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El paseo

Pasear sin demasiada atención a rumbo es un gran deleite para el viajero que quiere conocer una ciudad con cierta profundidad y por ello le dedica cierto tiempo, o el residente que disfruta manteniendo la relación. Y una de las primeras y esenciales informaciones logísticas al llegar a territorio extranjero es saber dónde se puede defecar, necesidad tan cierta como la muerte o los impuestos, y que puede sabotear el placer del paseo. Generalmente, como los impuestos, la necesidad de excretar es regular y periódica, de acuerdo a lo ingresado, pero en ocasiones, como la muerte, su llegada puede ser inesperada y terrible. Para el viajero, el mero cambio en las coordenadas espacio-temporales puede trastocar sus funciones fisiológicas, que, por supuesto, pueden sufrir trastornos mucho más graves por comida y bebida extraña y microbios de otras cepas, pero incluso el residente bien asentado puede ser asaltado por necesidad imperiosa y difícil. Incluso si se lleva equipaje con alimentos propios debido a hipocondría -el que sabe cocinar es su propio médico- o tacañería, nadie está exento de la posibilidad del sufrimiento que entraña la convulsión intestinal incontrolable fuera del hogar, en territorio enemigo. Ni siquiera Reverte. Al dolor, que puede ser igual de ineludible en la casa propia, se une el miedo cerval a hacérselo encima, y el suspense por no saber si se podrá llegar a buen puerto para descargar, o, por el contrario, cometer un indeseado harakiri en reverso, cosechando más mofa que compasión entre los testigos de tan grotesco suicidio público. No se debe desear una tortura así al peor de los enemigos. O sí. Cada uno que haga cálculos con su karma.

De la mano de pulpo de la globalidad llega una socorrida solución para el problema: McDonalds, ese omnipresente establecimiento que proporciona retretes fácilmente accesibles sin incordio de empleados demasiado leales a sus obligaciones. También, por supuesto, una comida que se ha procesado de forma alejada de lo orgánico, con un standard universal, con mínimas probabilidades de causar diarrea. Comida aséptica y retrete accesible, una combinación ganadora tanto para los presupuestos limitados como para los intolerantes con la gastronomía pretenciosa y creativa -especialmente con el precio- pero de arriesgada digestión.  Los restaurantes muy raramente tiran la comida, y la mayor escasez de clientes puede suponer que el cebo del restaurante caro esté mucho menos fresco que el de otro con un flujo constante de clientes. Realmente, McDonalds es un gran servicio público.

Con mayor conocimiento de la ciudad se consigue una amplia red de puntos en el mapa de mayor o menor conveniencia y comodidad, pero todos con su utilidad: centros comerciales, cines, pubs, estaciones, urinarios públicos, parques, callejas discretas. Todos tienen su horario y condiciones de accesibilidad, higiene y concurrencia. No tener una moneda, requisito en algunos servicios públicos, puede ocasionar un desastre para el poco avisado: un completo cambio de planes, confiando el éxito a la improvisación. En muchos pubs hay un cartel que informa de que los servicios son sólo para clientes. No es un escollo totalmente insalvable, ni mucho menos, pero puede hacer necesario incurrir en gasto innecesario o provocar confrontación. En muchos centros comerciales se llega a los servicios tras un laberinto, y a veces se puede hacer necesario soslayar a otros peatones en maniobras de diversa velocidad y riesgo, o incluso apartarlos con cierta brusquedad.

Para los visitantes a Londres, en pleno centro se encuentra un templo para el paseante que facilita retretes tan finos y elegantes como los de un club de alterne, y donde además se puede descansar sin consumir o comprar, sin la menor interacción con empleados o clientes. Sentarse es una parte esencial del paseo del que quiere disfrutar de no tener nada que hacer, y no es poca cosa a veces poder sentarse bajo cubierto en una ciudad que puede ser, por su adversa climatología, bastante inhóspita para el ocioso. El Hipódromo, en la esquina de Leicester Square y Charing Cross, está abierto las 24 horas del día, los 7 días de la semana. El edificio fue originalmente un teatro, después convertido en discoteca y finalmente en casino. En la nave central de la pecaminosa catedral, bajo una enorme lámpara -un rácimo de simples y gordas bolas blancas de inspiración setentera- giran la mayoría de las ruletas. Hay una multitud de tragaperras  y mesas de juego por palcos, pasillos y patios, y en la última planta, una terraza al aire libre para fumar shisha. En todas las plantas hay bar, y camareras itinerantes, con el escote poco abrigado, sirviendo bebida -y más raramente comida- a los jugadores. Generalmente, la banda sonora, sin estruendo, apenas varia entre el funk y el easy-listening: el lugar tiene una decidida vocación de Vegas-on-Thames. De vez en cuando hay eventos de cabaret y conciertos, para cumplir la cuota cultural del antro amoral pero sofisticado y respetable, a la manera de esas entrevistas tan sesudas del Playboy. Hay discretas noticias -cumpliendo con la ley- que aconsejan, con siniestra ambigüedad, “apostar con responsabilidad”.

En el Hipódromo hay portero, pero no hay código indumentario ni exasperantes esperas como en tanto centro de reunión de snobs. Siempre se es bien recibido: en la puerta, son objeto de la misma respetuosa y discreta deferencia un abogado educado en Eton y un fontanero recién llegado de Polonia. Al salir, el mismo respetuoso saludo, lo mismo al que se ha pasado varias horas arruinando la economía familiar como el que haya estado sólo 5 minutos para ir al retrete. Es una gran sensación la de ser saludado al terminar la obra, y casi se podría disculpar al enajenado, o al simple hipster adicto a las teleseries que, excitado por el decorado, se siente mafioso italoamericano por unos minutos o meses.

No son tales las fantasías del avezado paseante que disfruta con la observación de lo cotidiano en un ambiente sosegado, en un saludable ejercicio de amable misantropía a veces puntuado por un encuentro fugaz: andar entre gente, siendo todos y ninguno, o sentarse y ver caras, como el que se sienta en la playa y mira las olas, tomando prestado un rato de eternidad para no pensar mucho más que en la nada. Es muy relajante observar ludópatas perdiendo con calma. En el casino, las caras son parcas de expresión pero abiertas al mundo, por lo absortas. La etiqueta del lugar no estimula el exceso expresivo; el jugador, cuya fe en su sistema permanece inalterable en la escasa recompensa y la abundante adversidad, puede perder en un segundo todo menos la dignidad. Al acabar la jornada laboral hay más variedad de personal, especialmente bebedores gregarios y vanidosos, pero por la mañana lo que predomina es el jugador puro, generalmente sin interés en signos externos de riqueza, como monje con voto.

No muy lejos del casino, compartiendo muro con el Leicester Square Theatre and Museum of Comedy, que en el otro lado se acoda en el Prince Charles Cinema, está Notre Dame, la iglesia católica francesa, donde se puede encontrar un momento de quietud entre representación y representación. Las caras de fieles e infieles son parecidas, discretas en la gratitud, el reproche o la esperanza, hablando con Dios o con la ruleta, pero siempre, como Job, sujetos a las apuestas del diablo. Y en la prueba asoma el carácter, la humildad que acepta con estoicismo y bondad el destino que no ha buscado o la arrogante presunción del que cree que posee poderes especiales de inteligencia o fortuna, sintiéndose elegido por ruleta que gira o por ídolo de madera. El adicto al juego, como el idólatra o los ilusos creyentes en la ciencia y en la ideología política, cree tener un sistema. Se cree listo. Ante tragaperras, ruleta o baraja, ante la vida o internet, observa, estudia, busca estadísticas y patrones, y apuesta. “¿Cuántas veces ha salido el 8?”. “Dios lo ha castigado por impío”. “Si gana otra vez el PP bajará la prima de riesgo”. “Ésta vez podemos”. La casa siempre gana, sí, pero en conjunto. Hay gente que va al infierno, pero él es de los ganadores. Y en la lucha exhibe la aparente calma de un jugador de ajedrez, que para eso compite con la mente. La solemnidad y determinación del rostro del jugador es muy parecida a la del miembro de secta o el analista político o económico, esperando sacar oro en forma de premio, salvación, riqueza o revolución, absolutamente inconscientes de la propia insignificancia, creyendo que la vida va a ser alguna vez diferente, concentrados en llegar a la meta de su locura. Pero el adicto a los juegos de azar tiene una indudable ventaja sobre los iluminados por ideas e ídolos, y es que por lo general no es proselitista: está totalmente desinteresado en el prójimo. Nada que ver con él compartir su sistema con un desconocido ni estorbar la paz de sus pensamientos de forma alguna. El paseante que busca un refugio para descansar del ajetreo de Babylondon puede olvidar el parque, terreno propicio para niños, niñatos, pervertidos, psicópatas y un torrente de turistas, y encontrar paz en el casino. A menos, por supuesto, que sea un jugador.

El ojo

El escritor de thrillers desparrama pistas y falsas pistas en un rutinario strip-tease del asesino para que el lector adicto tenga su dosis de satisfacción intelectual al “resolver” el crimen, en enésimo desafío de magnitud equiparable a acabar un buscaminas o un videojuego cualquiera. El consumidor de whodunnits, como el de porno, es persona de ritual y escenografía, y mantiene una tibia tensión entre la variedad de la escena y la inevitabilidad de la resolución. El decorado puede ser a base de clásico ladrillo neoyorquino, mínimo gris escandinavo, o barroco interior de iglesia, pero el climax es inexorable, y un lector privado de la exposición de la identidad del malo podría sentirse tan estafado como un voyeur sin su money-shot.

El nivel de las pistas puede escalar desde “la colilla de la marca que fuma el asesino” de las noveluchas de garita hasta la mancha azul en la lengua en la cosa de Humberto Eco, pasando por toda la quincalla de la obra de Agatha Christie y las providenciales señales de GK Chesterton. El escritor, por supuesto, se las sabe todas, que para eso ha colocado al malo en su entramado. Su protagonista puede saber latín, como los de Eco y Chesterton, o haber estudiado en la universidad de la vida, como tantísimos lumbreras de Facebook, pero también se las sabe todas, que para eso le ha dado el rol. El detective es tan poderoso con su inteligencia como la estrella del porno es con sus genitales, y al final se saldrá con la suya. Es un finísimo conocedor de la naturaleza humana, y es inútil intentar ocultarse de él.

En la actualidad, además, el progreso tecnológico ha significado que el detective cuenta con la omnisciencia del aparato de vigilancia electrónica, por si se le pudiera escapar algo, y para probarlo -si fuera necesario- la pista de las todas las pistas y evidencia de todas las evidencias: el ADN. El sabueso encuentra restos de cabello, piel, sangre, orina, saliva, moco… y a buscar en la base de datos, que ahí estará probablemente el pecador. Y si no, pues se le extrae por las buenas o por las malas y se coteja. Ahí tienes al malo.

El ADN es tan inapelable como el Juicio de Dios era en el medievo. Es impresionante lo que pueden conseguir los científicos. A partir de un resto de cagarro conservado en ámbar de hace 200 mil años -qué buenos relojes se hacen ahora- se puede reconstruir un dinosaurio o cualquier otro bichejo, y darle nombre, vida y propósito. Hay que compadecer a quien no cree en la ciencia, condenado a vagar en un caos por mundo. Y particularmente desdichado es el aspirante a filósofo buscando objeciones al claro veredicto de la justicia. No hay nada nuevo en la discusión bizantina, constante rémora del progreso humano. En el pasado, la iglesia civilizó a salvajes por medio de un formidable ejército de benefactores administrando el poder divino, y ahora el gobierno amaestra a ciudadanos díscolos por medio de un no menos formidable ejército de protectores del orden administrando el saber científico y la cultura. Un ciudadano de bien tiene fe en sus gobernantes y en sus escritores, y se sabe protegido y entretenido. Su vida es pulsión binaria, clara y segura, de vaivenes tan precisos como reloj, aunque esté hecho de arena.

Anónimo coreano

Corea del Norte es seguramente el último paraíso sin profanar en la Tierra, una Arcadia a salvo de turistas ebrios y lascivos donde los siervos, almas sencillas sin contaminar por la degeneración occidental, ese ponzoñoso tedio de centro comercial, prostíbulo, droga y reality television -eslabones de la cadena de la esclavitud de la tarjeta de crédito- ejecutan maravillosas coreografías y se concentran en las labores necesarias para todo súbdito de un estado eficiente: trabajar, comer, defecar y procrear, los cuatro pilares de una vida completa y digna.

Es la última aventura en este mundo de Easyjet donde se puede ir a todas partes para hacer lo mismo con ligeras variantes y donde no existe la sorpresa del paisaje jamás hollado: Instagram es el spoiler universal. Un alienado cualquiera, destruído por once meses de trabajo embrutecedor sólo ligeramente aliviado por fines de semana de cervecitas, telepizza, fútbol y twitter, puede pagarse un homenaje en Benidorm o en Ibiza, en Goa o en las islas Mauricio, que lo mismo da achicharrarse en un sitio que otro. Volverá igualmente alienado, porque lo único bueno que tienen los homenajes, como todo drogadicto sabe, es su expectativa, e incluso el lugar más exótico del mundo se ha convertido en un parque temático. Ya no quedan lugares ignotos, con la posible excepción de ciertos pueblos legendarios de Castilla que existen en mapas antiguos, lugares despoblados por la emigración, donde se dice que viven terribles ancianos que se comunican con gruñidos. Lugares a donde nadie vuelve, lugares que ningún aventurero quiere comprobar si existen. Lugares que no ofrecen la tentación del turismo sexual, como no sea, quizás, a algún aficionado al bestialismo. Y ese tipo de gente no suele ser dado a compartir sus cositas en Instagram.

En Corea del Norte, ese poblado de Asterix resistiendo a los locos americanos, destaca la figura de Kim Jong Un, una figura mítica en estos tiempos en que Cuba, que dejó de ser el prostíbulo de los americanos para serlo de los europeos, es ahora la tierra del Cha-cha-chá Guevara, donde los progres puteros, hasta las trancas de mojitos, ya no saben si ponerse la boina de marras o un sombrero a lo Carmen Miranda, porque la banda sonora de salsa es muy parecida, y nadie la baila por las letras. A alguno de los compañeros les dará por justificarse durante el vuelo de vuelta -el flujo de la conciencia en relación inversamente proporcional al del semen- pensando que ha hecho obra social, que 20 o 40 dólares pueden alimentar a una criatura durante bastante tiempo. A alguno ni eso, pero la respetabilidad de la aventurilla está asegurada con cuadrilla y familia: el viaje a Cuba es una especie de peregrinaje a Tierra Santa Revolucionaria, y siempre puede quedar la duda de que el viajero sea realmente un ingenuo idealista.

A Corea del Norte, que se sepa, no va nadie de putas. Como toda verdadera aventura, el viaje es incierto y peligroso. A Finisterre se le puso el nombre por algo, porque se pensaba que era el fin del mundo, que en aquellos tiempos era Galicia. Pasado tal punto, tinieblas, tempestades, naufragios, bicharracos marinos. Otro tanto es Corea del Norte, “el país más hermético del mundo” del consenso de la prensa del movimiento, que paradójicamente no es reacia a divulgar leyendas casi a diario, con la misma persistencia del retrasado a quien algún canalla regaló un tambor y un pito. Kim Jong Un que hace ejecutar a su tío arrojándolo a una jauría de 120 perros que se habían pasado 5 días en ayunas, no se sabe si además entrenados para compartir como buenos perritos lo exiguo de la presa. Kim Jong Un que impone el culto a su personalidad, sin siquiera ser campechano. Kim Jong Un que es aficionado a los videojuegos. Kim Jong Un que tiene cara de pepón bien alimentado, aunque su pueblo está castigado por hambruna endémica, llegando incluso al canibalismo. Ejecuciones públicas. Paroxismo del terror. Arranques de furia. Kim Chungón.

No cabe duda de que hay muchos que ejecutarían si pudieran a un tío suyo, o a un cuñado, aunque no todo el mundo pueda organizar una coreografía con 120 perros, ni siquiera un delirante hijo de folklórica. Son cosas de familia, y en Europa ha habido casos de miembros de familia real que han matado a parientes. Ejecuciones las hay en algunos países que defienden la democracia. El hambre ya no es noticia en la periferia de Europa. No hay demasiada diferencia en esencia, aunque sí en estilo, si hay que creer en los periodistas románticos de El País, El Mundo y el ABC, que no hacen sino acentuar el atractivo de un destino turístico como Corea del Norte que daría sin duda para mil historias de blog de viajero. Todo ello, claro está, hasta que todo el mundo vaya allá y ya pierda su encanto, y haya imágenes de Kim Jong Un, como del Che Guevara, hasta en llaveros.

El selfie

Abundan últimamente en los medios de comunicación las disquisiciones sobre el selfie, ese autorretrato colocado en los infinitos y más o menos insignificantes e íntimos anaqueles de las redes sociales. El fenómeno es estudiado desde perspectivas no demasiado variadas, entre las que predominan el moralista desprecio ante el narcisismo generalizado y el regulatorio snobismo sobre lo que es de buen gusto o no. Tal abundancia de interés mediático no es coincidencia, teniendo en cuenta que los medios de comunicación funcionan también como una red social en la que la principal fuente de “información” no es la realidad sino lo que se publica en otros medios: una especie de enfermedad viral propagada desde un manojo de déspotas, a través de una multitud de lacayos, hasta llegar al público.

Se dice en la prensa anglosajona que la palabra selfie ha sido aceptada por el diccionario de la Universidad de Oxford -como si le hiciera falta- y que es la palabra del año -aunque de serlo lo fuera de 4 o 5 años antes- y la prensa española eructa estrepitoso eco, como si el fenómeno no existiera hasta no ser bautizado en inglés. Abierta la veda, el columnista cotilla y graciosillo va a la caza de piezas para parodiar. Fotos de pies no, que hay demasiadas, y así nunca dejarás de ser una cualquiera. Fotos poniendo carita de pato no, que se puede chupar penes en privado como si se estuviera a punto de morir de inanición, pero en público se debe aparentar ser una señora, o una señorita-o un caballero, que no son estos tiempos en que se deba discriminar. El columnista inquisidor busca también presas para ajusticiar bajo cargos de orgullo, vanidad y lujuria. Tanto uno como otro, por supuesto, son reos de un voyeurismo envidioso y puritano –“el miedo de que alguien, en alguna parte, pueda ser feliz” que sentenciara Mencken.

Peor aún, son culpables de una hedionda hipocresía. Una mirada por los medios de comunicación -a veces un caballero debe poner los pies en las ciénagas- permite ver un catálogo de caras de periodistas a modo de logo de la casa, de marca a reconocer, a veces acompañadas de biografías ingeniosas a la twitter. A veces la etiqueta hace justicia al producto, y un pervertido que se jacta de apreciar vaginas inodoras o un viejo impotente que alardea de fornicar lolitas muestran fotos encabezando sus columnas que reflejan rasgos deformados por sus vicios, como si sus penes fueran varitas de Circe y los cirios quemados en dudosos altares hubieran transformado lo que alguna vez quizás fueran seres humanos en malas bestias.  Otras veces la publicidad es obviamente fraudulenta, como en el caso de algún representante del humor vasco alopécico que corta su foto al llegar a la frente y la filtra en blanco y negro para darle un toque artístico, o un filósofo sesentón con melena y chaqueta de cuero, jugando a maldito, aunque en vez de jeringuilla junto a la cama tenga un vaso de cola-cao, un par de magdalenas y una escupidera. De la firma de la prensa tradicional se ha pasado al selfie.

En cualquier caso, es bastante contradictorio y bastante risible que tanto comentarista de la “realidad” que critica el uso del selfie lo use a su vez, quizás bajo la enajenación de que ser asalariado de un medio de comunicación lo eleva a una categoría que lo hace digno de idolatría por parte del vulgo del que pretende burlarse.

Días mundiales

En una sociedad extremadamente exhibicionista como la actual es habitual que se haga alarde de todo tipo de triunfos y miserias personales, aunque sean de un nivel tan trivial como la elaboración e ingesta de una paella, o el castigo semanal a hígado y cartera en cualquier establecimiento de moda. Facebook e Instagram son la prensa del corazón de los pobres, el lugar donde sentirse protagonista haciendo ficción de la propia vida. En el ¡Hola!, desde la edad pre-informática, se enseñaba la casa de los famosos (como los catetos hacían cuando llegaba visita) y los saraos donde alternar con otros famosos, y ahora todo el mundo puede hacerlo, con audiencias de número variable.

El Homo Sapiens es también el Homo Inanis, y no es la única especie animal que mantiene ritos de apareamiento aparatosos, aunque en la naturaleza sean destinados a la procreación y limitados a ciertas épocas del año. Las leyes de la naturaleza parecen haber condicionado estos ritos como concurso de calidad genética, y al no mediar dinero, moral o ideología en la transacción, se eligen entre sí los ejemplares más idóneos para el fin.  En las sociedades avanzadas-las que han sojuzgado a otras para tener la vida fácil-la motivación por excelencia para impresionar a los demás no es la procreación, sino el placer, sea acompañado o no de la procreación y en un sentido mucho más amplio, por lo que se exhiben todo tipo de comportamientos y se expresan todo tipo de pensamientos, sin más mesura, relativa, que la que procede del miedo al ridículo y de la corrección política, el moderno “qué dirán” de los que temen ser parias sociales.

La corrección política moldea al gregario, al que mueve con facilidad como una duna en el desierto, y el viento que sopla puede hacer que lo que era de mal gusto en cierto tiempo sea algo a celebrar poco después. Igual que siempre ha habido fantasmones que alardean de dinero o de santidad ideológica, siempre ha habido pesadas y pesados que contaban al desconocido en la parada del autobús meticulosos detalles de las operaciones quirúrgicas que sufrieron pero que celebran como un hito en sus patéticas existencias. Cómo las abrieron, qué les insertaron, qué les sacaron. Sin recato, sin importarles que fuera la hora del desayuno o del aperitivo, o que el desgraciado oyente mostrara signos de asco o indiferencia.

Actualmente, se celebra el Día contra el Cáncer de Mama a bombo de periódico y platillo de blog, y como la información procede de la misma fuente, no pocos medios han publicados las fotos del Proyecto Cicatriz, una colección de fotos de mujeres mutiladas tras sufrir la terrible enfermedad, mostrando al mundo los navajazos del cirujano. Son matizadas fotos en blanco y negro, con evidente vocación artística, de documental vintage, de clásico, sin la resolución y el detalle, fácilmente de conseguir hoy en día para cualquiera, como para reflejar fielmente la realidad: apestan a “testimonio humano”.  Se comentan las fotos con adjetivos admirativos, épicos, melodramáticos.

Que se celebre el Día contra el Cáncer de Mama es de por sí significativo. Hay Días Internacionales por los motivos más peregrinos. El seguramente más famoso de todos, el Día del Trabajador, ha quedado en un día de vacaciones como premio de consolación por su inutilidad. El resto aspira a su nivel de globalidad, con resultados variables pero generalmente pasajeros e irrelevantes. No hay colores para tantos lacitos como lleva el beaterío que aspira a mejorar la humanidad por el procedimiento de los gestos. Sólo en Octubre se celebran:

1 de Octubre-Día Internacional de las Personas de Edad

1 de Octubre-Día Internacional de las Personas Sordas

1 de Octubre-Día Internacional de la Hepatitis C

2 de Octubre-Día Interamericano del Agua

2 de Octubre-Día Internacional de la No Violencia

4 de Octubre-Día Mundial del Hábitat (primer lunes de octubre)

4 de Octubre-Semana Mundial del Espacio

4 de Octubre-Día Mundial de los Animales

5 de Octubre-Día Europeo de la Depresión

5 de Octubre-Día Mundial de los Docentes

7 de Octubre-Día Mundial de la Arquitectura

9 de Octubre-Día Mundial del Correo

9 de Octubre-Día Mundial de los cuidados paliativos (Segundo sábado de octubre)

10 de Octubre-Día Mundial contra la Pena de Muerte

10 de Octubre-Día Mundial de la Salud Mental

10 de Octubre-Día Mundial de la Vista (segundo sábado de octubre)

13 de Octubre-Día Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales (segundo miércoles de octubre)

15 de Octubre-Día Mundial de la Mujer Rural

16 de Octubre-Día Mundial de la Alimentación

17 de OctubreDía Internacional para la Erradicación de la Pobreza

17 de Octubre-Día Mundial contra el dolor

18 de Octubre-Día Mundial de la Menopausia

19 de Octubre-Día Internacional del Cáncer de Mama

20 de Octubre-Día Mundial de la Osteoporosis

24 de Octubre-Día de las Naciones Unidas

24 de Octubre-Día Mundial de Información sobre el Desarrollo

24 de Octubre-Semana del Desarme

28 de Octubre-Día Mundial de la Animación

29 de Octubre-Día mundial del Ictus

30 de Octubre-Día Mundial del Patrimonio Audiovisual

31 de Octubre-Día Mundial del Ahorro

Tal prolijidad e irrelevancia recuerda al santoral tradicional, con santos y santitos de todas las categorías, muchos de ellos encargados de algún menester u otro. Santa Bárbara a la que rezar en caso de tormenta; San Pancracio, abogado de salud y trabajo; San Antonio, para pedir un novio; San Fiacre, patrón de los jardineros, o San Florián, patrón de los bomberos.  De forma orwelliana, algunos días son más importantes que otros, y el Día contra el Cáncer de Mama es uno de los que los pregoneros chillan con más estridencia. Es posible, a la vista de tal exhaustivo catálogo, que haya un día mundial contra la sífilis, el forúnculo o la halitosis, y hay enfermedades tan malignas y extendidas como el de cáncer de mama, o más, y de más difícil tratamiento. A veces adquieren alguna notoriedad porque un famoso sufre alguna de ellas y decide poner una fundación a su nombre, en un ridículo ejercicio de egocentrismo y autocompasión. Sin embargo, no se bombardea a la audiencia con fotos de chancros o quistes, de linfomas o tejidos necróticos.

El Día contra el Cáncer de Mama es altamente simbólico. Afecta a un atributo en el que muchas mujeres basan su confianza en sí mismas, de forma mucho más visible que el cáncer de ovario o el de cuello de útero, que afectan “sólo” a su capacidad reproductiva. A pesar de de la facilidad -y progresiva frecuencia- con la que una mujer puede ponerse implantes, sufrir un cáncer de mama, un gaje más del oficio de vivir, es presentado como la calamidad de las calamidades que pueden acontecer a una mujer, algo digno de ocupar más memoria gráfica colectiva que una infinidad de desgracias que pueden suceder a personas de ambos sexos. De hecho, alguna, como Angelina Jolie, se ha mutilado su propio pecho por tener miedo a sufrir la enfermedad, según su explicación, o quizás por querer implantarse uno más atrayente, como tanto humanoide adicto a botox y silicona;  a la vista del número de mujeres que no lo usan para la nutrición infantil, su decisión podría no ser tan descabellada como parece a simple vista. Actualmente, los que deciden son los mercados.

David Jay, el fotógrafo de moda (nunca mejor dicho) que comenzó el proyecto, declaró que “en nuestra sociedad, el cáncer de mama se oculta detrás de un pequeño lazo rosa. El público necesita ser educado”. La afirmación es ridícula. No hace falta ver cicatrices para compadecerse de las víctimas de una enfermedad, como infinidad de otras, motivada por la lotería genética y factores ambientales. Si el público necesita ser educado, seguramente algo mucho más útil sería mostrar los efectos de la guerra, de la clase de cicatrices-o absoluta falta de ellas- que deja una bomba cuando cae sobre un barrio cualquiera en cualquier parte del mundo que no sea el mundo occidental, el mismo mundo que las fabrica y se permite dar lecciones de moral y democracia. Sin embargo, no se ven tales imágenes en los medios de comunicación occidentales, en los que predominan los contenidos de moda.

El fantasma

“Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”, comenzaba el Manifiesto, y el fantasma se manifestó con revoluciones, purgas y burocracias, el ciclo inexorable del ideal del descontento. Stalin y el politburó, el nuevo zar y su nueva aristocracia, extendieron el antiguo imperio engullendo naciones del Este de Europa, y la revolución también se implantó en China. La Revolución Cultural de Mao proporcionó imágenes de multitudes de chinos con chaquetas grises agitando el Libro Rojo como quien agita el pañuelo en una corrida de toros: el papel de la masa es proporcionar la coreografía para el solista.

Actualmente, otro espectro recorre Europa: los fantasmones casi invariablemente llevan gafas de pasta y camiseta estampada con iconos culturales de serie B, y en sus mentes se agita el bucólico parasitismo de los libros de Bukowski y otros poetas malditos-ciertamente una maldición para no pocos padres de hijo tonto. Es la Involución, la fase final del imperio, la consecuencia de la vida fácil, de la degeneración física y moral. Poco se puede conseguir con una generación de inútiles sobrecualificados en la que el que no estudia, diseña, y nadie trabaja, ni es capaz de crear trabajo: una generación de zombies con la vista fija en pantallas, animados por el movimiento de los pixeles.

Un par de citas de Mao sobre la lucha de clases parecen especialmente relevantes:

“Las clases luchan; algunas clases triunfan, y otras son eliminadas. Así es la historia; así ha sido la historia de la civilización durante miles de años”

“Una revolución no es una cena con invitados, ni escribir un ensayo, o pintar un cuadro, o hacer bordado; no puede ser tan refinada, tan ociosa y calma, tan templada y amable, tan cortés y magnánima. Una revolución es una insurrección, un acto de violencia por el que una clase desmonta a otra”.

Sin necesidad de arrebatar nada a nadie y continuar el ciclo infernal de la historia, hay una serie de actos profundamente violentos pero legítimos: renunciar a expectativas absurdas y sueños diseñados por agencias de publicidad, renunciar a la propiedad de lujo inútil, renunciar a la esclavitud del crédito, levantarse temprano dispuesto a trabajar con las manos, mantener el cuerpo como un templo por medio de la higiene y la nutrición más sencillas y elementales.

No todo el mundo es capaz de hacerlos; cada uno recoge las consecuencias de sus elecciones. Por cada persona que toma las riendas de su vida, hay mil indignados que malgastan su tiempo y energía en un ciclo de pataleta infantil y adulta ironía, los condimentos del insustancial caldo de holganza, aburrimiento e impotencia. Que se quejen ellos. Hay mucha riqueza por crear, y el sol sale todos los días.

Bullshit

El “según un estudio” es el nuevo “palabra de dios” del ciudadano aborregado, al que mantienen fácilmente en el rebaño el pastor y sus perros. El perro dejó de ser lobo, como el policía dejó de ser proletario, domesticado con un plato de sobras, y cumple su misión con un comportamiento simple y automatizado. El pastor tiene tiempo de sobra para elaborar poesía, y busca comunicarse con almas afines, no con perros, a los que sólo es necesario dar instrucciones. No es bueno que el oligarca esté solo.

Como los constructores de catedrales dejaron signos para la posteridad, interpretables a distintos niveles, los escritores de las ficciones modernas marcan su trabajo con citas, guiños, y bromas para conocedores. Según muchos estudios, una causa importante del calentamiento global es la flatulencia de las vacas. El metano de sus ventosidades, dicen, es una parte considerable de la contribución agraria a la calamidad. En 2003, el gobierno de Nueva Zelanda propuso un impuesto sobre la flatulencia bovina.

Eructos de vaca, pedos de vaca: mierda de vaca, en inglés “bullshit”, que significa también trola, mentira, estupidez. Y hay que ser estúpido para creer que la pestilencia natural del ganado pueda contribuir de forma significativa al fin del mundo, pero el borrego es de natural estúpido, y el pastor es un poeta experimental, que busca nuevos límites en la manipulación de la audiencia, que comparte la broma con los miembros del club, buscando el premio de las risotadas. La hermandad de pastores ríe del miedo y la credulidad del rebaño, de su incapacidad para ver el obvio sarcasmo, y las carcajadas más estridentes son a costa del borrego enteradillo que asume el rol de predicador sin siquiera ganar dinero con ello, motivado tan sólo por idealismo y vanidad.