, boqueando como carpa fuera de agua. Ya pasó. Es hora de relajarse. Puede hacer un poco de turismo y volver a intentarlo por la tarde. Decide visitar el Museo de la Ciencia, que tiene una magnífica colección de motores de aviones. Él es un experto autodidacta en todo lo relacionado con la aviación, excepto pilotar, y se lo va a pasar fenomenal.

Al llegar la hora de cierre, un consternado empleado del museo llama a la policía, pues alguien con un trastorno mental evidente está embobado enfrente de una turbina Rolls-Royce, cantando “I believe I can fly” con fuerte acento extranjero, aleteando como una bailarina, sin hacer el menor caso a su apremio a desalojar la sala. En el manicomio, tras una buena noche de reparador sueño, SrInfiernos explica al psiquiatra que está bien, que simplemente ha sufrido un leve episodio de stress post-traumático -nada inusual en un ex-combatiente- pero que ahora su único motivo de preocupación es que ha perdido el vuelo a Eslovenia y no tiene ni un duro, por lo que le pide por favor que llame a su madre para que lo repatrie. Se siente bastante feliz, tanto por el Diazepam como por yacer en una cama limpia, esperando que su madre querida venga a rescatarlo, como después de cada una de sus aventurillas. Cómo quiere a su madre, aunque sea un poco pesadita, a su lado cada vez que la necesita. Ya se imagina en la casa del pueblo, en el ancestral terruño salmantino, delante de una taza de Cola Cao y unas pastas Reglero, en su soleada habitación, con la compañía de su ordenador y de sus adorables periquitos, tan bien amaestrados que aunque pueden volar prefieren la jaula, con su agua, su comida y sus juguetes, y sintiéndose queridos. Como él mismo, el curiosísimo y entrañable hombre-periquito.

El ojo

El escritor de thrillers desparrama pistas y falsas pistas en un rutinario strip-tease del asesino para que el lector adicto tenga su dosis de satisfacción intelectual al “resolver” el crimen, en enésimo desafío de magnitud equiparable a acabar un buscaminas o un videojuego cualquiera. El consumidor de whodunnits, como el de porno, es persona de ritual y escenografía, y mantiene una tibia tensión entre la variedad de la escena y la inevitabilidad de la resolución. El decorado puede ser a base de clásico ladrillo neoyorquino, mínimo gris escandinavo, o barroco interior de iglesia, pero el climax es inexorable, y un lector privado de la exposición de la identidad del malo podría sentirse tan estafado como un voyeur sin su money-shot.

El nivel de las pistas puede escalar desde “la colilla de la marca que fuma el asesino” de las noveluchas de garita hasta la mancha azul en la lengua en la cosa de Humberto Eco, pasando por toda la quincalla de la obra de Agatha Christie y las providenciales señales de GK Chesterton. El escritor, por supuesto, se las sabe todas, que para eso ha colocado al malo en su entramado. Su protagonista puede saber latín, como los de Eco y Chesterton, o haber estudiado en la universidad de la vida, como tantísimos lumbreras de Facebook, pero también se las sabe todas, que para eso le ha dado el rol. El detective es tan poderoso con su inteligencia como la estrella del porno es con sus genitales, y al final se saldrá con la suya. Es un finísimo conocedor de la naturaleza humana, y es inútil intentar ocultarse de él.

En la actualidad, además, el progreso tecnológico ha significado que el detective cuenta con la omnisciencia del aparato de vigilancia electrónica, por si se le pudiera escapar algo, y para probarlo -si fuera necesario- la pista de las todas las pistas y evidencia de todas las evidencias: el ADN. El sabueso encuentra restos de cabello, piel, sangre, orina, saliva, moco… y a buscar en la base de datos, que ahí estará probablemente el pecador. Y si no, pues se le extrae por las buenas o por las malas y se coteja. Ahí tienes al malo.

El ADN es tan inapelable como el Juicio de Dios era en el medievo. Es impresionante lo que pueden conseguir los científicos. A partir de un resto de cagarro conservado en ámbar de hace 200 mil años -qué buenos relojes se hacen ahora- se puede reconstruir un dinosaurio o cualquier otro bichejo, y darle nombre, vida y propósito. Hay que compadecer a quien no cree en la ciencia, condenado a vagar en un caos por mundo. Y particularmente desdichado es el aspirante a filósofo buscando objeciones al claro veredicto de la justicia. No hay nada nuevo en la discusión bizantina, constante rémora del progreso humano. En el pasado, la iglesia civilizó a salvajes por medio de un formidable ejército de benefactores administrando el poder divino, y ahora el gobierno amaestra a ciudadanos díscolos por medio de un no menos formidable ejército de protectores del orden administrando el saber científico y la cultura. Un ciudadano de bien tiene fe en sus gobernantes y en sus escritores, y se sabe protegido y entretenido. Su vida es pulsión binaria, clara y segura, de vaivenes tan precisos como reloj, aunque esté hecho de arena.

El zoológico

Tecleando con dos sarmentosos dedos, el jubilado escribe un mensaje indignado al director de BBC Gardener’s World, impelido por una moralidad que en el pasado ha tenido diversos motivos de alarma como el número de jugadores extranjeros en la Premiership, el implante mercantilista de celebraciones americanas como Halloween o la oportunista conversión al catolicismo de políticos como Tony Blair, al retirarse de la escena, delatando con impudicia su traición a la confianza de sus electores y su confabulación con enemigos tradicionales de la patria.

Sr. Director:

Me sentí profundamente perturbado al recibir por correo el catálogo de Spaldings, que venía dentro de su revista -a la que llevo suscrito durante muchos años- y descubrir que ofertaban bulbos de Hyacinthoides hispanica, el jacinto español, una especie invasora que está amenazando la extinción de nuestro maravillosa flor nativa. Aparentemente este país tiene la mayor población mundial de jacintos, pero incluso en bosques ancestrales se encuentran con abundancia híbridos de la especie española, mucho más robusta, y la autóctona. Estoy seguro de que estará usted de acuerdo en que ningún jardinero decente debería adquirir esta verdadera peste para nuestros jardines, parques y campiña.

Le saluda atentamente,

Reginald Rooney.

Reginald (gruñón, misántropo, viudo) ya no se molesta demasiado en intentar paliar la perfidia de la globalidad en la esfera política y cultural por la desilusión que siente por unos partidos mercenarios y un pensamiento políticamente correctos, a los que ha concedido la victoria en un debate en el que había entrado con entusiasmo cuando compró un ordenador y contrató línea de internet, tras asistir a un curso de su ayuntamiento para ciudadanos de la tercera edad. Internet le abrió horizontes inéditos para alguien por naturaleza incómodo con otras ofertas lúdicas como el bingo o los bailes de salón con señoras que olían a té y galletas con chocolate, y que movían el culo con chándal rosa con el brío de un bebe con los pañales cagados. El número y energía de los troles que lo ridiculizaban fueron demasiado para él, que al principio intentaba contestarlo todo, y su subsiguiente desdén encontró, además de la discreta sordidez del porno cibernético, un tranquilo refugio en las páginas dedicadas a la jardinería, donde su anacronismo encontraba una sorprendente conexión con un ecologismo ingenuo. El jardín era su arcadia patriótica.

Mientras elaboraba su profético mensaje -si conseguía que una sola alma comprendiera la amenaza ya habría ganado una guerra- su nieta Madeleine, a la que le tocaba cuidar porque su hija “estaba en una reunión”, perseguía en el suburbano jardín de Bromley a una ardilla con el simpático sadismo de la infancia, absolutamente inconsciente e indiferente de que era gris, americana e invasora y no roja y nativa. Reginald releyó la misiva, corrigió una coma, cerró el portátil, dio el último sorbo al té, y le dijo a la nieta que ya era hora de salir.

Hoy la llevaba al zoológico. Era un día gris de las vacaciones de Semana Santa, y ver bichejos exóticos una de las pocas diversiones apropiadas para él y para ella. En el tren que los llevó al centro, Reginald, didáctico, aleccionaba a la nieta sobre los hitos que se presentaban a través de la ventana, igual un espino que sonreía con sus flores rojas que las adustas piedras de la catedral de Southwark, llegando a Londres, que incitaban a la meditación sobre lo eterno en medio del bullicio promiscuo de la ribera sur de la ciudad. Madeleine lo escuchaba más o menos mientras picoteaba un sandwich de queso, pepino y tomate y jugaba con su Playstation.

En el zoológico le dieron un buen repaso a toda clase de animales. Pingüinos, pelícanos, serpientes, gacelas, llamas. Loros, mariposas, monos, arañas y peces. El mundo en un parque temático, con decorados diversos pero el mismo cielo gris por encima. Ninguno de esos animales, ni siquiera león o tigre, impactaron tanto en la pequeña como un majestuoso gorila que los miró con triste reproche, con expresión solemne e indignada. Lejos de su África nativa, en el corazón de la oscuridad, el noble animal parecía achacarles la privación del sol y de la libertad.

 -Abuelo, ¡el gorila parece tan triste!

-Querida mía, aquí está bien cuidado, sin que le falte de nada. Es un afortunado. En África están amenazados de extinción.

Afortunado o no, la tristeza del monstruo de feria asoma por unos ojos a los que no ha sido dado llorar, que no se ablandan por el rostro de una pequeña que le parece tan sólo una cría del mal, avergonzado por ser esclavo en una jaula de cristal.

Termina la visita y se dirigen a la estación de tren, destino a la casa solariega de la campiña suburbana, a la urbanización del jubilado que ha cotizado 40 años para una banca que no distingue el color del dinero. Entre Regent’s Park y Charing Cross el abuelo mira con disimulo las tarjetas de putas que adornan las cabinas de teléfono, con su lenguaje de iniciados y su oferta del mundo. A levels. O levels. Watersports. Korean beauty. Busty ebony. English rose. Thai transexual. El menú. El exotismo consignado a la jaula de piso y cabina, como el jamón de Westfalia o el de Parma o el serrano en la vitrina de algún delicatessen. Jamonas y jamones ultramarinos. Reginald reflexiona que Londres es la capital del mundo, que ofrece todos los sabores de la Commonwealth en un supermercado para sibaritas. “Cuando un hombre está cansado de Londres, es que está cansado del mundo, porque Londres ofrece todo lo que la vida puede ofrecer.”

Devuelta la pequeña a una madre que ha vendido su alma por una hipoteca en Fulham y un par de vacaciones al año en Turquía o Trinidad, o en Ibiza o Italia, Reginald marca un teléfono y contrata a una masajista para un final feliz para su día. Mientras la china le da calor calculado con sus manos a cambio de 50 libras a la hora, el miserable le promete cuidar de ella, para que nada le falte, a cambio de un amor que nunca tendría más fruto que la pensión. Casi llega a creer sus palabras. Se siente sólo, muy sólo. La mujer occidental, tan materialista, tan poco romántica, no es para él. Necesita a alguien que lo quiera, y una vez por semana lo intenta.

Starlette de internet

La starlette de internet es guapa o casi guapa: su juventud hace tal distinción casi innecesaria. Inteligencia, la justa: todo lo que tenía que aprender, excepto inglés, ya lo aprendió en la pubertad, y funciona. Parece que fue anteayer cuando se le pobló el pubis de pelos y le exigió a la sufrida madre que le comprara un ordenador “para sus estudios”, y parece que fue ayer cuando volvió a extorsionarla para que complementara la exigua beca Erasmus que la ha llevado a Leeds, donde aprende inglés. Además sabe muchísimo de música electrónica e indie, las bandas sonoras de su marea: la orquestilla de platos de Dj que acompasa su cimbreo farmacológicamente asistido y el galán amanerado que canta sólo para ella en su cuarto, y la arruma y comprende. Con todo eso, el mundo es suyo. Tarde o temprano, la chica mona monetizará su talento.

Una vez entrada en sociedad y presentada por ella misma a lo mejorcito de Twitter y Facebook, la estrellita tejerá un manto de cháchara cortesana, dando pares y nones a pagafantas y bufones, mientras, pragmática, espera al primer héroe que llegue. Embaucar a un editor, pillar a un productor o esposar a un esposo son todos éxitos, cada uno a su manera, con tal de que uno u otro la mantengan al nivel que merece. Lo ideal sería la fama, además del dinero, pero a fin de cuentas mejor es un ingeniero cualquiera que un aspirante a cineasta mendigando aportaciones de crowdfunding.

Su timeline tiene un poco de todo. En general, es una chica muy divertida, todo un torbellino de experiencias excitantes. A veces muestra epifanías del tipo “qué guapos sois los hombres”. O actualizaciones como “me he comprado mi primer reloj, ya soy madura”; “me he regalado a mí misma una cosa monísima en Urban Bullshitters”. O plantea debates trascendentales: “¿a quién os tiraríais antes, a Jared Leto ciclado o a Benedict Cumberbatch pasado de rayos UVA?”. O chispea: “Rajoy tiene más tetas que yo”. Podría deducirse que el denominador común de sus aportaciones a la farandulilla sería que son lo primero que le pasa por la cabeza, si no fuera porque alguna que otra vez las copia de por ahí. A veces habla de fútbol, que es algo que le interesa mucho a los chicos. Si pone en su biografía que es mourinhista demuestra que es una imbécil genérica y gregaria. Twitter es su querido diario, extraído del cajón de las bragas, y abierto barriga al cielo para que una multitud como una anémona le pase los dedos. El mundo debe leer el Diario de Ana Wank, la jovencita que escribe en su buhardilla de Leeds porque los alemanes han restringido los fondos festivos, pero que se resiste a vivir.

Ella es así. Se le podría perdonar todo porque tiene vagina. Y sin embargo hay pecados rara vez redimidos sino por la propia miseria, que llega con el oneroso interés de la vejez. La estrellita tiene una omaíta, que un buen día decide que se va a abrir un Facebook, como sus amigas. Hay que quedarse más en casa. La cosa está muy mal. No puede permitirse ni ir al bingo. En su muro pone alguna receta, algún video gracioso, alguna frase de motivación; felicita cumpleaños y refrenda fotos de amigas. Ya hace mucho tiempo que es madura y lleva reloj, que no se regala nada a ella misma, que gustosamente se acostaría con un hombre del aspecto de Rajoy que la cogiera de la mano y le dijera que era bonita. Omaíta quiere también estar en contacto con su niña, que está lejos. Y lejos piensa que está la niña, que se ve en todo lo alto, que es ya una tuitstar, aunque no sepa que hay tantas estrellas en el cielo como lentejas en plato de obrero. La madre llama a la puerta, que por un lado da a un decorado de sitcom y por otro a un pisito de protección oficial en una barriada del extrarradio sevillano. La hija da un portazo, avergonzada. Cómo se atreve. Qué brasas es, qué cateta. Escribe, una vez más, lo primero que le pasa por la cabeza: “Llego a casa y descubro que mi madre ha abierto un FB!!!”. “Con sesenta y tantos debería ser ilegal tener FB!!!!”. 

No sabe, todavía, que ha firmado su propia sentencia.