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Que se mueran los perros

Hace cerca de un año se informaba en El Mundo de que se buscaba al envenenador de perros de Malasaña, que al parecer había terminado con al menos 6 perros en los últimos meses. Hasta el momento los crímenes siguen impunes.

Las víctimas exhibían los mismos síntomas: se les hinchaba la cabeza y vomitaban. José I. notó que, tras empezar a vomitar, a su chucho se le hinchó la cabeza un día después, pero “como vio que seguía jugando pensó que no sería nada”. Una amante de los perros, Laura P., distribuyó carteles que informaban que “el efecto del veneno es INMEDIATO; se mueren A LAS POCAS HORAS”. Laura P. también explicaba que había mucha preocupación en el barrio, ya que “un perro es como un hijo”, y que como consecuencia del pánico de los dueños cada vez había más perros atados y con bozales.

Como en el caso de Jack el Destripador, circulaban varias teorías sobre el autor de los crímenes: una señora loca, un barrendero vengativo harto de heces caninas… Como los hechos siguen impunes pasado tanto tiempo hay quien ha empezado a circular los más fantásticos rumores, como que el asesino en serie es un miembro de la realeza, que contrajo una enfermedad venérea tras mantener contacto carnal canino. Estas voces conspiranoicas contrastan lo que parece desidia o incompetencia policial en el caso con su extrema diligencia para desalojar indignados de edificios ocupados, condenando a una gran cantidad de artistas al desamparo en la calle.

En cualquier caso, los crímenes han desembocado en un efecto saludable: perros debidamente atados y con bozales. En un mundo ideal, por supuesto, sólo los ciegos y la policía podrían tener perro en un entorno urbano. Los perros orinan y defecan en la calle, en muchos casos con impunidad debido a la connivencia de los amos y la pasividad de un público que prefiere evitar la confrontación. Si el dueño del perro es avistado por las fuerzas del orden mientras permite tan repulsivo acto, podría ser reconvenido, obligado a limpiar las heces, o multado. Por comparación, si un ser humano excreta en público con el exhibicionismo propio de un perro, seguramente sería arrestado, y posiblemente internado en un manicomio, drogado, y torturado.

Los perros son además auténticos almacenes de alérgenos y parásitos. Y lo que es más grave, los perros intimidan y a veces atacan a seres humanos. Por la misma fecha en que la actividad del serial killer malasañero fue dada a conocer por los medios, hubo 5 muertos por ataques de perros, incluyendo un niño de 2 años, otro de 4, y dos de 20 meses; en los últimos 10 años han muerto al menos 20 personas. A los padres de cualquiera de estos niños, las palabras de Laura P. debieron sonar a blasfemia. El perro de José I. era un bulldog. Cada vez hay más perros de razas concebidas para la “defensa”, muchas veces en manos de niñatos y pandilleros de nula madurez y responsabilidad.

Hay quienes opinan que la solución es una licencia para perros, como en otros países, y fuertes impuestos por todos los problemas que acarrean. Después de todo, aducen, a veces un perro es buena compañía, o la única, para un anciano o una persona con problemas. Si el abuelo dispone de pocos medios, se le exime del pago. Y para el resto, que paguen, que paguen mucho. Una especie de carnet por puntos, como el de conducir: al primer excremento que se deje en la calle, o al pasear sin bozal y correa, 3 puntos. Al llegar a 12, que incineren al perro, y que inhabiliten al dueño para la futura posesión de mascota.

Esta solución, aunque hasta cierto punto positiva, sería problemática porque significaría la dedicación de mucho tiempo y esfuerzo policial, tiempo y esfuerzo que podrían ser empleados con mucho más beneficio en la persecución de especuladores bancarios y delincuentes fiscales, los mayores parásitos de una sociedad enfermiza. Una sociedad en la que la lealtad familiar ha sido destruida y sustituida por la sumisión feudal a la empresa, y en la que se ha llegado a la lamentable situación de que muchos abuelos sólo se comunican con su perro, mientras tantas hijas y nueras se liberan de forma totalmente grotesca e improductiva, hijos y yernos juegan a mozalbete putero, y nietos juegan a gángster.

También hay quien postula la posibilidad de educar a los perros y sus amos para que defequen en zonas designadas. Es ésta una solución buenrollista e ingenua: aunque haya amaestradores como César Millán, el hombre que susurra a los perros, que aparentemente son capaces de conseguir que un perro asesino se convierta en un oso de peluche, aunque haya señoras que consiguen trucos increíbles de sus perros falderos, nadie parece haber logrado o tenido interés en conseguir que el perro evite defecar sobre ciertas superficies urbanas. El perro, a la hora de evacuar, no distingue asfalto de hierba. Además, el perro suele mimetizar el comportamiento de su amo, y no es de extrañar que un entorno como Malasaña, donde los perros parecen ciertamente reflejo de la moralidad de sus dueños, esté seriamente contaminado de orina, vómito y heces. No siempre es fácil distinguir la procedencia.

Como para tantas cosas, se debe mirar al exterior para encontrar soluciones. Y también a la propia historia, ese catálogo de grandezas y miserias. El pueblo de Corea utiliza a los perros con un fin mucho más loable: comerlos. Ciertamente España, que tiene una considerable tradición de hambrunas, y en la que vistas las circunstancias un revival no es totalmente descartable, podría seguir el ejemplo oriental. Aunque la gente pudiera tener escrúpulos iniciales, no hay nada que no se pueda cambiar con una buena campaña de reeducación, la transmisión de tecnología culinaria coreana, y una adecuado difusión publicitaria ensalzando la labor de gurus nacionales como Ferrán Adriá, que podría deconstruir la carne canina en infinidad de manjares dignos de la más distinguida oligarquía patria y su séquito de snobs. Con envasados sugerentes, con precios totalmente astronómicos, con información científica ensalzando las propiedades milagrosas de alguno de sus componentes nutritivos, el perro podría ser el nuevo alimento de moda. Además, siempre puede recordarse a Cervantes: “la mejor salsa es el hambre”. Que los pudientes alternen en El Bullshit y que los pobres pillen al chucho que puedan en la calle, como toda la vida. A unos y otros les sabrá bien, por motivos diferentes. El perro, con su gran número de razas e híbridos, sería ideal para el eterno conflicto de clases. Al rico no le gusta comer lo mismo que el pobre, y ciertas razas tendrían precios prohibitivos.

Las pieles de perros de raza podrían servir para hacer abrigos para cierto tipo de señora adinerada que nunca ha puesto impedimento a ir ataviada de zorra. El simple salto cualitativo de convertir la piel de perro en accesorio chic sería bastante más fácil que conseguir que la población se alimente de carne de perro -lo cual no es en absoluto difícil. La veneración a lo anglosajón de nuestros serviles medios comunicativos podría servir de catalizador: el equivalente inglés de zorra es bitch, perra, y el estilo de vida de la puta es admirado por una gran parte de la sociedad. Un número suficiente de cortesanas exhibiendo la indumentaria de moda, y una élite -las nuevas afrancesadas- la llevarían como símbolo de distinción; un número suficiente de franquicias suministrando el producto y éste se convertiría en uniforme de una generación.

Un posible aunque de momento no demasiado probable excedente de producción podría dedicarse a la exportación, mejorando la balanza de pagos, y diversificando la economía: España no puede conformarse con ser la Florida de Europa, simplemente proporcionando hoteles, restaurantes y burdeles para jubilados y jovenzuelos del Norte.

Originalmente publicado en GS, 3-12-2011.

Swift, Defoe, y la Burbuja

En 1710, el Reino Unido tenía una gran deuda causada por sus guerras, muchas de ellas contra España y Francia. En aquella época, el gobierno se había hecho dependiente del Banco de Inglaterra, una entidad privada de orientación Whig, y estaba descontento con su servicio. Robert Harley, que había sido nombrado Chancellor of the Exchequer (ministro de Economía) era un Tory, y en 1711 creó la South Sea Company, que pretendía hacerse cargo de la totalidad de la deuda nacional con interés. Antes había encabezado una investigación sobre las finanzas del gobierno que mostró gastos escandalosos. Tras varias pujas de los dos rivales, fue la South Sea Company quien logró hacerse cargo de la deuda, calculada en 9 millones de libras. El gobierno le pagaría un 6% anual, dinero que conseguiría estableciendo nuevos impuestos, de carácter permanente, sobre productos como alcohol, tabaco, seda, o vinagre.

La actividad económica de la South Sea Company era la venta de humo. En aquella época, se esperaba que tras el fin de la Guerra de Sucesión española, la recien creada compañía podría comerciar con las colonias españolas de América, y que mexicanos y peruanos darían cantidades ingentes de oro y plata para pagar los productos textiles británicos. Se pensaba que las minas eran inextinguibles. Algunos agentes se encargaron de circular rumores de que Felipe V, rey de España, permitiría acceso a Gran Bretaña acceso ilimitado a cuatro puertos en Chile y Perú a cambio de una parte de los beneficios de la compañía. Los rumores incrementaron su valor en bolsa. A Harley se le dio el título de Conde de Oxford.

En realidad, y como es lógico, Felipe V no tenía intención alguna de permitir el comercio en sus colonias a los británicos. Cuando la guerra terminó, el Tratado de Utrecht confirmó la posesión española de sus dominios americanos, y en 1713 Gran Bretaña consiguió un acuerdo bastante limitado: se le permitiría suministrar 4.800 esclavos al año durante 30 años, y podría enviar un barco al año, limitado en tonelaje y cargo, a México, Perú o Chile, con la condición de que el España se beneficiaría de un 5% del cargo y un 25% de los beneficios.

Ya Daniel Defoe había advertido del monumental absurdo de la empresa en “An essay on the South-Sea trade: With an enquiry into the grounds and reasons of the present dislike and complaint against the settlement of a South-Sea company”, en 1712:

Los que han concebido esta empresa saben muy bien del temperamento, constitución y estado de los asuntos de los españoles en América como para haberse prometido que por ningún tratado, capitulación o estipulación, tanto en la nueva España como en la vieja, se va a abrir el comercio de sus colonias con Inglaterra, o con ninguna nación del mundo. Quizás podrían permitir el comercio con determinados lugares de provisiones, pescado, grano, o cualquier cosa que puedan necesitar particularmente en esos lugares para la subsistencia de sus gentes, o puede que puedan hacer un trato para comprar esclavos, algo más propio de la African Company que para ninguna otra, y la razón para ello pueda ser sólamente que no puedan conseguirlos de otra manera. pero que permitan la importación libre de manufacturas europeas, y la exportación de metal precioso es tan contrario a la naturaleza de su comercio, tan destructivo para sus intereses, y sería tan fatal para la mismísima vida y ser de los dominios europeos de España, en cuanto al comercio, que a menos que los españoles estén desprovistos de sentido común, enajenados, y dejados, abandonando su propio comercio, arrojando el único valor que les queda en el mundo, y, en resumen, inclinados hacia su propia ruina, no podemos sugerir que nunca, bajo ninguna consideración, o por ningún equivalente, se separen de algo tan valioso, de una joya tan inestimable como el comercio en exclusiva con sus propias plantaciones.

En el Parlamento, también hubo oposición a la empresa por parte de Robert Walpole, líder de los partidarios del Banco de Inglaterra, que advirtió que la especulación financiera debilitaría el esfuerzo nacional en industria, que los incautos se arruinarían cuando perdieran sus ahorros para conseguir una riqueza imaginaria, que la base del proyecto de incrementar artificialmente el valor de las acciones prometiendo dividendos que nunca se podrían pagar era pérfida, y que en caso de lograr éxito, los Directores serían dueños del gobierno, dictadores de hecho, y que si fracasaba, algo de lo que estaba convencido, la nación quedaría en bancarrota. Sin embargo, nadie es profeta en su tierra, y la codicia se adueñó del espíritu del pueblo y sus gobernantes, aunque cada uno recibió un pago diferente. El Parlamento aprobó la empresa: la South Sea Company sería la más rica que el mundo había conocido, y cada 100 libras invertidas en sus acciones reportaría cientos de libras cada año. En la Bolsa había a diario muchedumbres agolpadas para comprar acciones.

Edward Matthew Ward, “La burbuja del Sur”

Sorprendentemente, el día de la aprobación en el Parlamento, las acciones cayeron ligeramente, pero los ejecutivos de la empresa hicieron toda clase de esfuerzos para mantener e incrementar su valor. Circularon más rumores: España intercambiaría Gibraltar y Mahón a cambio de algunos puertos en la costa de Perú; la compañía podría enviar a América cuantos barcos quisiera; no tendrían que pagar impuesto alguno a Felipe V. Las acciones subieron como la espuma. Se emitieron más acciones. La compañía no envió su primer barco hacia América hasta 1717, con un modesto beneficio. En 1718 comenzó una nueva guerra con España. Los bienes de la compañía en América fueron confiscados. Cualquier atisbo de beneficio desapareció, como los ahorros de una gran cantidad de incautos. Sin embargo, el Parlamento había aprobado estas actividades, a pesar de las malas relaciones con España.

El ejemplo de la empresa fue seguido por muchos oportunistas que establecieron empresas con diversos fines, muchos de ellos realmente peregrinos, y con escasas probabilidades de enriquecimiento más que para el que se aprovechara de la ingenuidad y avaricia de sus semejantes. Se formaron empresas para asegurar pérdidas por robo, para asegurar a los señores de pérdidas ocasionadas por sus sirvientes, o para convertir plomo en plata. El valor de todas las empresas-burbuja era mayor que el de toda la tierra de Gran Bretaña. Las acciones de la South Sea Company llegaron a un valor de mil libras, diez veces más que la inversión inicial.

Con la burbuja a punto de estallar, los directores de la compañía empezaron a vender sus acciones, y cuando la noticia empezó a propagarse hubo pánico entre los incautos que habían puesto su dinero. En la subsiguiente reunión de accionistas, los avispados que habían logrado grandes beneficios todavía elogiaban los logros de la compañía, afirmando que había enriquecido a toda la nación. Llegó un momento, con el valor de las acciones en constante descenso, en que los directores de la compañía no podían aparecer en público sin ser insultados, y se temía que hubieran motines. Se enviaron mensajes al rey, que se encontraba en Hanover, urgiendo su regreso. Se pidió a Walpole, con influencia en el Banco de Inglaterra, que aceptara hacerse cargo de bonos de la empresa, pero éste no tenía en principio interés en involucrarse en semejante ruina. Sin embargo, el clamor universal de la nación hizo que el Banco de Inglaterra aceptara colaborar para circular los bonos de la compañía, y el miedo se alivió un tanto, e incluso algunos volvieron a comprar con entusiasmo. En un solo día, sin embargo, la marea una vez más descendió, y el mismo Banco de Inglaterra, incapaz de devolver la confianza a los inversores, se negó a cumplir el acuerdo con la compañía, alegando que no había contrato sino borrador, y que no tenían obligación alguna en el asunto.

Así estalló una burbuja de codicia que envolvió a una nación entera. Nadie parecía extender la culpa a la credulidad y codicia de ciudadanos ordinarios que había suplantado el lugar de virtudes como la laboriosidad y el ahorro. Ellos eran las víctimas de estafadores que debían ser colgados y descuartizados: ése era el sentir popular. Se habló de castigo en el Parlamento, y Jorge I, de regreso de Hanover, apeló a la prudencia y a la constancia. Con todo, no había ley a propósito de tal situación. La comisión parlamentaria descubrió una montaña de stock inexistente, valores inflados, sobornos a personajes de las finanzas y la nobleza, libros de contabilidad alterados…

A pesar de la aparente indignación parlamentaria, Charles Stanhope, uno de los principales incriminados, fue absuelto, con el resultante descontento de la nación, especialmente por el temor de que otro encausado con mayor culpa, John Aislabie, consiguiera evitar el castigo. Sin embargo, estaba involucrado en fraude de tal forma que no se podía obviar, por lo que sirvió de chivo expiatorio. Se le expulsó del parlamento, fue aprisionado en la Torre de Londres, y se le prohibió salir del país durante un año. El veredicto fue acogido con entusiasmo por el populacho, que se agolpó en la Torre para vejarlo y arrojarle objetos, y al no conseguirlo, encendieron una hoguera y bailaron alrededor. Los ciudadanos se felicitaban y Londres parecía una fiesta. Otros encausados de menor relevancia salieron de rositas. Un crack económico absoluto fue evitado por la enorme riqueza de Gran Bretaña en el siglo XVIII y por la ayuda del gobierno para salir de la situación.

En Junio de 1720 se aprovó la Bubble Act, o Acta de Burbujas, que requería permiso parlamentario o real para el establecimiento de compañías anónimas. El acta fue anulada en 1825. Cada cierto tiempo emergen burbujas, como la burbuja inmobiliaria de Margaret Thatcher, o la simúltanea de Tony Blair y José María Aznar–los especuladores son bastante indiferentes al color de sus marionetas. Los cuentos de vacas gordas atraen a los ingenuos, que ponen sus ahorros y sus esperanzas en ladrillo, acciones o fondos de pensiones, creyendo en ganancias que no resultan del trabajo, para ser una y otra vez desplumados: en cada estafa hay dos estafadores.

Jonathan Swift, en su poema “The South Sea Project” (1720) expone tanto la astucia de los estafadores como la estupidez de los estafados.

Trescientas mil libras en stock,

tengo en vista una hacienda de lord;

¡todas mis mansiones juntas alrededor!

¡Un carruaje, y servido en plato!

Así el engañado en bancarrota delira,

Pone todo en una apuesta desesperada;

después se tira a las olas del Sur,

cabeza y orejas sumergidas–en deuda.

En su sátira, a la manera neoclásica, se alude al malaventurado vuelo de Ícaro, representando la vana ilusión de los que se prometían ganancias fáciles, y al bíblico paso del Mar Rojo, maniobra por la que los elegidos se salvan mientras el resto se ahoga. Quizás muchos de los problemas actuales se deriva de cierta actitud que no sólo espera que inventen otros, sino que también sean otros los que lean.

Originalmente publicado en GS, 13-7-2012.

Jack el Defecador

En el siglo XVIII floreció en Gran Bretaña el estilo satírico conocido como “mock-heroic” o “mock-epic”, algo así como épica burlesca, que originariamente tiene sus raices en Don Quijote. El estilo utiliza un lenguaje grandilocuente para referirse a un suceso trivial.

Un ejemplo clásico es The rape of the lock, de Alexander Pope; se pueden detectar influencias en The life and opinions of Tristram Shandy, de Laurence Sterne e incluso, en épocas como el Romanticismo, en Don Juan, de Lord Byron.

En un artículo en The Guardian, el serio periódico británico, puede leerse un ejemplo paradigmático, aunque quizás no de forma deliberada. Se titula Police hunt train defecator”, más o menos “La policía busca al que defeca en los trenes”, aunque sin duda “Defecator” aporta una sonoridad contundente, al estilo de “Terminator”.

Aquí una traducción de andar por casa:

“La policía de transportes públicos está buscando a un individuo “extremadamente antisocial” que ha estado defecando en trenes a lo largo del país, causando daños por valor de decenas de miles de libras.

El vándalo, que ataca embadurnando los vagones con excremento, aparentemente espera hasta quedarse solo antes de cometer el delito, pero los investigadores no pueden establecer ningún otro patrón en su comportamiento. La policía informa que el individuo ha ensuciado por lo menos 30 trenes desde Agosto, principalmente en el sureste.

Su sucio comportamiento ha causado un gasto de 60.000 libras en daños y facturas de limpieza; algunos de los vagones afectados tuvieron que ser retirados de servicio.

La policía de transportes públicos ha advertido hoy que el desagradable y costoso hábito del individuo también supone un riesgo para la salud pública, y facilitó imágenes de las cámaras de seguridad de un hombre al que la policía quiere interrogar en relación con la investigación

La detective Donna Fox dijo: “Este individuo ha atacado al menos 30 trenes desde Agosto, provocando gastos por daños y limpieza de aproximadamente 60.000 libras, con el resultado de que muchos vagones han tenido que ser retirados de servicio, provocando retrasos y cancelaciones en el servicio y serias molestias al público viajero”.

“Es obviamente un asunto muy serio de salud pública además de ser extremadamente antisocial. Necesitamos localizar a este individuo lo antes posible”.

La detective añadió: “No hay un patrón discernible de cuando aparece. Viaja a lugares diferentes, en diferentes horas del día, y en diferentes días de la semana, y básicamente espera hasta estar solo en alguna parte del vagón antes de cometer su delito”.

“Hemos estado observando imágenes de las cámaras de seguridad para intentar identificar al individuo y tenemos esperanzas de que algún miembro del público pueda conocer a este individuo, y, lo más importante, saber donde vive”.

“Al menos en una ocasión las imágenes de las cámaras muestran al individuo alterado por un pasajero que pasaba por el vagón. Pedimos a este señor o cualquier otro que pueda haber sido testigo de los actos de este individuo que se ponga en contacto con nosotros”.

“Si alguien ve a este individuo viajando en ferrocarril, no debe aproximarse a él, sino llamar a la policía o alertar a los empleados del servicio ferroviario inmediatamente”.

Cualquier persona que tenga información debe llamar a la policía de transportes públicos en el 020 7391 5275.”

Tras una operación que duró cerca de un año, se consiguió arrestar al criminal, un tal Bonney Eberendu, sin domicilio fijo, que “defecaba en los trenes para purgarse de las voces que le llamaban a apuñalar a mujeres y niños” según explicó al tribunal que lo juzgó y ordenó su ingreso en un manicomio. El juez, Christopher Elwen, dijo que sus crímenes eran “repulsivos” y que Eberendu era un “peligro público”.

La detective Donna Fox, que llevó el caso, manifestó: “ha sido un caso inusual que sólo ha podido ser resuelto gracias a la información proporcionada por el público”.

Gracias a hombres y mujeres como la detective Fox, Inglaterra puede respirar tranquila.

Originalmente publicado en GS.

El santoral

Los protestantes achacaron bastantes culpas a la Iglesia Católica, entre ellas, la riqueza, el boato, y la idolatría a un sin número de santos, interpretada como una expresión de paganismo. Esos santos no estaban en la Biblia, autoridad suprema para los protestantes, y para ellos no tenían validez alguna. Por supuesto, el protestantismo a su vez evolucionó en una idolatría de la letra de la Biblia, que no del espíritu, que “legitimó” actuaciones tan lamentables, y tan tardías, como la segregación en los Estados Unidos o el apartheid en Sudáfrica. La Contrarreforma supuso, lejos de cambiar la línea del catolicismo, santificar y beatificar a muchos más mártires y milagreros. El catálogo católico está repleto de nombres y hechos que le dan mil vueltas a los cómics de la Marvel.

¿Qué decir de mártires como Santa Bárbara, cuyo mismísimo padre, Dióscoro, permitió que le cortaran la cabeza por su negativa a casarse con infiel, y en retribución divina, fue fulminado por un rayo, por lo que ahora es invocada cuando hay tormenta, y es la patrona de ingenieros y artificieros? ¿O de San Lorenzo, patrón de cocineros, que fue martirizado en la parrilla, pidiendo él mismo ser dado la vuelta para cocinarse por el otro lado? El santoral está repleto de nombres de curiosa sonoridad (Nicanor, Nicasio, Atanasio, Cirilo, Metodio, Cosme…) que aunque no son demasiado exóticos en paises cristianos han pasado de moda progresivamente. Santos que fueron quemados, acuchillados, despedazados, decapitados. También los hubo que simplemente fueron eficientes en su labor intelectual o burocrática, para mayor gloria de la iglesia, como San Isidoro o San Gregorio Magno. Otros dedicaron su vida al trabajo físico, como San Fiacre, pluriempleado patrón de los jardineros y taxistas, al que también se invoca para alivio de hemorroides y enfermedades de transmisión sexual. La hagiografía fue uno de los géneros más prolíficos de la Europa cristiana.

Por supuesto, no es sólo la iglesia la que santifica a sus devotos hijos. Hay quien tiene en su casa un azulejo de Jesús del Gran Poder o la Esperanza de Triana, o quien tiene un póster del Che Guevara. Poco importa que el Che, que cargaba fusil en vez de cruz, fuera un racista que menospreciara a los mismos a los que pretendía que iba a liberar. El Che, para tantos, es un santo de la iglesia “revolucionaria” como lo es San Federico García Lorca: la tendencia a la idolatría es común a creyente y ateo. El terrorista venezolano Carlos fue etiquetado como Ilich, y dos hermanos suyos, como Vladimir y Lenin. Oscar Wilde dijo que el Peerage (el libro de genealogía de la aristocracia británica) era lo mejor que los ingleses habían escrito en ficción, y no parecía estar muy descaminado. En España, el monarca da títulos a diestra y siniestra; tener un apellido tan común como Suárez no es impedimento para ser ennoblecido, y los dos primeros títulos que concedió el más campechano de los monarcas fueron para la viuda y la hija de Franco. También en España, mientras los curas muertos durante la guerra civil son beatificados a granel por la iglesia, el último gobierno del PSOE quiso desenterrar mártires de cuneta. Los santos de la guerra civil tienen color sepia con destellos de caspa, y la lectura de sus hechos no consigue emular las fantásticas narraciones medievales.

Sus nombres tampoco tienen impacto en las nuevas generaciones. Pocos, en la actualidad, bautizan a sus hijos con nombres como Anastasio, Hipólito o Matilde. Tampoco quedan muchos de esos Libertad que se dieron al principio de la Transición. Subsisten los clásicos Manuel, José, Antonio o Carlos, y aparecen los Jonathan, las Jessicas, las Vanessas: la televisión (especialmente el culebrón) es la inspiración de muchos hogares. Incluso parece haber llegado a la familia real, donde ya hay una Letizia. Sin embargo, la creatividad onomástica en España no ha llegado a los niveles de la América latina, donde existen combinaciones verdaderamente originales de nombres y apellidos ingleses, españoles e indígenas, reflejando lo autóctono y las sucesivas colonizaciones. Y, al igual que existen dos Españas, hay también allí frecuentes ecos de la Guerra Fría. Facebook es un catálogo de nombres de lo más original: Yovani Quezada, Gary Joel Robladillo, Brod Pitt Ybanez, Percy Ludeña, Anzony García, Jimmy Stalin García, Nixon Díaz…

La iglesia se está quedando atrás, y el santoral no se está renovando, aparte de esos santos de la guerra civil que aburren por lo poco novedoso de sus nombres e historias. Igual que hubo iconos como San Martín de Porres, el santo negro de Perú, o San Pablo Miki, martirizado en Japón, se deberían promover santos populares y multiétnicos, acordes con los tiempos, para inspiración de las nuevas generaciones. La juventud necesita de una Santa Tamara del Polígono, siguiendo la senda de Santa Inés y Santa María Goretti, negándose a entregar su virtud a unos canis borrachos en la Semana Santa, gritando “Macarena wapa wapa wapa” antes de morir acuchillada, e inspirando con su ejemplo a la conversión de sus torturadores. Se necesita a un San Brayan de Torreblanca, alistado en la Legión, convirtiendo al catolicismo a una multitud de talibanes en Afganistán con su humilde presencia y santa palabra. Se necesita a un San Wilson de Alcorcón, antiguo latin king que un día fue descabalgado de su moto y empezó una nueva vida predicando a sus antiguos compinches.

Todas esas maravillosas historias, reales como la vida misma, no están recibiendo publicidad, y el mundo necesita de ejemplo.

Originalmente publicado en GS, 26-9-2011.

Joyce, Beckett y el Agujetas de Jerez

En su Colección de cantes flamencos de 1881, Antonio Machado y Álvarez exalta el valor de la creación poética popular y le otorga un rango superior al de muchos autores que en su empeño por ser originales crean obras huecas.

Fulano, don Fulano, el señor don Fulano y la Excelentísima señora doña Mengana, el Ilustrísimo señor don Zutanejo y la Eminentísima señora doña Perenceja, quizás criada de servicio la una y aprendiz de barbero el otro, son más de una vez los respetabílisimos autores y autoras de las coplas de este libro; coplas que no conseguirían mejorar, ni aun sudando el quilo, los que, al escribir versos y figurándose estar haciendo embuchados para la venta, estiran, estiran, estiran y rellenan, rellenan, rellenan sus composiciones poéticas, olvidándose del precepto de que la mejor poesía es la que dice más en menos palabras, y ni más ni menos que si intentasen parodiar al chacinero que aspira a vender como carne lo que son piltrafas.

Machado, miembro de honor de la Sociedad Filológica de Londres, fue el padre de dos poetas de cierta nota, y seguramente les dio más de una valiosa lección para entender su oficio: la literatura procede primordialmente de la experiencia vital.

La falta de ripio es una de las verdaderas notas características de la poesía popular: el ripio es un primor que el pueblo desconoce: en tesis general, puede asegurarse que copla, soleá, o seguidilla que tenga ripio, no la ha hecho el pueblo; ningún Juan Sánchez ni Dolores Fernández, ningún Zutanillo ni Menganilla alguna, dicen cantando lo que no es necesario para la expresión de sus sencillos sentimientos: cuando les duele se quejan, y cuando se alegran se ríen, sin meterse jamás a esmaltar sus risas o sus lágrimas con adornos postizos.

Las coplas de su colección, en la que se recoge lo ordinario y lo sublime, proporcionan una gama de sentimientos y reflexiones nacidas de experiencias personales que en muchas ocasiones, sin pretenderlo, originan aforismos de validez universal.

SOLEARES

A serbir al rey me boy,
y er biento que da en tu puerta
son los suspiros que doy.

Anda a la ilesia y confiesa;
que te quiten los muñecos
que tienes en la cabesa.

Le ijo er Tiempo ar queré:
esa soberbia que tienes
yo te la castigaré.

Que conbenga o no conbenga,
el hombre para queré
no ha de tené mala lengua.

Si es que usté escribe, yo no;
lo que s’escribe quea siempre,
y lo que se jabla no.

Er que no tiene parné,
jasta las pícaras moscas
se quieren jiñar en él.

COPLAS

Más mata una lengua
que las manos der berdugo;
que el berdugo mata a un hombre;
una mala lengua mata a muchos.

Si oyes doblá las campanas
no preguntes quién ha muerto,
qu’a ti te lo ha e desí
tu propio remordimiento.

Pensamiento, ¿aónde me yebas,
que no te pueo seguí?
No me metas en paraje
donde no puea salí.

Er libro de la esperensia
no le sirbe al hombre e ná;
¡tiene ar finá la sentensia;
y nadie yega ar finá!

Ae barquiyo qu’en er mar
está pegando baibenes,
tengo yo comparaíta
la boluntá que me tienes.

En argún tiempo era yo
de tus paeres simiento,
y ahora soy un esconchao
que se cae con er biento.

CANTARES

Anda diciendo tu madre
de mi honra no sé qué:
¿Para qué enturbiar el agua
si la tiene que beber?

En la puerta del presidio
hay escrito con carbón:
“Aquí el bueno se hace malo,
y el malo se hace peor”.

Los ojos de la viuda
van diciendo por la calle:
“esta habitación se alquila,
porque no la habita nadie”.

Un viejo recién casado
guardaba mucho su viña,
y se halló con el rebusco
cuando fue a hacer la vendimia.

La imagen del viejo recién casado puede remitir a Chaucer; la del escrito en la puerta del presidio a Dostoievski; la de las campanas que doblan a muerto, a John Donne, y la del barco dando vaivenes, a la Biblia –en este caso a Santiago 1:6- y en muchísimas otras coplas a los libros de Eclesiastés, Proverbios, Job, o Cantares. El anónimo autor de estas coplas es, probablemente, analfabeto, y jamás salió de su pueblo excepto para cumplir el servicio militar, pero al expresar sus penas y alegrías consigue conectar con una inteligencia universal. Machado transcribe las coplas con una grafía más o menos fonética, y recuerda que su verdadero impacto se produce al ser escuchadas:

Las coplas populares no están hechas para venderse, ni aun para escribirse; por tanto, es imposible juzgarlas bien no oyéndolas cantar, toda vez que no sólo la música, sino el tono emocional, les da una significación, una expresión y un alcance que meramente escritas no pueden tener.

Simplemente al leer los cantes, que están clasificados por palo, se adquiere cierto sentido del ritmo, que obviamente se acentúa al ser escuchados y cantados. Para el poeta popular componer en soleá o fandango, de oído, es natural: es lo natural. Es una poesía verdadera, que contrasta extraordinariamente con la de un “poeta” celtibérico componiendo haikus, o con la de tantísimos que escriben prosa cortada con tijeras, tan llena de pretenciosidad como carente de ritmo y belleza.

Manuel de los Santos Pastor, el Agujetas de Jerez, retratado en un documental de Dominique Abel, es un cantaor a la antigua, de la fragua, sin papeles, que no sabe a ciencia cierta si ha nacido en Rota o en Jerez, con una herencia artística que se remonta al menos a su bisabuelo. Es un cantaor descrito por sus allegados como raro, desconfiado, una especie de anarquista que no quiere saber nada de la sociedad. Lo que más valora es su libertad:

No había ningun artista… eran los verdaderos artistas, pero no habia artistas porque eran cantaores de los señoritos… ¿entiendes? No estuve metido en fiestas de esas así, porque creo que iba a escapar mal… pos yo he visto una vez una fiesta aquí el Borrico viejo cantarle a un señorito… llamar el señorito: “¡canta!”… el Borrico ha ido a cantar, abre la boca, llega el señorito y le tapa la boca: “¡asín no!”… a mi me tapa la boca el señorito y le pego al señorito, a la madre, a la tia y a la sobrina… y por eso a mí no me ha caído esa papeleta… gracias a Dios… yo nací libre y sigo siendo libre.

Aunque alejado del mundillo, su arte es apreciado en todo el mundo, pasa largas temporadas en Estados Unidos, y se casa con una japonesa, Ikeda Kanako, que es ahora bailaora flamenca:

Como yo soy un hombre libre, pos yo me caso con quien me gusta, por lo tanto, mi mujer es japonesa… me la traje pa’cá de Japón… digo esta japonesa es la mía… el amor no tiene idioma, el amor no tiene na’ más que quererse… yo he enseñado a Kanako a mi mujer a bailar por soleá como se baila… y no hay ninguna gitana ni una gachí que baile igual… los harán todas iguales, pero ésta es diferente.

Agujetas es también descrito como un cantaor en estado puro, salvaje, sin concesiones. Fue muy notoria su afirmación de que el Camarón “cantaba como un perro”, y tiene teorías bastante definidas sobre lo que es el verdadero cante:

Yo no sé leer, escribir, ni nada de eso; además, no fui a la escuela nunca… yo me acuerdo me parece que fue una vez cuando me pusieron a hacer los números por la pizarra… lo tiré y salí volando, y ya no fui más… hombre, las letras las hago yo: la pongo en la cabeza, con una vez que la repase, ya no se borra de la cabeza… tendrá 5 o 6 días de letras… una persona si sabe leer y escribir no puede cantar flamenco tampoco, porque ya pierde el saber pronunciar.

Hay que nacer cantaor, sino las letras las puedes tirar… las letras las hace la vida… las personas van viviendo su vida, asi se van haciendo las letras… a las fatigas que uno pase… el que mejor canta es el que más fatigas ha pasado… el que no ha pasado fatiga no puede saber cantar… ésa es la vida.

Su vida y su arte son la misma cosa, y por dedicación y perfeccionismo desdeña lo hecho por él mismo en el pasado. Cuando se le enseña una antigua actuación suya en televisión, reacciona así:

Lo que yo canto no lo miro en mi vida, yo no cojo periodicos en mi vida, de nadie, lo sabes tú, me da igual que pongan ése en el periódico como si ponen… me da iguá… yo no me miro nunca, ni me escucho… pero ahora, un cantaor no se hace hasta los 75 o los 78 años pa’rriba… no hay cantaores… eso está cantao a lo bruto… eso hace 18 años… 18 años… salvaje… hoy tengo más fuerza que cuando 20 años… todo el hombre que tenga 20 años es una mierda… ir a correr, to’ a lo loco, comiéndome el mundo, y no se puede uno comerse el mundo, hay que comerse medio mundo, más parao, y más paraíto se come uno seis mundos… ahora se canta diez veces mejor… eso está pa’ cumplir pa’ la gente… para mí no, para los que no saben sí.

Tal dedicación tiene algo de misticismo, y la contemplación de la divinidad de la naturaleza es consecuencia del desapego de lo material, de la purga de los sentidos y de la mente de todo lo impuro, de la concentración absoluta en la propia meditación. El místico llega a la experiencia contemplativa condicionado por sus propios sentidos, formación y temperamento: para algunos santos, la experiencia fue fundamentalmente visual, para otros musical, y para otros intelectual.

James Joyce, escritor irlandés, era católico, culterano, de visión deficiente y buen oído, muy aficionado a la música. En El retrato del artista adolescente su personaje Stephen Dedalus describió la epifanía como “la revelación de la entidad de una cosa, el momento en el que el alma del objeto más común nos parece radiante”, y en Ulises el material del escritor está basado en la calle, en la taberna, en el idioma común de personajes comunes.

Samuel Beckett, su discípulo, era también irlandés, pero protestante, conceptista, aficionado a la pintura, y con una prosa de escaso coloquialismo: terminó por escribir en francés. En su ensayo Proust, describe la experiencia artística como:

Cuando el objeto es percibido como particular y único, cuando aparece independiente de cualquier noción general y separada de la cordura de una causa, aislado e inexplicable en la luz de la ignorancia; entonces y sólo entonces puede ser una fuente de encantamiento. Desafortunadamente el Hábito ha impuesto su veto sobre esta forma de percepción.

En el mismo ensayo, Beckett también habló del sufrimiento vital como la principal condición de la experiencia artística, y en un pasaje muy significativo expone su concepto de la memoria involuntaria, opuesta a la memoria ordinaria y al hábito, que han deformado la realidad:

No hay escapatoria del pasado porque el pasado nos ha deformado, o ha sido deformado por nosotros… la memoria involuntaria es explosiva, una deflagración inmediata, total y deliciosa.

Tal concepción parece derivada de Ulises, donde se reflexiona sobre la voluntad y su efecto adormecedor sobre los pecados:

Hay pecados o -llamémoslos como el mundo los llama- malas memorias que están escondidas por el hombre en los lugares más oscuros del corazón, pero que allí habitan y esperan. El hombre puede hacer que su memoria se vaya apagando, hacer como si no existieran… sin embargo, una palabra casual las devolverá y se levantarán para confrontarlo en las circunstancias más variadas.

Para Manuel de los Santos Pastor, el Agujetas de Jerez, la vida es un ejercicio a tiempo completo de composición de cantes, y los cantes están en su cabeza, aunque no siempre a mano:

Durmiendo, se estudia el cante… es igual que escuchar un disco, pa’ escuchar un disco se cierran los ojos y se escucha el disco, con los ojos abiertos no se puede escuchar nada… hay que estar concentrado en los que estás escuchando… todas las mañanas me duele la cabeza… porque todos los días paso las letras… me enjuago la cara me se quita el dolor de cabeza… porque todas las noches enciendo el cante… y a lo mejor a los seis meses me se viene una letra que la estoy buscando hace 10 años… la estoy buscando yo en casa comiendo… una letra que yo tenía y no me acuerdo… y paso y un día montando la moto se viene … ¡eh! ¡eh! llegó, y llegó la letra, que estaba por aquí… dándole vueltas hasta encontrarla… pero para eso hay que vivir del cante, ¿comprendes? y ser enamorado del cante.

Originalmente publicado en GS, 10-7-2012.

Los sibaritas de los vinos

En El traje nuevo del emperador, dos estafadores fabrican -en el sentido anglosajón del término- un tejido que es invisible a los necios: todo un clásico sobre la naturaleza humana que sigue teniendo plena validez. Y qué mejor ejemplo que el de los críticos de vinos y su absurda palabrería para justificar el no menos absurdo precio de tantos vinos, para que el snob se sienta sibarita, superior al currante que se coloca con un vino de mesa. Aparte de las obvias diferencias de niveles de calidad entre un vino peleón, uno digno, y uno especial, hay supuestas complejidades de sabor que existen sólo en la imaginación de un colectivo de granujas a sueldo, y pagar ciertos precios es sinónimo de necedad machadiana.

Algún ejemplo de la prosa del género, de Mundovino, el suplemento de El Mundo para cándidos “enólogos”:

El Pierre Moncuit Millésime 2004 es un champán maduro que presenta un color dorado pálido, con finas y abundantes burbujas. En él se encuentra todo el potencial característico del vino de Le Mesnil, mostrándose fresco, elegante y con una gran profundidad, pudiéndose percibir notas de frutas blancas frescas, cítricos, recuerdos florales, así como notas de tostados y ”brioche”. En boca destaca una acidez poderosa y su paso por boca es cremoso y untuoso.

Todo un portento: un champán que sabe a brioche, y además a frutas, y a flores y a “tostados” sin especificar. La uva como caleidoscópica creadora de sabores variopintos. El mundo en su copa. Se ha pasado de Marcelino pan y vino a Borja champán y brioche. El milagro de la modernidad.

Otro ejemplo, esta vez de Mundovino.net:

Vino de color rojo picota intenso, brillante, intensidad alta, lágrima tintada, densa y viva. Presenta una nariz compleja, con una explosion de aromas donde destacan aromas a frutas rojas (frambuesas) y notas florales (violeta, jazmín) fondo con toques ahumados, balsámicos, tostados y minerales. En boca posee gran cuerpo, es muy goloso, equilibrio de la madera y fruta, posee un retrogusto largo y persistente con recuerdos a ahumados, a tabaco y minerales.

Otra maravilla: un vino que sabe a tabaco, como si alguien hubiera dejado caer una colilla en la copa, además de las consabidas “notas” frutales y florales, y unos toques ahumados, tostados y minerales que podría sugerir un proceso tan ajeno al vinícola como la torrefacción.

No cabe duda que la ingesta de alcohol puede contribuir notablemente a la imaginación del “crítico”, y en algunos casos parecería que se ha incrementado mediante la adición de alguna droga psicotrópica. En Retorno al pasado: la cata de los 13.500 euros dos entusiastas intercambian impresiones de forma amanerada:

un blanc de blancs mágico de Epernay, un champagne decadente -¬¿no lo son todos?- profundo y añejo, con notas de barnices, ámbar, pasado y atardeceres compartidos.

El Domaine Huet Le Haut Lieu 1955 tenía armonía, pausa, sonidos elegantes y complejos -jazz, vinos-; flores secas, mieles, membrillo, hojaldre, brioche salino.

Château D´Yquem del 53, el caldo de reyes, el vino de «una copa por cepa», el ídolo, el misterio botritizado de Sauternes, la lujuria vestida de flores blancas, de brioche y albaricoques, lágrimas que bailan sobre el cristal, perfumando cada rincón y cada sombra con sus notas de vainilla, azafrán y crema tostada

Petrus es fuego, trufas negras y la fuerza serena de quien sólo sabe besar mordiendo, como aquel Jake La Motta de Toro Salvaje.

un cabernet sauvignon elegante, profundo y masculino, un vino franco e impetuoso que nos recordó caricias y abrazos tostados, aliento a terciopelo, pimienta negra, tabaco y cuero añejo.

¿Pimienta negra, tabaco, cuero añejo? ¿Besar mordiendo como Jake la Motta? Se podría pensar que un amateur que describiera así a un vino estaría rememorando el beso de un camionero en una romántica noche manchega en la nacional IV. Y si un vino tuviera notas de barniz, cabría sospechar un fraude industrial de los que supone la pena de muerte en China.

¿Realmente hay gente tan estúpida que pueda creer semejante colección de trolas? De beber un vino que realmente supiera a toda esa puta mierda, se podría comprender que una persona cabal le estampara la botella en la cabeza al camarero que se la sirvió. En el caso de que el vino tenga “notas” exóticas, sería más probable que se debiera a la presencia de orina de tonelero, o de heces de moscas, o de sus cadáveres. Y toneleros ya quedan pocos: casi todo viene de cuba industrial. Luego el consumidor medio pasea por la sección de vinos de los supermercados, mirando botellas extasiado como miraba extasiado las chucherías del quiosco en su infancia, tan acicaladas de colores etiquetas como envoltorios, anticipando el colocón con la cena, su mediocre y cotidiano paraíso artificial, dudando si pillar un Castillo de Montemojinos Reserva 2007 o un Marqués de Marmolejo Reserva 2008.

Pobres incautos, si las “bodegas” fueran veraces a la hora de denominar sus productos, estos tendrían nombres como Polígono Industrial Valdemoñas Granel 2010 o Etílica del Noreste Garrafón Mixto 2008-10. El currante medio europeo meditará con cuidado su compra (“hay tanto donde elegir”), esperando encontrar la mejor relación calidad-precio; su vista navegará por etiquetas sugerentes de valles idílicos, y en casi todos los casos se decantará por una oferta, que consiste en una dosis casi exactamente igual de alcohol etílico y sulfitos, cuyo precio es del doble por su categoría, pero que está rebajado a la mitad, en estudiada rotación. El sistema rara vez falla. El mismo proceso, pero extrapolado del segmento de 5 euros por botella al de 25, y un sibarita marchará contento a su casa, sintiéndose un privilegiado.

Originalmente publicado en GS, 1-8-2012.

El mundillo

El que no tiene padrino no se bautiza, según el viejo dicho: el talento necesita ser reconocido, protegido y encumbrado. Conseguir un enchufe puede ser consecuencia de poseer verdadero talento, o de pertenecer a un entorno privilegiado, o de tener la suficiente ambición y astucia. Eventualmente, incluso el que consigue la ayuda del poderoso no conseguirá la confirmación a menos de tener valía, y el implacable tiempo, fuego natural, separará la escoria del oro.

Puede existir la expectativa de que cantante o escritor famoso transmitirá su talento a su descendencia, pero en la mayoría de los casos no toca la lotería genética, seguramente porque el éxito del progenitor ha creado condiciones ambientales muy diferentes para sus retoños. Las relativas excepciones son el mundo del flamenco y el del toreo, donde muchas veces se transmite un modo de vida. El que pertenece a una familia privilegiada puede contar con toda la ayuda del mundo, pero a pesar de una educación refinada y una abundancia de contactos y de dinero, la mayoría de los duquesitos de Algo acaban por diseñar ropas o joyas o hacer pintura naif, o montan una editorial o galería de arte, cuando no se sienten creativos pero también están aburridos. A pesar de toda la exposición mediática que se pueda desear, su contribución no suele ser perdurable.

A veces el plebeyo entra en una dinastía por una ambición debidamente encauzada por via vaginal, anal y/o bucal: es el cuento de hadas en el que una starlette se convierte en baronesa. De tener el interés por la decoración del nuevo rico a entrar en la promoción de iconos culturales sólo hay un paso, mientras haya suficiente dinero, pero el fetichismo de objetos artísticos con precio exclusivo normalmente no aporta nada valioso a la historia del arte.

Mucho más difícil lo tiene, tanto para la inmortalidad artística como para el día a día existencial, la persona de talento mediocre que no tiene relación con los poderosos. Lo intenta y lo intenta, se quiere convencer a sí mismo de que lo único que le falta para triunfar es una oportunidad, un contacto, y pierde mucho más tiempo buscando el enchufe que creando sus microrrelatos, o sus haikus, o su novela en clave de Bukowski ambientada en Lavapiés. Incluso si hace mucho ruido, su presencia es desdeñada con prontitud, como la del espontáneo que salta a la plaza.

El aspirante a famoso, en el que se suele combinar una sensibilidad artística impuesta por una educación pequeño-burguesa y una aversión total por el trabajo, y especialmente el físico, no tarda en conectar con almas afines, y el entendimiento entre ellas es superficialmente absoluto: todos creen haber encontrado a alguien que reconoce su genialidad. Es cuestión de etiqueta y pragmatismo reconocer la genialidad del otro, así que la solidaridad de los artistillas está asegurada. Se ayudarán de toda manera posible, mientras esperan el golpe de fortuna que les permita subir a otra división y descartar a rivales o mantener a lacayos. Su rutina es recomendarse, reseñarse, retuitearse; entrevistarse en blogs, podcasts, radios locales o fanzines; compartir contactos, hacer propuestas de proyectos comunes, y cualquier forma de auto-bombo.

-Oye, podríamos hacer un crowdfunding para editar un libro de fotos de Malasaña.

-Tú y yo deberíamos hacer una historia de las series de humor inglesas.

-Voy a editar un e-book con todos tus entradas en el Foronardo.

-Sabes, conozco a un cámara que trabaja en la Sexta y toma cubatas con Jordi Evolé.

-No se pierdan mi último post en mi blog.

-Genial tu entrevista en el blog de Manu.

-¡Me ha retuiteado Buenagente!

Hay tantas camarillas de aspirantes a famoso como bares, actividad en la que España es una potencia mundial, y normalmente están formadas en torno a alguien relativamente famoso, aunque no tanto como para desdeñar totalmente la interacción con sus súbditos. Abundan especialmente los séquitos de periodistas, monologuistas más o menos cómicos, y ese tipo de escritor que ocupa casi todo su tiempo con la actualidad política. Aportan a diario, esperando una palmadita en la chepa de un Arcadi Espada, un Enrique Dans, un Nacho Vigalondo, una Luna Miguel, un Rafa Reig.

Tal actividad es normalmente inútil, una especie de charla ociosa entre Vladimir y Estragon mientras se espera a Godot. En la obra de Beckett no importa tanto la eventual llegada como la futilidad de la existencia de los dos desgraciados. Toda una advertencia para los que no ponen su energía en la creación sino en el reconocimiento, y al hacerlo, a veces, pueden perder la dignidad tanto como el tiempo.

Originalmente publicado en GS, 11-7-2012.