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El duelo

Disponiéndose al despegue en un asiento cerca de la cola del avión que le llevaría de Ljubljana a Londres, un nervioso pasajero intenta concentrar su atención en la revista de a bordo. Se salta con desdén castellano un reportaje sobre Barcelona,  pero lee absolutamente todo lo demás. Ya le ha pasado la etapa de codiciar accesorios para snobs -y nunca ha llegado a tener la capacidad de adquirirlos- sin embargo, contempla con la reticente pero persistente admiración de la envidia el físico de los modelos que exhiben relojes “deportivos”, cosméticos e indumentaria de petimetre. Eran, con diferentes caras, los mismos modelos que soñaba con emular antes de salir del nido familiar, desde el que quiso volar y al que tuvo que volver en ya demasiadas ocasiones.

Llegados los 35 años, tras haber rebotado de estudios de Informática, Diseño, Química -sin concluir ninguno- y haber intentado -sin fortuna alguna- diversos oficios como periodista, traductor y vendedor de teléfonos, SrInfiernos es el arquetípico hijo tonto que llega finalmente a tener conciencia de su fracaso vital. Conserva intacto un orgullo absurdo y gratuito por ser hijo de médico, pero semejante hidalguía incrementa el íntimo desprecio que siente por sí mismo, que intenta en vano soterrar bajo la pose de la indiferencia del genio. Por primera vez en su vida, tras terminar un módulo de formación profesional -su última baza- es independiente, pero su trabajo de operario de mantenimiento de aviación es mal pagado, duro y sucio. Eslovenia, para un emigrante escasamente cualificado y sin conocimiento del idioma, no es precisamente un paraíso.

Le queda, o le quedaba, Internet, donde era todo un personaje. En los albores de internet, en una especie de experimentación adolescente de identidades, Ignacio Pisuerga Torrente tuvo diversos apodos y atuendos, incluyendo alguno femenino, pero fue como SrInfiernos cuando se asentó en su familia virtual -un foro de “cultura popular”- y se convirtió en un personaje legendario en tales confines. Era el malote oficial de su pandilla, insultando y avasallando a cuanto nuevo entrara en el garito, y de vez en cuando paseando por otros foros, como pistolero del Oeste de pueblo en pueblo. La vanidad, como la codicia, nunca está satisfecha, y menos para un narcisista con complejo de inferioridad. Era poéticamente justo e inevitable que un día su identidad fuera expuesta en un foro de vigilantes, que además, con una rápida serie de Golpes Google, deconstruyeron la leyenda, mostrando la miseria de su vida real. En una sucesión incontrolable de acontecimientos -el tiburón que sangra pasa a ser víctima de sus congéneres- alguien llamó por teléfono al domicilio familiar y tuvo unas palabras con la madre del matoncillo.

SrInfiernos ha jurado venganza. Aunque ha tenido escaramuzas con todo tipo de internautas, esto es algo distinto. Ya han pasado tres años desde el rifirrafe, pero además se han vuelto a mofar de él, el burguesito que limpia retretes y moquetas de avión. Atesora un caché antiguo con la dirección de registro de la página desde donde ha sido hostigado, y se dirige a Londres para ajustar cuentas con su némesis. Está seguro de que es quien ha llamado a su casa. Está seguro que es él. Tiene que ser él. Y tiene que hacer algo. En otras ocasiones ha amenazado con dar un par de hostias a algún insolente al que ha descubierto troleando, y le ha funcionado. Esta vez le han aceptado gustosamente el envite. Y en Twitter, delante de sus seguidores, que azuzan al Tartarín madrilitas, del que admiran la pose de duro inquebrantable y el armamento de crueles chascarrillos. En la resaca de un acalorado intercambio de insultos de tres horas del que no se siente sino humillado, y del que ha borrado toda traza, SrInfiernos comprende que ha hecho el imbécil, pero siente que no puede renegar de su juramento público, so pena de muerte virtual. Sus gregarios se han extasiado con sus promesas de grabar en video la aventura: se avanzan apuestas, corren cotilleos, se jura justicia. Si SrInfiernos no cumple su palabra, la misma chusma que lo celebra será motín contra monstruo, una vez perdido el respeto.

De forma vertiginosa, se consiguieron los 200 euros que cuesta el pasaje, por medio de una colecta en el que una docena de personas pusieron hasta 5 euros y un misterioso donante, seguramente un magnate de la industria cultural, puso el resto. Ya no tiene que pedir el dinero a su madre -antigua defensora frente al severísimo padre- cuyos lamentos en tales ocasiones cada vez se hacen más largos y tediosos. Y ya no tiene excusa. Un compañero de foro, que trabaja en el McDonalds de Piccadilly mientras “termina” su novela, le ofrece alojamiento. Otro diseña una camiseta, “SrInfiernos London Tour 2014: Hostias como Panes”, que es puesta a la venta en su foro amigo, con un notable resultado: 23 pedidos en una semana.

SrInfiernos está casi conmovido por el aparato logístico puesto en marcha por sus gregarios, aunque una vocecilla paranoica le dice que quizás sea más títere manipulado que héroe admirado. Sabe que no hay marcha atrás. No puede ocultar a sí mismo que está asustado. No sabe realmente con quien se la juega: a juzgar por lo leído por ahí, piensa que su oponente debe ser un intelectual cobarde y miserable, pero realmente no tiene ni idea. Tampoco sabe si lo verá, o si el encuentro sería a solas o con una camarilla de canallas. Al mismo tiempo, una vez resignado con la situación, se ha intentado convencer de que puede terminar de forma contundente los humillantes ataques al mayor de sus logros vitales, su personaje de internet, infringiendo dolor físico o consiguiendo al menos una indigna y pública capitulación de su enemigo por medio de serias amenazas cara a cara.

En su aventura eslovena, el guerrero mesetario ha mantenido un riguroso entrenamiento que seguramente le servirá en esta decisiva batalla de su vida. Para empezar, como le gusta fanfarronear ante sus seguidores, a veces pasa jornadas enteras apretando tuercas y tornillos o lijando paneles, un entrenamiento real, como un hombre, sin tonterías; nada que ver con la solitaria hora de pesas y posturas en el gimnasio entre las 12 o 14 delante de un ordenador. Y cuando termina el trabajo, corre por el bosque y levanta tronquitos de árbol en diversas y audaces rutinas que romperían el espíritu de alguien que tuviera su antigua vida. Se siente un héroe, como se siente viendo películas, coordinando con tensos impulsos en su sillón el movimiento del protagonista de la pantalla -balas que silban alrededor, sin que ninguna lo alcance; antagonistas con caras chunguísimas que lo rodean, pero que se llevan una somanta de uno en uno, con tiempo. No será ningún triunfador convencional, en una sociedad que sólo valora el dinero, pero al menos puede triunfar como hombre.

Y como un hombre salió del avión, caminando deliberadamente por los pasillos del aeropuerto de Stansted con la implacable parsimonia de un héroe de cualquier caballeresca aventura de celuloide. Lleva una chaqueta de cuero “de aviador” y unos vaqueros gastados; de una de las trabillas le cuelga un mosquetón que asegura una cadena que a su vez asegura sus llaves. En los bolsillos guarda la cartera, el móvil y una navajita multiusos, y en la mochila, tres paquetes de pañuelos de papel, una caja de Paracetamol y otra de Fortasec. Además de su botiquín de emergencia, cepillo y pasta de dientes, desodorante y tres mudas de ropa interior, una botella de agua, un bocadillo de queso envuelto en aluminio, dos manzanas, cuatro barras de chocolate y una consola de videojuegos. Es todo lo necesario para una posible espera de horas tras su presa: no precisa más equipaje. Pasa por el control de pasaportes con gesto serio y sereno, especulando con las posibles suposiciones del policía sobre su persona, creyendo con ilusión que podría ser confundido con un ex-combatiente en Oriente Medio, o quizás mercenario, mafioso o agente secreto, ensayando una fría respuesta a rutinaria interpelación en robótico y burdo inglés (“Ai am of praivit bisnes”), incluso anticipando un posible interrogatorio (“No me pueden retener; voy limpio”), y sintiéndose algo decepcionado al ser absolutamente ignorado.

En el tren que lo lleva al centro de Londres, SrInfiernos se siente alerta, en territorio enemigo, cercano ya al singular duelo. Los 45 minutos le pasan como segundos. Un momento está en plana campiña salpimentada de granjas, y otro en la ciudad, rodeado de ladrillos cubiertos de grafitti a modo de grotesca hiedra: la barbarie invadiendo la civilización, el nuevo orden nacido de violencia. Pero en Madrid tampoco hay escasez de bobos con sprays, y se siente urbanita ducho en la supervivencia en la jungla de cemento, mientras ande por ahí ojo avizor y bien calladito. En la estación de Liverpool St. compra una tarjeta de transporte que le parece carísima, pero a pesar del enorme disgusto mantiene la pose hierática. Sin embargo, la aparente calma torna en una tempestad de resoplidos y aspavientos cuando intenta llamar a Carlos, su contacto en Londres, y el teléfono se traga monedas como un niño gordo engulle pastelitos, sin lograr establecer conexión y sin devolverlas. Saca el móvil, a pesar del precio prohibitivo de las llamadas internacionales, y una voz en inglés que no entiende muy bien -tiene que escucharla tres veces para hacer una conjetura- le informa de que el número no es reconocido. (“¡Maldito maricón de mierda! Esto me pasa por fiarme de un modernito. ¡Eso no me haría un colega de FP!”). Es muy tarde ya, hace frío, apenas hay gente en la estación y menos en la calle, y debe encontrar un lugar para pernoctar con lo limitado de su presupuesto. El problema es que, a diferencia de otras estaciones de tren de la ciudad, la cercanía al distrito financiero hace que no haya hostales alrededor.

A su rescate llega un conductor de minitaxi al que explica su predicamento, y tras negociar un precio de 20 libras, lo lleva a un hostal regentado por un amigo suyo. En el incongruentemente denominado Hotel Excelsior paga otras 20 libras por la noche, pero al llegar a la habitación comprueba con profunda preocupación que es compartida. Hay 4 literas, donde roncan un par de nigerianos, otro par de chavs autóctonos y un árabe, alrededor de una mesa donde se amontonan restos de comida-basura multiétnica, latas de cerveza y colillas. El cuarto de baño podría servir de escenario de una sala de tortura en una alegoría medieval del infierno. El hedor es demasiado incluso para él, a pesar de su amplia experiencia limpiando letrinas de avión. Vuelve a recepción para quejarse, pues iluso había pensado que había pagado 20 libras por una habitación individual. En la recepción Ahmed y Suleiman se carcajean al escuchar sus cuitas, y le informan inequívocamente: 20 libras en habitación para 8, 30 libras en habitación para 4, 80 libras en habitación para 1 o 2. El precio pone límite a sus escrúpulos. Vuelve al cuchitril, encuentra una litera libre, y cena el seco bocadillo, dejando las manzanas para desayunar y el chocolate como alimento de emergencia, administrando sus provisiones con la sabiduría de un experto en supervivencia. Se acuesta vestido, abrazado a su mochila como si fuera un oso de peluche, y con una mano agarrotada sobre su navajita, temeroso de ser atacado.

Su integridad física y moral, sin embargo, no sufre más que por el suspense de una noche insomne con una inquietante banda sonora de estridentes ronquidos y pedorretas. Se levanta temprano y se marcha sin pisar el dantesco cuarto de baño. Ya defecaría y se refrescaría en un McDonalds. Y cuál mejor que el de Piccadilly, donde trabaja Carlos, el traidor que lo ha dejado tirado tras haberlo animado de forma entusiasta para que ajustara cuentas con el común enemigo de internet. Le iba a decir cuatro cosas. Carlos no estaba allí, sin embargo. Otra de sus mentiras. Aprovechó para lavarse la cara y peinarse, pero no consiguió defecar: su rutina estaba demasiado trastocada. Tampoco tiene hambre. Tiene un nudo en el estómago.

No son ni las 6 de la mañana. Tiene un largo día por delante, otra terrible noche y una mañana antes de volar de vuelta a Eslovenia. Está sólo, pero no necesita a nadie; y ciertamente no a Carlos, el cultureta de mierda. Bueno, si necesita algo de dinero de su madre cuando vuelva, pues ha incurrido en gastos extraordinarios, pero eso ya se resolvería más adelante, a costa tan sólo de aguantar otro tedioso sermón y algo de menoscabo en su autoestima. Ha llegado el momento. Comparado con el viaje desde el aeropuerto, el trayecto al domicilio de su torturador le parece a cámara lenta, y los nervios se le acumulan por más esfuerzos que hace para relajarse. Una vez llegado a la vecindad, le parece sentir rostros observándolo tras las mudas ventanas. Diez metros antes de llegar a la puerta las piernas le tiemblan y siente ganas de defecar, por lo que tiene que volver sobre sus pasos, entrar en un pub, y librarse del lastre intestinal. Ahora sí.  Joder, qué nervios. Fight or flight. Pero se las sabe todas. El muy astuto lleva en la mochila un arma secreta que ha adquirido en una papelería: una carpeta de plástico negro con clip de metal y unos folios, con lo que puede pretender que está haciendo una encuesta, en caso que le abra la puerta alguien con aspecto de poder darle una hostia de padre sin mucho esfuerzo, o quizás esgrimiendo un cuchillo jamonero. La casa del inglés es su castillo. Pero si todo sale bien, abrirá la puerta un alfeñique al que darle dos collejas y obligarlo a implorar pleitesía de rodillas ante la cámara del móvil, en escena inmortal y gloriosa.

Toda su atención se concentra en la sensación de los nudillos en la puerta, que le parece tan dura como la compuerta de una cámara de seguridad de banco. La manita toca tímida, timorata y tentativamente, sin más respuesta que un hosco silencio. Espera un poco -es de mala educación llamar muy seguido- respirando hondo, y vuelve a golpear, esta vez con un poco más de energía. Le duele un poco la mano, pero está seguro que es sólo algo psicológico, dada la intensa concentración de sus sentidos. Cuando está seguro de que no hay nadie, golpea con bastante más fuerza, pero inmediatamente asustado por su propia sonoridad -si por alguna casualidad hubiera alguien dentro no le iba a gustar que llamaran así- decide marcharse. El tiparraco no está. Se hace un selfie en la puerta, haciendo el signo de la victoria. Ha cumplido su palabra. Se aleja. El corazón le late a ritmo de italo-disco y se atraganta de aire, boqueando como carpa fuera de agua. Ya pasó. Es hora de relajarse. Puede hacer un poco de turismo y volver a intentarlo por la tarde. Decide visitar el Museo de la Ciencia, que tiene una magnífica colección de motores de aviones. Él es un experto autodidacta en todo lo relacionado con la aviación, excepto pilotar, y se lo va a pasar fenomenal.

Al llegar la hora de cierre, un consternado empleado del museo llama a la policía, pues alguien con un trastorno mental evidente está embobado enfrente de una turbina Rolls-Royce, cantando “I believe I can fly” con fuerte acento extranjero, aleteando como una bailarina, sin hacer el menor caso a su apremio a desalojar la sala. En el manicomio, tras una buena noche de reparador sueño, SrInfiernos explica al psiquiatra que está bien, que simplemente ha sufrido un leve episodio de stress post-traumático -nada inusual en un ex-combatiente- pero que ahora su único motivo de preocupación es que ha perdido el vuelo a Eslovenia y no tiene ni un duro, por lo que le pide por favor que llame a su madre para que lo repatrie. Se siente bastante feliz, tanto por el Diazepam como por yacer en una cama limpia, esperando que su madre querida venga a rescatarlo, como después de cada una de sus aventurillas. Cómo quiere a su madre, aunque sea un poco pesadita, a su lado cada vez que la necesita. Ya se imagina en la casa del pueblo, en el ancestral terruño salmantino, delante de una taza de Cola Cao y unas pastas Reglero, en su soleada habitación, con la compañía de su ordenador y de sus adorables periquitos, tan bien amaestrados que aunque pueden volar prefieren la jaula, con su agua, su comida y sus juguetes, y sintiéndose queridos. Como él mismo, el curiosísimo y entrañable hombre-periquito.

El zoológico

Tecleando con dos sarmentosos dedos, el jubilado escribe un mensaje indignado al director de BBC Gardener’s World, impelido por una moralidad que en el pasado ha tenido diversos motivos de alarma como el número de jugadores extranjeros en la Premiership, el implante mercantilista de celebraciones americanas como Halloween o la oportunista conversión al catolicismo de políticos como Tony Blair, al retirarse de la escena, delatando con impudicia su traición a la confianza de sus electores y su confabulación con enemigos tradicionales de la patria.

Sr. Director:

Me sentí profundamente perturbado al recibir por correo el catálogo de Spaldings, que venía dentro de su revista -a la que llevo suscrito durante muchos años- y descubrir que ofertaban bulbos de Hyacinthoides hispanica, el jacinto español, una especie invasora que está amenazando la extinción de nuestro maravillosa flor nativa. Aparentemente este país tiene la mayor población mundial de jacintos, pero incluso en bosques ancestrales se encuentran con abundancia híbridos de la especie española, mucho más robusta, y la autóctona. Estoy seguro de que estará usted de acuerdo en que ningún jardinero decente debería adquirir esta verdadera peste para nuestros jardines, parques y campiña.

Le saluda atentamente,

Reginald Rooney.

Reginald (gruñón, misántropo, viudo) ya no se molesta demasiado en intentar paliar la perfidia de la globalidad en la esfera política y cultural por la desilusión que siente por unos partidos mercenarios y un pensamiento políticamente correctos, a los que ha concedido la victoria en un debate en el que había entrado con entusiasmo cuando compró un ordenador y contrató línea de internet, tras asistir a un curso de su ayuntamiento para ciudadanos de la tercera edad. Internet le abrió horizontes inéditos para alguien por naturaleza incómodo con otras ofertas lúdicas como el bingo o los bailes de salón con señoras que olían a té y galletas con chocolate, y que movían el culo con chándal rosa con el brío de un bebe con los pañales cagados. El número y energía de los troles que lo ridiculizaban fueron demasiado para él, que al principio intentaba contestarlo todo, y su subsiguiente desdén encontró, además de la discreta sordidez del porno cibernético, un tranquilo refugio en las páginas dedicadas a la jardinería, donde su anacronismo encontraba una sorprendente conexión con un ecologismo ingenuo. El jardín era su arcadia patriótica.

Mientras elaboraba su profético mensaje -si conseguía que una sola alma comprendiera la amenaza ya habría ganado una guerra- su nieta Madeleine, a la que le tocaba cuidar porque su hija “estaba en una reunión”, perseguía en el suburbano jardín de Bromley a una ardilla con el simpático sadismo de la infancia, absolutamente inconsciente e indiferente de que era gris, americana e invasora y no roja y nativa. Reginald releyó la misiva, corrigió una coma, cerró el portátil, dio el último sorbo al té, y le dijo a la nieta que ya era hora de salir.

Hoy la llevaba al zoológico. Era un día gris de las vacaciones de Semana Santa, y ver bichejos exóticos una de las pocas diversiones apropiadas para él y para ella. En el tren que los llevó al centro, Reginald, didáctico, aleccionaba a la nieta sobre los hitos que se presentaban a través de la ventana, igual un espino que sonreía con sus flores rojas que las adustas piedras de la catedral de Southwark, llegando a Londres, que incitaban a la meditación sobre lo eterno en medio del bullicio promiscuo de la ribera sur de la ciudad. Madeleine lo escuchaba más o menos mientras picoteaba un sandwich de queso, pepino y tomate y jugaba con su Playstation.

En el zoológico le dieron un buen repaso a toda clase de animales. Pingüinos, pelícanos, serpientes, gacelas, llamas. Loros, mariposas, monos, arañas y peces. El mundo en un parque temático, con decorados diversos pero el mismo cielo gris por encima. Ninguno de esos animales, ni siquiera león o tigre, impactaron tanto en la pequeña como un majestuoso gorila que los miró con triste reproche, con expresión solemne e indignada. Lejos de su África nativa, en el corazón de la oscuridad, el noble animal parecía achacarles la privación del sol y de la libertad.

 -Abuelo, ¡el gorila parece tan triste!

-Querida mía, aquí está bien cuidado, sin que le falte de nada. Es un afortunado. En África están amenazados de extinción.

Afortunado o no, la tristeza del monstruo de feria asoma por unos ojos a los que no ha sido dado llorar, que no se ablandan por el rostro de una pequeña que le parece tan sólo una cría del mal, avergonzado por ser esclavo en una jaula de cristal.

Termina la visita y se dirigen a la estación de tren, destino a la casa solariega de la campiña suburbana, a la urbanización del jubilado que ha cotizado 40 años para una banca que no distingue el color del dinero. Entre Regent’s Park y Charing Cross el abuelo mira con disimulo las tarjetas de putas que adornan las cabinas de teléfono, con su lenguaje de iniciados y su oferta del mundo. A levels. O levels. Watersports. Korean beauty. Busty ebony. English rose. Thai transexual. El menú. El exotismo consignado a la jaula de piso y cabina, como el jamón de Westfalia o el de Parma o el serrano en la vitrina de algún delicatessen. Jamonas y jamones ultramarinos. Reginald reflexiona que Londres es la capital del mundo, que ofrece todos los sabores de la Commonwealth en un supermercado para sibaritas. “Cuando un hombre está cansado de Londres, es que está cansado del mundo, porque Londres ofrece todo lo que la vida puede ofrecer.”

Devuelta la pequeña a una madre que ha vendido su alma por una hipoteca en Fulham y un par de vacaciones al año en Turquía o Trinidad, o en Ibiza o Italia, Reginald marca un teléfono y contrata a una masajista para un final feliz para su día. Mientras la china le da calor calculado con sus manos a cambio de 50 libras a la hora, el miserable le promete cuidar de ella, para que nada le falte, a cambio de un amor que nunca tendría más fruto que la pensión. Casi llega a creer sus palabras. Se siente sólo, muy sólo. La mujer occidental, tan materialista, tan poco romántica, no es para él. Necesita a alguien que lo quiera, y una vez por semana lo intenta.

Starlette de internet

La starlette de internet es guapa o casi guapa: su juventud hace tal distinción casi innecesaria. Inteligencia, la justa: todo lo que tenía que aprender, excepto inglés, ya lo aprendió en la pubertad, y funciona. Parece que fue anteayer cuando se le pobló el pubis de pelos y le exigió a la sufrida madre que le comprara un ordenador “para sus estudios”, y parece que fue ayer cuando volvió a extorsionarla para que complementara la exigua beca Erasmus que la ha llevado a Leeds, donde aprende inglés. Además sabe muchísimo de música electrónica e indie, las bandas sonoras de su marea: la orquestilla de platos de Dj que acompasa su cimbreo farmacológicamente asistido y el galán amanerado que canta sólo para ella en su cuarto, y la arruma y comprende. Con todo eso, el mundo es suyo. Tarde o temprano, la chica mona monetizará su talento.

Una vez entrada en sociedad y presentada por ella misma a lo mejorcito de Twitter y Facebook, la estrellita tejerá un manto de cháchara cortesana, dando pares y nones a pagafantas y bufones, mientras, pragmática, espera al primer héroe que llegue. Embaucar a un editor, pillar a un productor o esposar a un esposo son todos éxitos, cada uno a su manera, con tal de que uno u otro la mantengan al nivel que merece. Lo ideal sería la fama, además del dinero, pero a fin de cuentas mejor es un ingeniero cualquiera que un aspirante a cineasta mendigando aportaciones de crowdfunding.

Su timeline tiene un poco de todo. En general, es una chica muy divertida, todo un torbellino de experiencias excitantes. A veces muestra epifanías del tipo “qué guapos sois los hombres”. O actualizaciones como “me he comprado mi primer reloj, ya soy madura”; “me he regalado a mí misma una cosa monísima en Urban Bullshitters”. O plantea debates trascendentales: “¿a quién os tiraríais antes, a Jared Leto ciclado o a Benedict Cumberbatch pasado de rayos UVA?”. O chispea: “Rajoy tiene más tetas que yo”. Podría deducirse que el denominador común de sus aportaciones a la farandulilla sería que son lo primero que le pasa por la cabeza, si no fuera porque alguna que otra vez las copia de por ahí. A veces habla de fútbol, que es algo que le interesa mucho a los chicos. Si pone en su biografía que es mourinhista demuestra que es una imbécil genérica y gregaria. Twitter es su querido diario, extraído del cajón de las bragas, y abierto barriga al cielo para que una multitud como una anémona le pase los dedos. El mundo debe leer el Diario de Ana Wank, la jovencita que escribe en su buhardilla de Leeds porque los alemanes han restringido los fondos festivos, pero que se resiste a vivir.

Ella es así. Se le podría perdonar todo porque tiene vagina. Y sin embargo hay pecados rara vez redimidos sino por la propia miseria, que llega con el oneroso interés de la vejez. La estrellita tiene una omaíta, que un buen día decide que se va a abrir un Facebook, como sus amigas. Hay que quedarse más en casa. La cosa está muy mal. No puede permitirse ni ir al bingo. En su muro pone alguna receta, algún video gracioso, alguna frase de motivación; felicita cumpleaños y refrenda fotos de amigas. Ya hace mucho tiempo que es madura y lleva reloj, que no se regala nada a ella misma, que gustosamente se acostaría con un hombre del aspecto de Rajoy que la cogiera de la mano y le dijera que era bonita. Omaíta quiere también estar en contacto con su niña, que está lejos. Y lejos piensa que está la niña, que se ve en todo lo alto, que es ya una tuitstar, aunque no sepa que hay tantas estrellas en el cielo como lentejas en plato de obrero. La madre llama a la puerta, que por un lado da a un decorado de sitcom y por otro a un pisito de protección oficial en una barriada del extrarradio sevillano. La hija da un portazo, avergonzada. Cómo se atreve. Qué brasas es, qué cateta. Escribe, una vez más, lo primero que le pasa por la cabeza: “Llego a casa y descubro que mi madre ha abierto un FB!!!”. “Con sesenta y tantos debería ser ilegal tener FB!!!!”. 

No sabe, todavía, que ha firmado su propia sentencia.

La cita

Como primer paso del ritual de un día que debería ser muy especial, Jesús Tejero abrillantó con apasionado vaivén y satisfecha sonrisa los brogues color caca de niño que había encremado por la noche. Le habían costado el equivalente a 280 euros, una parte considerable de su salario, pero eran unos Grenson genuinos, comprados en Londres, y hay cosas que no tienen precio. Eran unos zapatos para toda la vida, a condición de cuidarlos y no llevarlos todos los días; una pieza fundamental del arsenal de un caballero moderno -o como le gustaba presentarse, “un hombre de bien”- dispuesto a darlo todo en torneos de salón.

El hombre de bien escribía publicidad lírica para una revista de hombres que necesitaban objetos lujosos como prótesis de su masculinidad. Siguiendo la tradición del mayordomo snob o el solemne hortera de sastrería, su deferencia hacia su disfraz era absoluta, en perversa metonimia de vestimenta por alma, sintiéndose parte de la aristocracia del buen gusto en vez de un vulgar petimetre. El diablo siempre se alegra cuando alguien vende su alma, pero además se carcajea cuando el precio es tan exiguo como la vanidad del caballerete a la moda. A los 35, Jesús es una caricatura casi totalmente enloquecida: lo que él creía ínfula de lana blanca es realmente orejera de burro, y el cascabeleo del camino cada vez más cansino. No sólo de metáforas vive el poeta, y hay momentos en que el encuentro inesperado con belleza sencilla y verdadera le recuerda el amor que no supo conseguir de niño. Se puede vender el alma, pero no la conciencia, que sobrevive aunque se anestesie con vino.

Piluca Goyeneche, a la que conoció en Milford, un pomposo mercadillo de vanidades, es la dama a la que Jesús secretamente dedica sus últimas galanterías escritas, la musa que ha inyectado brio en unas reseñas que se iban lentamente estancando. Guapa, elegante, simpática. Y una Goyeneche, con dinero antiguo. Altos hornos, hidroeléctricas, banca. Acercándose con precaución -tres meses- para no delatar su prisa, escondiendo sus celos con una máscara de bonhomía, Jesús ha conseguido una cita. Le ha hablado de vinos y perfumes, de visitas a París y Viena, de atardeceres mediterráneos en su ciudad, Valencia. El ofrecimiento para guiarla, que Piluca aceptó con naturalidad, ha sido la excusa para intentar salir de la zona de amigo. Jesús entra en éxtasis, y esa noche, al acostarse, queda insomne y feliz, pensando sólo en su nombre, aunque extrañamente es incapaz de recordar su rostro.

Y el día ha llegado. Los zapatos limpios, y ya se puede duchar y vestir con las manos limpias. Jabón Floris, mimosamente aplicado sobre cuerpo, cara y calva. Agua fría al final, para activar la circulación y poner la piel tersa. Vigoroso secado con toalla crujiente de seca. Conjuntados, desodorante y colonia Acqua di Parma, no mucha: un poco sobre pecho y cogote, un poco sobre la barba justa de tres días. Boxers de algodón de Ralph Lauren de discretos cuadros blancos y azules, y calcetines Burlington, beige como los pantalones de pana. Cinturón de Loewe, camisa Oxford celeste también de Ralph Lauren, un foulard adquirido en alguna trampa para turistas de Sackville Row, y chaqueta verde y gris de tweed Harris, de legendario tejido escocés. Una interpretación contemporánea del clásico gentleman rústico, piensa, mirándose al espejo como torero antes de la faena. Sale pisando fuerte de su casa, un piso de renta antigua en un caserón para familias de militares, a nombre de su abuela. Camino de la estación siente que no hay mejor lugar en el mundo que su ciudad en primavera, que la vida es bella si se sabe vivir.

Piluca está rutilante. Lleva un vestido de punto negro ajustado que destaca un cuerpo esbelto y rotundo, y es ella quien se acerca a dar un par de besos de bienvenida, con el ímpetu suficiente para hacer contacto con el pecho. Jesús, tocado, balbucea el saludo, mira a la galería, respira, se recompone más o menos. No se había esperado así el encuentro. Él siempre era verborrea poética y ella siempre dulzor y callada sonrisa, que parecía admiración sumisa por su brillantez. Ahora, ella lleva la iniciativa. Jesús se lamenta de haber elegido el bucólico atuendo, bastante incongruente con el de la chica marchosa. Y marchosa es ciertamente Piluca, que ha despachado a la clientela del Milford casi al completo y a toda su plantilla, sin que Jesús, tantas veces ensimismado en el pepino de su gin-tonic, destilando metáforas para sus crónicas, se hubiera dado cuenta. Una mezcla de bastante curiosidad y un poco de aburrimiento la ha llevado a aceptar la cita con el publicista amanerado, que ha buscado esta oportunidad, a solas, para dar un golpe de mano en la relación, aunque vuelve de momento a su zona de seguridad esperando que llegue el final feliz al llegar el telón de la noche.

-Te voy a llevar a un restaurante donde se come lo mejor de nuestra mar y nuestra huerta. ¿Te parece?

-¡Claro! ¡Yo soy de comer cualquier cosa!

Jesús se ha decidido por el restaurante de Ricard, una estrella emergente del panorama culinario de revista de estilo. Es un templo gastronómico minimalista en lo decorativo y lo nutricional, y a cambio de alguna reseña favorable, le dan trato de amigo. Jesús elige una mesa junto a una ventana y ofrece galante la silla a Piluca. Suena discreta bossa-nova dulzona. El mismo Ricard acude a la mesa y saluda, efusivo.

-¿Qué tal, Jesús? ¿Qué callado te lo tenías, eh?

Jesús responde a guiño con presentación:

-Piluca, éste es Jesús, alquimista de sabores y amigo.

-Hola, guapa, encantado de conocerte. No le eches demasiada cuenta a tu novio, que es algo exagerado.

Piluca se levanta y le planta dos besos al cocinillas, que le pone en la cintura la mano, que queda enfrente de la cara de Jesús, que no puede evitar pensar en el previo contacto de sus senos.

-¡No! ¡No somos novios! ¡Jejeje! ¡O no todavía!

Muy a su pesar y a su manera, Jesús lo confirma, intentado sonreír.

-Piluca es una amiga muy especial.

-Bueno, bueno, lo que vosotros digáis. ¡Jejeje!

Ricard regresa a la cocina y acude con la carta un camarero perdonavidas. Tras el concilio, Jesús pide alcachofas ecológicas, mousse de conejo al Oporto y trufa de Morella, mientras que Piluca se decanta por caballa glaseada con puré de boniato, pimienta verde y limón valenciano. Para beber, Jesús elige una botella de Alta Alella Pansa Blanca 2012, no muy obviamente al principio de la carta de vinos, digno sin ser caro.

-Este vino es fuego líquido de las entrañas del Maresme, donde siguiendo la tradición milenaria el noble hombre de campo dispone las cepas, esos candelabros con uvas verdes y refulgentes como lágrimas divinas. Empieza muy cerrado en nariz. Gran vivacidad en boca, afilado y preciso. Notas de alhucema y alhelí, de heno fresco y fruta blanca, de nube blanca en atardecer de verano en la costa, de viento salino en la mejilla de mujer hermosa, de todo lo que es bello en el Mediterráneo.

-Está bueno, sí.

Cuando empiezan a lidiar con los platos y Jesús, eufórico, se dispone a atiborrarla con fascinantes anécdotas sobre su vida, una inoportuna necesidad de defecar lo obliga a disculparse e ir al aseo. El destino parece haberle jugado una trampa. El excremento era de los de retortijón, de consistencia cremosa, descarga lenta y alta adherencia. Librarse del enemigo le cuesta algo de sudor frío y un ligero mareo por tener que levantarse varias veces para intentar estimular el tránsito intestinal. Cuando termina, debe emplear más de medio rollo de papel higiénico para eliminar la mancha, de una viscosidad extrema. Los últimos trozos tienen trazas de sangre. Cuando se sube los pantalones y se ajusta el cinturón, vuelve a sentir otra vez la necesidad, y vuelve a luchar para expulsar una cantidad de excremento bastante menor, pero extremadamente recalcitrante. Una vez más, el refregar con papel higiénico, que termina, y con su pañuelo, que debe arrojar a la papelera, para de una vez por todas componerse, aunque se tiene que llevar la mano al trasero dos o tres veces para rascar la irritadísima raja. Por fin sale del habitáculo. Puede que hayan sido en total diez o quince minutos, o quizás veinte, pero a Jesús le han parecido horas, y se imagina a Piluca sola y defraudada, cuando menos, o entretenida por el amigo cocinero o el camarero engreído. Le dan ganas de llorar y de gritar, y se daña un poco la mano dando un puñetazo a la puerta. Respira hondo, se lava las manos, se echa un poco de agua por la cara y la calva y se seca, dispuesto a volver a la mesa y aparentar normalidad.

Lo que más se teme cae encima. La mesa estaba sola, con su plato de alcachofas mustias, una raspa de caballa en el de Piluca y la botella vacía. Al fondo, en la barra, la protagonista de la película de su vida estaba animadísima bebiendo con el camarero, desocupado en tan elitista establecimiento, que había cambiado su expresión hierática por una sonrisa lasciva. Una extraña luz inundó el local, y cada risa de su musa, que parecía una cadencia reverberante, era una puñalada en el cuerpo de Jesús, que se sentía como un muñeco de vudú. La risa trocó en alaridos cuando estampó un botellazo en la cabeza a Piluca y gollete en mano le clavó los cristales en la garganta y en un ojo. El camarero y un par de clientes, que hasta entonces parecían parte del mobiliario, horrorizados, no se atrevieron a acercarse a la bestia enloquecida, que incrementó el ritmo de sus embestidas y finalmente hundió el resto de la botella en el vientre de la víctima, con lo que quedó apaciguado, respirando muy hondo. Se sentó junto a una mesa y pidió con voz serena al camarero -que no quiso discutir- otra botella de Alta Alella Pansa Blanca 2012.

Cuando llego la policía, Jesús bebía y musitaba melancólico (“con lo que yo la quería”… “con lo que yo la quería”…) y sollozó intentado hundir su rostro en el pecho de un agente, que lo contuvo asqueado, mientras otro lo esposaba. Dejó de lloriquear cuando lo sacaron del restaurante, y con las manos a la espalda, esposado, su atención se concentró en intentar rascarse el culo. Jesús está ahora ingresado en el penal del Puerto de Santa María, donde espera reducción de condena, ya que muestra buena conducta, enseña a leer y escribir a presos analfabetos e imparte talleres de escritura creativa.

Viaje al fuituro

2025. El futuro, y con premio. Gente con ropa normal, no con skijama. Circulan coches, motos y furgonetas, y siguen echando humo. No ha cambiado demasiado la cosa, o al menos en apariencia. Sin embargo, por la calle deambulan ciertos seres con las piernas rígidas, separadas como para intentar evitar indeseable masaje de excremento, y los brazos un poco por delante del pecho, casi rematados por puños, con los índices percutiendo el aire como picos de pájaro carpintero. La cabeza entera acompaña al frecuentísimo movimiento de sus ojos, abiertos de par en par, pareciendo que tuvieran los párpados circuncisos. En la pupila, un trazo casi espiral de sangre azulada.

Son muchos; cada vez más. Gente normal deja de serlo. El hijo de un vecino, un tendero, un compañero de trabajo. Gente normal ya va quedando poca. El virus no hace distinciones. Conocido simplemente como el “viral” por un reducido grupo de especialistas, fue una diabólica creación del doctor Von Krippenhöler y su equipo de canallas, reunidos en una oficina en el centro de una blasfemia escrita con letras de hormigón y cristal tecleadas sobre asfalto: San Francisco. Von Krippenhöler sólo ama a su gato y se quiere vengar de la humanidad a causa de un trastorno infantil, inexistente hasta que fue diagnosticado por un psicólogo escolar a la busca de casos, que lo puso a caldo de Ritalin y ordenó su asistencia vespertina a una ludoteca acolchada donde había chicos verdaderamente tarados. Ésa fue la universidad de su sociopatía. Sus únicos compañeros verdaderos, los videojuegos.

El loco a la fuerza modificó un germen que hasta entonces sólo afectaba al ganado ovino, y lo inoculó a varios desdichados, que durante bastante tiempo no mostraron síntomas que evidenciaran alteración alguna en su salud física o mental. En tiempos promiscuos y de escasa higiene, con organismos debilitados por comida procesada y todo tipo de adicciones, el viral se propagó sin gran dificultad. El invasor ataca receptores sensoriales y neuronas y se replica poco a poco, formateando el cerebro de tal forma que el afectado asocia la realidad con el flujo inalámbrico de internet, que en una generación constantemente conectada percute sin oposición el cerebro de la víctima. Los cinco sentidos siguen funcionando -aunque de forma atemperada por el brutal bombardeo de bytes- pero la inteligencia entre ellos ha sido secuestrada por los favoritos del navegador. Sin necesidad de desarrollar nuevas cepas, el viral tiene variantes sintomáticas conocidas como siglas siniestras como “COPE” o “PRISA”, en la zona ibérica, y algún que otro híbrido. Una vez que la terrible enfermedad domina la capacidad cognitiva, le llega el turno a la lingüística, que se ve limitada a 140 caracteres: el cerebro compone como escritura lo que el infeliz farfulla a posteriori. Ha habido algún caso de transmisión al feto, y en una abominable aberración de la ley natural, el nacido aprende a teclear antes que hablar.

Como manada meneada por misterioso magnetismo, muchos enfermos suelen confluir y vegetar en las mismas zonas, manteniendo ilusión de identidad, y dedican su tiempo a componer aforismos, chistes y apostillas en los estrictos límites marcados por la enfermedad: al pasar de 140 caracteres, ven rojo. El viral ha dejado las neuronas suficientes para reciclar la información alimentada por los medios de propaganda con cuatro o cinco recursos estilísticos, o simplemente para repetir la frase de otro, en individuos poco dotados ya de antes del contagio: los palmeros, en el argot hospitalario.

En un sórdido bar de platos cuadrados de Malasaña, a cuyo nombre será mejor no dar publicidad, varios grupos de inútiles pasan el tiempo como pueden, no pudiendo de otra forma. En una mesa cuatro gordales con camiseta serigrafiada con mote y leyenda, incongruentes bufandas y gorritos de lana, y la proverbial gafa de pasta componen una escena que a distancia podría confundirse con una partida de dominó: lo que atesoran sus dedos chacineros, sin embargo, son sus móviles. Rara vez se miran, y cuando lo hacen es de reojo. Uno de ellos, dice su camiseta, se llama Foca Díaz (“guionista, mamporrero y encofrador”). El slogan de otro, Super Fofete, admite que “es duro tener poderes y ser impotente”. La otra pareja está compuesta por Arasno (“pa’ chulo yo”) y Barbillasucia (“no es lo que piensas”). Están poseídos, como jugadores en racha.  Llevan 5 días seguidos haciendo chistes de Rajoy y de la nueva ley del aborto, con algún entremés de fútbol y famosillos.  En otra mesa hay un poeta, un filósofo y una terapeuta del alma elaborando ripios, sentencias y consejos a granel, con el característico equilibrio de juventud y sabiduría del madurito interesante y la rellenita que moldea mollas con Zumba y faja. Acodado en la barra hay un pobre diablo contándole batallitas de la emigración a su vaso, en vertiginosa ciclotimia de fanfarronadas -como si en vez de llevar mono de mecánico llevara uniforme de legionario- y lloriqueos de hijo tonto que ha malogrado tres o cuatro carreras. También hay gente normal, o relativamente normal, todavía sin contagiar por el virus del doctor loco. Por poco tiempo.

Abriendo de un violento portazo, entra un enfermo terminal con el ademán del que viene a ajustar cuentas. Su principal motivo, sin embargo, es infiltrarse en el microcosmos de la modernidad mesetaria. Un día escuchó por ahí que en el bar se reunía gente variopinta como grafiteros, blogueros, chaperos y rameras (“la peña”, para el desnortado juntaletras) y espera “documentarse” para su próxima novela, que nunca llegará a publicarse. Lleva una amplia gabardina beige, al modo de un ajado Tintín en otoño, la época en que su tupé cambió de color y le cayó en la perilla. Dos camareros, identificables por sus chapas como Óscar y Julio, intercambian una solapada risita (“ya llega El Capitán”). La camarera, Lola, intenta aparentar que limpia y coloca botellas en una estantería, con toda la parsimonia del mundo, para evitar contacto visual con el rijoso basilisco. Empieza la función de todos los días. Hoy toca especial: ha habido una manifestación pro-ETA.

-arrobaÓscar lo de siempre, amigo.

El orondo Óscar se vuelve, en desganada circunvalación, para trincar la botella de Gran Duque de Alba. Julio, su pareja cómica, enjuto y bastante más amanerado, también de espaldas a la barra, le musita:

-Una copita para el loco de la arrobita. ¡Jajaja!

-Arroba la que tengo aquí colgada. ¡Jajaja!

Arturo Masfuerte se la mete de un trago y pide otra:

-ArrobaÓscar ponme otra. Voto a Bríos que la voy a necesitar. Puta ETA.

Da un sorbo, y respira hondo. El dolor de su alma se manifiesta en su costado y su brazo izquierdo. Pese a todo, dispuesto a luchar hasta el final, coge carrerilla.

-Estas cosas no pasaban en tiempos de los Reyes Católicos.

-A cada cacique que medra en este disparate de Estado roto en 17 taifas le llegará su San Martín.

 -El puto Anasagasti está ahí con su sonrisita, hasta que me harte y le sobe los morros.

-Espero que el puto País Vasco y la puta Cataluña independientes no olviden dedicar una plaza a Rajoy. A ese puto lumbreras.

-Igual que la Tercera República dedicará, también agradecida, otra plaza a la Infanta y al listo del calzón corto y la mano larga.

-Artur Mas tiene menos futuro político que un comercial de jamón serrano en Arabia Saudita.

-Mas no es listo, sino arrogante y torpe. Un político inteligente era Abraham Lincoln. No hay color.

Arturete sigue y prosigue relatando la rancia retahíla, que parece una cinta de arcaico teletipo casi troquelado con su lamentable vida y opiniones, un monocorde ubi sunt de añoranza del glorioso imperio ultramarino, salpimentado con caspa populista como la defensa del aborto al estilo anticlerical, con chistecillos de ovarios y rosarios, que espera que encubra el hedor de sus ideales y haga su mensaje atractivo para la chusma. Ni que decir tiene, él no es “ni de derechas ni de izquierdas”. En su delirante discurso se explaya contra los enemigos de la patria, un conglomerado de vascos, catalanes, musulmanes, políticos y borbones, con el vanguardista vocabulario de folletones decimonónicos y noveletas de Bruguera: el fulano que muere es un fiambre. De vez en cuando alguien se ríe de él, e inmediatamente lo amenaza con el premio Qué Suerte Te la Meto Masfuerte. Tan terrible amenaza se prodiga sin cesar, porque parece haber leído al revés el tratado de Dale Carnegie, y aunque de vez en cuando brinda a amigos imaginarios (“saludos a México”) como afable hispanista, el enemigo está dentro, en la patria. Se siente como guerrero en territorio enemigo, rodeado de confabulados traidores.

A la cuarta copa, su vejiga, consistente como una medusa, lo conmina a mear. Los movimientos del ya de por sí torpe enfermo están seriamente afectados por el alcohol, y parece un robot al que se fueran acabando las pilas. De camino al urinario aprovecha para echar un vistazo a la mesa de los chistosos, para ver si puede pillar material para su obra. Lo interpela un vozarrón que parece salir de la nada, aunque está enfrente.

-¡A ver cuando pagas los 210 mil euros que me debes, que ya está bien!

El pelotazo de adrenalina lo sacude como un directo a la nariz, pero la fuga, aunque deseable, no es posible. El bar está repleto de gentuza, y su ignominia sería pública. Hay que defenderse, y la mejor forma es atacar. Arturete, en la tradición de épica clásica y superhéroe de polígono, mezclando registros con relativa facilidad, compone la figura y el desafío:

-ArrobaAntonio eres un donnadie ladrando a mi cabalgadura al Parnaso.

-ArrobaAntonio, te has rodeado de putos políticos y me has tendido una puta emboscada, pero me sobran arrestos.

-ArrobaAntonio, encomiéndate a tus putos muertos, que yo me cago en ellos.

Arturete, que movía los dedos a ritmo bakala mientras enunciaba la barriobajera maldición, remata la ráfaga con un tremendo movimiento de su índice derecho que parece el iluso golpe ganador de un jugador de máquina de frutitas, y pasadas las palabras la emprende a mandobles con el aire. Sus movimientos son una mezcla de maestro de esgrima y chorizo con nunchaku, arte que aprendió cuando niño con su hermano el policía nacional. Al llegar a lo más alto del subidón, su pie derecho resbala con un poco de aceite que se le había caído a Julio mientras repartía tapas y sabiduría, y el impulso lo hace caer sobre una mesa, golpeándola con la cara, que chafa un plato de ensaladilla. Por un momento queda ahí quieto, de rodillas, como alimaña alimentándose, y luego se levanta, mareado, con la gabardina moviéndose como un abanico de Locomía a cámara lenta.

-Buenas noches. Hoy ceno mélange de verduras rusas aderezadas con salsa de Mahón.

Es hora de ir a casa; le duele todo, no sólo España. Gira hacia la barra, donde una estupefacta camarera, su reacia musa, lo mira casi con pena y con muchísimo asco.

-Lola me dice que ya es hora de cerrar. Buenas noches.

Al girar hacia la puerta, el altivo bocazas sucumbe al cúmulo de cognac y emociones de la noche, y se desploma. Con la boca mojando de saliva el suelo pronuncia su última palabra:

-Clic.

Es el apagón. Un presto camarero lo agarra por la espalda, poniendo sus manos en el pecho, y el otro sujeta sus muslos, llevándolo hacia lugar más discreto y seguro.

El comemierdas de Proust

Julio, el pequeño sociópata, no tenía demasiado interés en el fútbol, pero aprendió pronto que no era demasiado difícil aparentarlo para mimetizarse con el grupo. Todo lo que tenía que hacer era elegir uno de los dos equipos y leer la crónica del partido del ABC, regurgitándola a su manera. A veces ponían un partido en la tele, pero más de 10 o 15 minutos lo aburrían. Los compañeretes del cole iban al estadio, pero su padre no lo llevaba porque prefería ir a whiskerías, y su hijo era demasiado joven, y él hipócrita y tacaño, por lo que para iniciarlo en el mundo lo había encomendado a la moral y a los libros.

Julio aprendía la alineación del equipo como quien aprende la lista de los ríos de España, por lectura y repetición, mientras los otros la veían fluyendo sobre el campo. Los compañeretes hablaban en el patio sobre el partido del domingo, loando a su equipo y a sus héroes y denigrando al contrario, en burlesca batalla donde no había aún la mala leche del debate político en el que más adelante malgastarían su existencia, porque todavía no les había dado tiempo para ser fracasados. Uno era del Real Madrid o del Atlético en aquellos días porque uno debía pertenecer al equipo de la ciudad donde se vivía, aunque el padre fuera de Burgos. Nadie era hincha del Burgos: afirmar tal lealtad era equivalente a adoptar voluntariamente el rol de payaso del grupo, y la vida podía ser muy dura para el payaso. Nadie es más orgulloso ciudadano de la capital que el hijo de emigrante pueblerino.

Ochotorena, Chendo, Camacho, Sanchís, Maceda, Gallego, Michel, Gordillo, Hugo Sánchez, Butragueño, Valdano. Figuras mitológicas para niños. Algunos imitaban a su héroe favorito en los partidillos del recreo, adoptando su nombre, intentando su estilo, sus trucos. Julio, no muy dotado física ni técnicamente, normalmente era colocado en la portería cuando pretendía participar, pero harto de no hacer mucho más que recibir balonazos, se hizo espectador ocasional, a veces peloteando al chulo de la clase y a veces mofándose del error de alguien que le caía especialmente mal. Las más veces, sin embargo, su recreo era peripatético, intercambiando estadísticas, datos y metáforas con otros embriones de intelectual, que desdeñaban el espectáculo ofrecido por los compañeros, inmersos en la idolatría de los héroes de primera división, los de verdad.

Julio, incapaz para sentir y para comunicar experiencias propias, era un gregario bien adaptado, pese a su condición, y aprendió tempranamente como evitar collejas. Tenía modelos de comportamiento bien definidos, aceptados y respetados. Para el observador superficial, era un chico normal y tenía amigos. En la adolescencia la situación se complicó un poco, porque se suponía que debían gustarle las chicas, y a Julio le gustaban, desde la intimidad de su habitación, en el altar de su imaginación, en la seguridad de sus sábanas. Frente a frente le daban miedo, lo cual no era obstáculo para que comentara el físico de las guapas de la clase con el resto de los pajilleros como si fuera un experto tratante de ganado, al tiempo que resentía y envidiaba las fanfarronadas del chulo de la clase hacía Elena, su favorita, aquella que lo dejaba mudo, aquella que llevará en su memoria hasta que muera, atormentándolo por su cobardía, estremeciendo los pilares de su heterosexualidad con la duda.

El tiempo pasó para Julio con la roma y regular puntuación de ingesta, excreta, paja y ronquido, en una seca estepa de bibliografía y apuntes de Historia que se le hacían soporíferos, pero que memorizaba como podía hasta llegar al examen, dejando un residuo de nombres, etiquetas y citas como evidencia de su cultura de licenciado -además del título, que su padre orgulloso mandó enmarcar en madera que casi pasaba por caoba. Los fines de semana los pasaba en cualquier garito con dos o tres desgraciados de parecida condición alineados en la barra, cubata erecto en mano pero ánimo por los suelos tras malgastar la noche en posar y pretender tener una conversación brillante. Hubo una época en que se disfrazó de bakala pero aquello no duró mucho -puro miedo de llevarse dos hostias- por lo que el terreno de caza para el desdentado depredador pasó a ser los locales con clase, sitios donde decía la leyenda que iban los famosos y las guapas.

Llegados los 30, desempleado, emputecido por pagar precios de potentado por la bebida y encima sufrir el escarnio de que las camareras lo mirararan como si fuera un insecto particularmente repugnante, Julio ha recalado en Malasaña, en bares de hipster mesetario -si es que el concepto es posible- y por enésima vez en su vida se ha mimetizado como ha podido: él, que en el fondo es un fachita con melancolía del Imperio, se ha hecho un moderno, podando una opinión inoportuna aquí e injertando algún correcto dogma allá. La ironía de sal gorda es buena compañera de su envidia, su apatía y su arrogancia. Julio está hecho polvo por la vida, y ya sólo le quedan “proyectos”,  la impotencia compartida del perdedor de taberna y twitter.

Ya camino de los 40, Julio comenta la jugada con unos cuantos desgraciados, y regurgita filosofía de segunda mano como cuando era niño regurgitaba crónicas de fútbol. Cómo pasa el tiempo. Parece que era ayer, la chilena de Hugo Sánchez o la carrera de Gordillo, el fallo de Cardeñosa o el gol de Maradona. Ahora su vida es el gato de Schrödinger, la navaja de Ockham, y sobre todo, la mierda magdalena de Proust, desde que un pomposo imbécil senior a sueldo de un periódico nacional dijera muy serio que En busca del tiempo perdido era la mejor novela de todos los tiempos y por añadidura la frase de marras se hiciera viral. Julio, imbécil junior, piensa que citar la magdalena de Proust muestra que es muy leído, culto y elegante, y que es la contraseña de un club de élite, el club de los intelectuales, aunque no se atreve a nombrarlo como tal porque él es muy irónico. Y también, claro, porque no le pagan. Es cosa de los mercados: en el país sobra fútbol y sobra cultura.

50 tonos de marrón

-Toma la píldora rosa, y podrás continuar con tu vida y tus sueños de revista del corazón. Toma la píldora marrón, y  podrás ver la realidad tal como es.

Yolanda, casi guapa y con el reloj biológico en algún punto de la tarde, ha apostado por un pagafantas que lleva el cuello del polo alzado al modo isabelino y gafitas de deporte extremo, de rebote tras un novio de su pueblo que se la metía bien pero no daba otro palo al agua, y que tenía la desfachatez de no querer cargar con la suegra.

-¡Pero a mí me encaaaaaaanta el rosa! ¡Y a mi novio también! Él está tan seguro de su masculinidad que no tiene complejos por llevarlo. ¿Verdad, Pablo?

Bovino, cabeceó por respuesta: ella era siempre la que hablaba. Sin que ninguna duda los desviara, procedieron a entrar en el sueño multicolor custodiado por los ángeles Zara y Mango.