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Nacionalismo

Estar orgulloso o avergonzado del lugar de origen son dos distorsiones muy comunes de la autoestima del individuo, que debería encontrar satisfacción en los logros personales y no en un accidente en el que no tuvo protagonismo. El vacío de la persona es anestesiado con un sentimiento gregario, una transferencia de la responsabilidad individual por conseguir la felicidad, que es un derecho de nacimiento universal. La naturaleza humana es igual en todas partes, y es el viento cambiante de la economía y su relato mediático el que más influye en el temperamento del que identifica su persona con su país. Al igual que la presunción y la desesperanza agustiniana, los complejos de superioridad e inferioridad nacionalistas son dos manifestaciones de fragilidad, y no es coincidencia la ciclotimia de una sociedad que en una misma generación saca pecho presumiendo de su rango en el mundo para luego lamentarse como el borracho tan desquiciado por el fracaso como por el vino. El orgullo precede a la caída; la humildad crea grandeza, y la grandeza orgullo.

Como en una relación sadomasoquista, el participante suele compartir rasgos de los dos extremos, aunque generalmente predomina un rol dependiendo de la situación económica y el propio temperamento. Cuando la economía va bien, suele predominar el orgullo por pertenecer a un país, aunque difuminado; más un pensamiento placentero como adorno de una concepción lúdica de la existencia que como motivo de ella. Cuando la economía va mal, tanto orgullo como vergüenza son amplificados, y se perciben como el motivo principal de la miseria. El orgulloso achaca el fracaso a falta de patriotismo, pero se afianza en su orgullo, en su nostalgia del glorioso pasado, en cada pequeño logro actual, aunque sea meramente deportivo. Mantiene su esperanza inalterable en tiempos mejores, normalmente esperando que llegue la hora de un caudillo redentor y patriótico como a otro le da por esperar a Godot.  El avergonzado suele envidiar, con ingenuidad, a otros países con mayor nivel de bienestar aparente, y si tiene alguna esperanza es en la emancipación de su región -para lo que hace falta también otro caudillo- como liberación del centralismo, que piensa que a la vez lo asimilará al nivel de esos países de mayor poderío económico. Ni que decir tiene que, a ciertos niveles de malestar económico, el debate entre los desgraciados que achacan el resultado de su vida a la cantidad de maná político es ciertamente una dialéctica tan grotesca como una sesión sadomasoquista, que no es sino una farsa para entretener la impotencia. Nadie es profeta en su tierra, pero otra cosa es ser tertuliano.

En el intercambio de insultos resultante, hay uno siempre compartido. “¡Nacionalista tú!”. Las regiones en las que existe deseo de secesión son nacionalistas, y el gobierno central es nacionalista. Ceñudos comentaristas de cierta prensa nacional teorizan sobre la regresión que supone el nacionalismo de las regiones secesionistas como un fenómeno decimonónico, aunque en aquellos tiempos fuera una fuerza integradora de territorios más pequeños, y obvian el nacionalismo propio, dando por supuesta, como derecho natural, la hegemonía del propio territorio. Ceñudos comentaristas de cierta prensa regional achacan a esa nacionalismo hegemónico la falta de desarrollo de su región, aunque paradójicamente les proporcionara el bienestar en la época en que, como poder imperial, había para todos, y como poder de medio pelo las beneficiara para anestesiar el sentimiento separatista.  Hay otro insulto compartido (“¡insolidario!”) que es lamentablemente cierto. No existen modales de mesa y mantel cuando las hienas y los buitres se disputan un cadáver, o cuando los hidalgos se reparten una herencia. Y así los unos y los otros, la familia que robaba unida se descompone cuando no hay botín suficiente.

Por supuesto, la composición futura de la península Ibérica está por ver. Es axiomático que siempre que hay una desintegración de un país hay intereses extranjeros promoviendo la debilitación del rival. Aunque España no sea ni mucho menos un actor principal a nivel global, su idioma es el segundo más hablado del mundo, las perspectivas de crecimiento de Iberoamérica son notables, y los ciclos cambian cuando menos se espera. Los idiomas regionales no son una amenaza para nadie, más bien la garantía de sumisión a otros poderes. Por otra parte, es paradójico que quienes hacen del español el mayor de sus argumentos de importancia en el mundo no tengan inconvenientes en someterse a poderes foráneos, a la vez que denuestan como provincianos los idiomas y dialectos regionales, con la chulería del cateto capitalino.

Sea cual sea la forma en que la península se estructure en el futuro, es bastante importante que el debate se conduzca con educación, con respeto mutuo, sin aspavientos. Igual que no hay libros buenos o malos, sino bien o mal escritos, lo último que debe perderse es las formas. Los constantes insultos no hacen sino exacerbar las posiciones contrarias y menoscabar la dignidad propia. Está por ver como le iría a la península si estuviera descompuesta en regiones periféricas con Castilla en medio, una meseta interior aislada como Mongolia: seguramente una potencia mundial en castillos y molinos de viento, pero poco más. Con un idioma del que no sería el foco, que ha pasado a América. Probablemente en tal situación a las regiones más grandes, con más recursos y mejores accesos la cosa le iría algo mejor que a otras, pero es dudoso que la desintegración de por sí supusiera mayor bienestar; sería ingenuo pensar que la emancipación del poder central fuera a producir un überciutadà o un überherritarra  productivo, creativo y responsable como por acto de magia, disfrutando del poder económico de sus exportaciones de vinos y quesos –“¡los mejores del mundo!”– sin corrupción, prostitución, drogadicción ni telebasura, en completa igualdad social, feliz en su nueva Arcadia. Nunca se sabe, pero es poco probable. De momento, en cualquier caso, España es una comunidad de vecinos en lo universal.

La familia

El blanco y negro del cine clásico americano de gangsters tiene cierta correspondencia con la ideología transmitida en la mayoría de sus películas: la policía es el bien, el hampa es el mal, y el mal nunca triunfa. Era necesario asegurar al público de que por más poder que tuviera el crimen organizado y tentador fuera el estilo de vida del mafioso, en última instancia la ley se cumple inexorablemente, en último acto de la vieja historia de la venta del alma al diablo. El cine negro, como el western, remitía a los morality plays o autos sacramentales. El ritmo narrativo era muy adecuado para el cine de acción, y sin capacidad ni necesidad para efectos especiales, sexo explícito o violencia gráfica, el género legó una cantidad considerable de obras maestras. Scarface, de Howard Hawks (1932), es una de ellas. Scarface, de Brian de Palma (1983), es un producto netamente inferior, un pastiche aliñado con propaganda anti-cubana, de casi el doble de duración que el original -de 93 a 170 minutos- en el que el personaje de Al Pacino es un triste remedo del protagonizado por Paul Muni, y no sólo por su ridícula dicción en español y escasa presencia física.

Tras el hito de El Padrino, su gran cantidad de imitaciones relativiza la moralidad y se recrea en el costumbrismo, en un proceso también experimentado por el western, y el cine policial americano se hace folklórico, con cuellos de camisa como picos de pelícano a modo de traje de bandolero. El Cansino de Scorsese es quizás la cumbre coronada de caspa de tal cinematografía. En la televisión, el proceso es llevado a extremos realmente grotescos, y las series de culto de modernillo como Los SopranoBreaking Bad o Dexter se instalan sin mucho disimulo en el formato culebrón, con desarrollos argumentales que son verdaderos insultos a la inteligencia. Como en toda telenovela, la relación del protagonista con su amante, familia y allegados es el ingrediente principal del guiso, esencialmente el mismo pero presentado en distintos sabores: Nueva Jersey, Albuquerque, Miami. Se pretende crear personajes “complejos” que son empujados al crimen fundamentalmente por amor a la familia. Tony Soprano es el clásico criminal italoamericano, violento e infiel pero protector de la familia ante todo. Walter White se dispone a envenenar a cuanto adicto pueda porque tiene cáncer y quiere proteger a su familia. Dexter Morgan canaliza su instinto asesino, presentado absurdamente de forma determinista  (“vio a su madre asesinada; la vida lo hizo así”) con el código/misión que le transmite su padre policía para hacer el “bien” ejecutando malos, en vez de llevarlos a la justicia, y ante todo protege a hermana e hijo.

El espectador puede congeniar con tales personajes porque identificándose con ellos puede satisfacer, como voyeur, su deseo de placer ilícito al tiempo que disponer de una justificación moral. Tony, Walter y Dexter tienen vidas excitantes. Roban, matan y fornican, pero porque tienen que hacerlo. Vidas épicas: poco que ver con el tedio de un empleaducho cualquiera. Y después de todo, los hay mucho más malos. Existen pedófilos, y terroristas, y homófobos, los nuevos monstruos del mal, a los que sí hay que clavar una estaca en el pecho. Además, viven en Estados Unidos de América, ese territorio mitológico para el españolito acomplejado con pantalla de televisión a modo de lentes, ese desgraciado que piensa que sería feliz conduciendo por la ruta 66 en vez de la Nacional III. Los culebrones policiales devuelven el protagonismo al blanco, con el mínimo añadido indispensable de personajes étnicos, enfatizando una correlación con la Pax Americana en el globo: sí, bombardeamos, pero es para que tú, súbdito nuestro, estés protegido, tengas trabajo, casa y coche. Si esos tipos amarronados pudieran, no podrías pagar la gasolina. Y además tratan fatal a las mujeres. Somos familia.

Teniendo en cuenta la dieta “intelectual” consumida por esa gran masa que equipara Occidente con Progreso, en principio debería sorprender la indignación causada por las alegaciones de corrupción de miembros de la familia real. No debería ser un gran problema, o demasiado sorprendente, si alguien ha sisado unos cuantos milloncejos para disfrutar con su familia, que es lo que haría cualquiera: desde el autónomo que cobra en negro, hasta el imbécil con ínfulas que piensa que la “cultura” debe ser subvencionada, o el avaricioso que compró varias viviendas para especular y se llevó el chasco cuando la burbuja estalló.

El problema es de otra magnitud, naturalmente. Los medios de comunicación que ahora pretenden ser adalides de la lucha contra la corrupción permitieron, serviles a leyes no escritas, que la corrupción creciera como un cáncer, que no se notaba demasiado en un cuerpo rollizo, en tiempos de economía aparentemente saludable, pero cuya metástasis es evidente cuando existe un obvio acoso contra el euro y en particular contra las naciones sureñas, explotando la vieja rivalidad de la Reforma. Vendiendo el alma al Atlántico Norte, tradicional enemigo, en vez de estrechar lazos con la comunidad hispanoamericana, a la que se traicionó y se pretendió parasitar con multinacionales, significó que a España se la dejó engordar, como cerdo antes de San Martín, pero que no habrá escrúpulos para hacer la matanza y repartir los despojos.

Las primaveras árabes y del Medio Oriente deberían ser un aviso para recapacitar sobre el aciago destino que espera a España a menos que exista diálogo y esfuerzo común, en vez de histeria e infantilismo. La geopolítica no es casualidad, y el Mediterráneo es el escenario de un conflicto global, en el que el terreno es preparado mediante la división interna y el empobrecimiento de los países. El caso de Turquía ofrece un interesante paralelo con España. Miembro de la OTAN, con una fractura social entre islamistas y kemalistas análoga a la española y su tradicional catolicismo y anticlericalismo, y un problema kurdo no demasiado diferente de la cuestión vasca y catalana, en cuanto a efectos, se le permitió que disfrutara de un notable crecimiento económico a base de deuda externa e industria de construcción. Como España es puerta de Europa y África, Turquía es puerta de Europa y Asia. Se la utilizó como peón en las campañas de Irak y Siria, como España también fue peón de guerras en Oriente. Llegado el momento de cambio de ciclo, aparecen casualmente conflictos internos y se divulgan casos de corrupción masiva. En Estambul se protesta por las obras de una plaza y en Burgos por las obras de un bulevar. Motivos más o menos legítimos pero desbordados por el descontento provocado por economía a la baja y medios de comunicación alarmistas y demagógicos. Nada nuevo, por supuesto: por medio del descontento social provocado desde el exterior se provocó el golpe de estado de Pinochet, por poner sólo un caso bien documentado.

La corrupción es endémica en todo sistema político, y ciertamente también en los países nórdicos, aunque ellos pretenden que son los países tercermundistas los que la sufren, y como tal merecen su destino. Algunos conflictos sociales son amplificados y otros silenciados. Los motines de Estocolmo apenas recibieron mención en los medios de comunicación occidentales. No hay agencias de calificación especulando con la suerte de las economías escandinavas ni hablando de factores de riesgo, ni señalando la obvia debilidad de la economía británica. El acoso de “los mercados” se reserva para el Mediterráneo.

Las guerras mundiales, como las Champions, tienen cada una su historia, y es posible que estemos en fase de grupos. Algún día los libros de historia podrían hablar de la Tercera, y de que tal como la Primera comenzó en Sarajevo, el asesinato de un Borbón en Barcelona o en Burgos desencadenó una orgía de sangre de la que, al terminar, salieron un montón de ricos babeando felices como caracoles tras la lluvia. Si hay que matar para robar, pues hay que hacerlo, porque ante todo hay que mantener el bienestar de la familia, y la familia que bombardea unida permanece unida. Pese a lo que algún ingenuo piense, España no es familia de los norteños, y si se le deja pertenecer a la Unión Europea o a la OTAN es como sirviente.

Un país no se vuelve rico ni pobre de un día para otro. Puede haber ciertas fluctuaciones en meteorología o cosechas, pero los recursos son más o menos los mismos. Es hora de trabajar, de ahorrar, de vivir con austeridad y crear riqueza. Es también hora de recordar quién ayudó a España desde el exterior y quién la acosó. Y poco a poco, sin histeria, es hora de poner en la cárcel a cuanto ladrón haya robado de todos, sea miembro de familia real o de sindicato.

Cifras y letras

Una de las características del cateto capitalino es el orgullo por el número de habitantes de su ciudad, que generalmente exagera y extiende a un área metropolitana de límites difusos. El neoyorquino fanfarrón que mira con altanería al londinense afirmando que su ciudad es dos veces más grande ignora u olvida que el censo de una y otra ronda ronda los 8 millones, aunque la metrópolis británica, incluyendo poblaciones independientes de los Home Counties, pasa a 15 millones, y la norteamericana alcanza los 23, incorporando zonas más o menos continuas y adyacentes de Nueva Jersey. El mismo complejo es habitual en muchos ciudadanos de París, Moscú, Berlín, Estambul, o incluso Roma y Madrid, que equiparan tamaño con importancia, y minimizan la influencia de la ciudad de provincias, muchas veces descrita como “un pueblo grande” -como si ésta no fuera precisamente una definición de ciudad.

A efectos prácticos, cualquier forastero que no dispusiera de transporte público o mapa se sentiría tan perdido en medio de Londres o de Nueva York, Sheffield o Pittsburgh. Sin mapa, la ciudad es un laberinto que agota las piernas de cualquiera que no la haya pateado de niño, y la sensación no cambia radicalmente por añadir millones liberalmente. En el mundo de la oligarquía de las marcas multinacionales, la oferta comercial y la publicidad es muy parecida en toda ciudad, que se distingue de otras por algún monumento emblemático y algún coloquialismo. La fauna es también similar. El cani andaluz es el neng valenciano, el chav del sur de Inglaterra, el ned escocés o el bogan australiano: el parecido de su vestimenta y actitudes podría sorprender al que ignora que las mismas multinacionales los visten y les proporcionan los mismos modelos de conducta. En el nivel medio de la pirámide, el snob es esencialmente el mismo en todas partes, y tal universalidad se debe a la misma razón: el consumo de la misma subcultura.

Estar orgulloso o avergonzado del lugar de nacimiento es evidentemente absurdo, y estar orgulloso del lugar de residencia, para el que no es nativo, es un patriotismo de segunda mano todavía más incomprensible. El urbanita orgulloso se siente parte de algo grande, y como una ladilla que se regodeara, como creyéndolo propio, del falo que vislumbra desde su cobijo púbico, le encanta comparar la altura de los edificios, aunque en realidad las dimensiones de la ciudad acentúan su propia insignificancia. Unos cuantos rascacielos en la ciudad, y ya puede uno creerse que su ciudad está en la misma liga que Nueva York o Pekín.

Otra distorsión numérica habitual es la hipérbole estadística como apoyo del dogma y el imperativo moral. Una ONG británica afirma en un poster lacrimógeno que hay 80 mil niños sin hogar en el Reino Unido, en Navidad para más tragedia, algo que el ciudadano puede solucionar enviando 3 libras por medio de texto. Tras el titular espectacular se esconde una realidad algo menos dramática: son niños -definición legal: hasta los 18 años- que viven con su familia en hostales municipales. Un político oportunista afirma que hay 600 mil casos de maltrato doméstico al año, culpando casi exclusivamente al varón machista -también existen mujeres machistas, por supuesto- que trata a su mujer como si fuera un animal. Otro político, o quizás el mismo, afirma que hay 100 mil casos de aborto al año, y que “nadie está a favor” de la interrupción del embarazo; que es un último recurso, que ninguna mujer quiere verse en tal situación. Junto con las cifras de gran capitán viene la interpretación emotiva. Todo hombre que golpea a su mujer es un canalla; toda mujer que aborta será una víctima de la vida de no poder interrumpir el embarazo.

La realidad, por supuesto, es siempre más compleja. Si se dice que ninguna de esas 100 mil mujeres quiso verse en el trance de abortar, parece inevitable preguntarse qué hicieron para evitarlo: igual que se puede poner en duda el número de vírgenes ursulinas, también puede dudarse que haya 100 mil mujeres de tan escasa inteligencia y cultura que no tomen medidas contraceptivas, o que valoren en tan escasa medida al hombre que las inseminó como para no desear compartir la nueva vida con él, o que se valoren tanto a sí mismas como para que sus quimeras tengan más valor que la realidad que han construido de forma voluntaria. Tal irresponsabilidad y estulticia sería tanto mayor por el riesgo de contraer y propagar enfermedades venéreas de no contarse con protección.

La incongruencia de tal argumento se acentúa en muchas ocasiones por la creencia a la vez infantil y megalómana de que el feto es propiedad exclusiva de la mujer, a la vez que el progenitor tiene responsabilidad económica por el nacido. La pareja que se ha unido de forma voluntaria debe hacer asumir conjuntamente las consecuencias de sus decisiones, o responder por separado ante la ley, que en un estado libre y democrático debe ser igual para todos. La distorsión emocional de interpretar que la mujer nunca desea verse en la situación de tener que abortar pero pese a ello lo hace sería equivalente a afirmar que el hombre que golpea o asesina a su mujer nunca quiso verse en tal situación, pero se vio abocado por una mujer dañina, que abusaba de él psicológicamente. Sólo un ingenuo piensa que en las relaciones de pareja, o en las sociales o internacionales, existe un bueno y un malo absoluto, más que el desarrollo de una interacción perniciosa, que comenzó con consentimiento mutuo. Por cada Holocausto hitleriano hay un Gulag estalinista y un Hiroshima democrático, y un colonialismo común posterior. Por cada empresario explotador hay un empleado parásito, que actuaría de forma idéntica si tuviera la oportunidad. El mecanismo sadomasoquista asigna roles dinámicos.

La estadística ad hoc es una herramienta fundamental para el simplista que interpreta el mundo a partir de la dieta que le administran los medios de comunicación, casi en demencia quijotesca, salvo el interés selectivo. La letra con cifra entra. A menudo, en estrategia de ventas, hay artistas que moldean su mensaje calculando su aceptación, vendiendo su alma por un puñado de followers. Junto con la interpretación interesada viene la hermandad virtual, el intento de establecer la verdad por el procedimiento de repetición ad nauseam, de like y retweet. La consecuencia es un “diálogo” al estilo tertuliano televisivo, un crescendo de insulto y pataleta. La red social es la nueva familia para el alienado, como lo es el gang para el adolescente sin calor hogareño.

Afortunadamente, también hay hombres y mujeres que se aman y respetan, y dan su existencia por su descendencia, sin alardes, en sacrificio constante que conlleva la mayor de las recompensas, la única que no es vanidad ni realidad virtual: la que hace que la vida continue, a pesar del ruido y la furia de los necios.

Posthumor póstumo

En 2004, Dave Chapelle estaba en la cima de Comedy Central, tras un par de temporadas de ser el Uncle Tom (en la acepción generalizada de sumisión extrema) de la empresa: el negro que puede mofarse de negros sin que haya molestas acusaciones de racismo. Se decía que tenía un contrato de 55 millones de dólares por otras dos temporadas, aunque por supuesto es probable que las ofertas fabulosas sean un mito creado por las propias empresas, para que el falso caché haga que el artista sea percibido por la plebe como un gigante del género. Pero poco o mucho, Comedy Central pagaba a Chappelle, que hacía los chistes de negros con los que una audiencia blanca se podía reír. Mucho exabrupto para dar impresión de radicalismo, pero contenido inane sobre famosos, y por supuesto risa enlatada, seguramente la contribución más nefasta de la cultura norteamericana al resto del mundo.

Chapelle imitaba a Prince, ridiculizando amaneramientos de los 80. Chapelle imitaba a Rick James, otro músico de los 80 menos conocido que tuvo problemas graves. En 1996 salió de la cárcel, tras cumplir 3 años por agredir bajo los efectos del crack a dos mujeres, e intentó volver a los escenarios. En 1998 sufrió una leve apoplejía mientras actuaba, y tuvo que interrumpir su carrera brevemente una vez más. En su sketch más celebrado, Chapelle construye un personaje de músico enajenado que continuamente remata sus diálogos con una fracesita que se hizo meme“I’m Rick James, bitch!”. La frase se hace coloquial, más allá de internet, y es repetida hasta la saciedad. En una actuación en Sacramento en Junio de 2004, Chapelle salió del escenario debido a que la audiencia gritaba continuamente “I’m Rick James, bitch!’, y volvió tras unos minutos diciendo: “el show me está arruinando la vida”. En una monumental pataleta, el ahora solemne e indignado cómico añadió:

¿Sabéis por qué mi show es bueno? Porque los directivos de la cadena dicen que no sois los suficientemente listos como para entender lo que hago, y todos los días yo peleo por vosotros. Les digo lo listos que sois. Resulta que estaba equivocado. Vosotros sois estúpidos.

James tuvo un ataque al corazón a fines del mismo año y murió, a los 56 años.

En Mayo de 2005 Chappele abandonó Comedy Central durante la producción de la tercera temporada, distanciándose también de su colaborador de siempre, Neal Brennan, un americano de origen irlandés que había intentado ser cómico en el escenario pero que lo dejó por ser consciente de no hacer gracia, y que escribía parte del material de Chapelle. En una aparición en Oprah Winfrey, Chappelle explicó que  durante la grabación de un sketch sobre los minstrels (actores blancos con la cara pintada de negro) “un blanco se había reído de él de una manera que lo hizo sentir incómodo”. Se reía de él, no con él. Había descubierto que se había convertido en el objetivo de su chanza, en un perverso giro. Un coconut (negro por fuera, blanco por dentro) con permiso para mofarse de los negros.

Tras una especie de retiro espiritual con esporádica actuación, Chappelle volvió al escenario en Hartford en Agosto de 2013 y descubrió que la frase de marras todavía le perseguía. Incapaz de colocar chistes ante una audiencia que continuamente gritaba “I’m Rick James, bitch!”, interrumpió su actuación tras pedir en vano a la audiencia que dejara de gritar, aunque no salió del escenario hasta que no pasaron 25 minutos, el tiempo mínimo estipulado para cobrar. Sentado, fumando continuamente, explicó a los que lo quisieron oír:

La cagué cuando dejé mi show televisivo ¿sabéis por qué? Porque mi show sólo tenía que ser de 22 minutos en la tele. Podría haber estado en la tele, podría haber leído la guía telefónica durante 22 minutos, y me habría llevado 50 millones de dólares. Podría haber hecho esa cagada, pero mi ego no me habría dejado. Pero esta noche es diferente. Esta noche, mi contrato dice 25 minutos, y sólo me quedan 3 minutos. Y cuando pasen los 3 minutos, me piro, voy derecho al banco y meto la pasta.

Tras semejante demostración de indignidad, llegado el tiempo, se levantó y dijo: “amo a algunos de vosotros, y odio a otros de vosotros” y se marchó entre abucheos. Es de esperar que en su siguiente retiro espiritual llegue a reírse de él mismo.

En España lleva ya bastante tiempo implantada Comedy Central, uno de los servicios culturales americanos de exportación, en una versión bastante más cutre, al intentar consolidar el mismo estilo, el mismo contenido y la misma corrección política, a pesar de las obvias diferencias culturales, que el globalismo, nueva etiqueta para el imperialismo, intenta suprimir. Recalcan que hacen “comedia de stand-up”, en torpe traducción, para diferenciarse del chistoso de toda la vida. Chistes a costa de curas sí, que en USA también son dignos de acoso. Chistes de homosexuales (antaño de “maricones y tortilleras”) no, que sufren mucha discriminación, y actualmente son los nuevos beatos. Chistes de judíos no, chistes de Bin Laden sí, etc. El escenario se convierte en púlpito moralista con un sermón que pretende ser gracioso, con resultados variables aunque lo que predomina es la meliflua risa de cortesía, dada la generalizada falta de genuina vis cómica. Es ciertamente patético, por ejemplo, ver en escena a un señor de cierta edad -de quien lo único risible sería, para el cruel, el aspecto, que en otro lugar como un parque infantil podría provocar pánico, especialmente en los padres- rematando sus intentos de chiste con un “alright!” una y otra vez, latiguillo con escasas posibilidades, por motivos obvios, de alcanzar repercusión en la cultura popular, con el que se da ánimos en los momentos en los que la falta de recursos le provoca miedo escénico.

El denominador común de los pseudo-cómicos es de hecho, la cara de miedo al entrar en escena, el titubeo y los tics, la falta de presencia, el agarrotamiento. La  cara sonriente, reclamo falso como faja de gorda (mirad, soy gracioso”); el reír el propio chiste. Otros rasgos comunes son los gritos desmesurados, la auto-denigración en busca de simpatía en momentos de obvio fracaso (“esto no tuvo gracia”; “no tengo remate cómico para esto”), y por supuesto, la camiseta, el uniforme compartido por payaso y público. El desgraciado va desgranando su ensayo sobre actualidad buscando complicidad con un audiencia ideológicamente afín, y no hay alma cándida que, a modo de niño frente a emperador desnudo, le grite: “¡cállate de una puta vez, cretino”. O no todavía, o al menos no en la tele.

Cuando un crítico cultural de pacotilla dice que el posthumor  es humor que no hace gracia está en lo cierto, aunque su implicación sea que para apreciarlo hace falta inteligencia, o que “hay que entenderlo”. En demasiadas ocasiones el crítico es cómplice para vender basura, y como coleguilla del artista en las hermandades de twitter y facebook pertenece a la misma sociedad de adulación mutua. Cuando un crítico cultural dice que el objetivo del posthumor es provocar incomodidad también está en lo cierto, a su pesar, aunque quizás duela más preciso decir que causa estupor. Ver gente así en el escenario provoca vergüenza ajena.

El timo del calentamiento global

No hay poder sin saber, y en la historia todo gobierno tiene el discurso que lo sustenta, junto al ejército y policía que lo ejecutan. La autoridad eclesiástica ha sido gradualmente sustituida por la científica, en un proceso que algunos interpretan como progreso y liberación, y otros simplemente como una sustitución de los actores sin cambio significativo en la trama. A un interés sucede un dogma, y a éste, un imperativo. La religión organizada ha sido tradicionalmente una máscara para los intereses de raza y economía, y la ciencia, su digna sucesora, cumple el mismo deber para el poder, estableciendo el Bien y el Mal como sustento de la Ley.

No es de extrañar que aquellos que desconfían del catastrofismo del relato del calentamiento global, la nueva versión de las bolas de fuego del infierno, sean catalogados como negacionistas, ya que contradicen al elenco de mercenarios a los que los medios de comunicación presta tribuna. Son negacionistas de argumentos enunciados por la autoridad científica, que se arroga la misma infalibilidad que un cónclave presidido por un espíritu más o menos santo. El calentamiento global es un hecho, está aquí, y hay que actuar ya para evitar el Apocalipsis. El que lo niega debe ser un loco, un ignorante, o un fanático religioso, o las tres cosas si es posible.

Por supuesto, siempre hay que desconfiar del que mete prisas para cerrar el trato que propone, ya sea un comercial que urge a aprovecharse de una magnífica oferta de algo que no se necesita (“pero tiene que firmar hoy”), o un camello callejero que apresura al julay para que compre mierda por droga (“¡illo enga ya! ¡la polisia, la polisía!”), o un Testigo de Jehová anunciando el inminente final de los tiempos y la inmediata necesidad de seguir la versión de Jesucristo ofertada en sus establecimientos. Nunca ha habido escasez de estafadores y falsos profetas. El final del mundo, para tales testigos, ha sido anunciado para 1914, 1918, 1925 y 1975, entre otras fechas. Y lo siguen anunciando, junto con la necesidad de un arrepentimiento de tal naturaleza que sólo puede ser conseguido por medio del ingreso en su secta.

El ciudadano crédulo, semi-educado hasta un punto de arrogante estulticia y sumisión al discurso oficial, puede ridiculizar profecías de sectas cristianas o de sacerdotes mayas como supersticiones sin base real y al mismo tiempo creer en una ficción elaborada con un lenguaje moderno y autoritario, el de la Ciencia. Con ello satisface su deseo de superioridad intelectual y moral: no hay bueno sin malo, ni listo sin tonto, y en la escuela los premios se los llevan los buenos y los listos. Conocimientos y actitud son los dos componentes de la evaluación, que tantas veces premia a papagayos y corderos.

El calentamiento global, sin embargo, es una de esas profecías que se creen por acto de fe. Una teoría no es más que una ficción, más o menos verosímil según concuerde con la realidad. Hay quien se burla del relato bíblico de la Creación (“al principio fue la luz”) para luego aparentar creerse el relato del Big-Bang, que como relato de ciencia-ficción no está mal, aunque sea un plagio, pero que no deja de ser un relato, por más que esté elaborado por un “científico distinguido” o una “autoridad en Física” en vez de un sumo sacerdote.

En los años 70, sin embargo, los sumos sacerdotes profetizaban otro apocalipsis, aunque de signo contrario. La Edad de Hielo volvía, a consecuencia principalmente de los excesos de la industria.

The Big Freeze Ice Age

Un perverso artículo de Radio Times, la revista de la BBC, comenzaba con un temerario non sequitur:

“Los pronósticos del tiempo son notoriamente inciertos, pero podemos estar más seguros de patrones climáticos a largo plazo”

iiiiiiiiii

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En otro artículo la causa de la enfermedad planetaria era la misma que la que se citaba posteriormente, pero el efecto contrario. Debido a la acumulación de la contaminación atmosférica de origen industrial, la Tierra estaba envuelta en una capa de polvo que tenía el efecto de reflejar al espacio una parte de la energía de los rayos solares. Habría una expansión de las masas polares y las temperaturas bajarían globalmente 20 grados.

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Tal situación requeriría medidas de emergencia, entre las cuales se contemplaba el control de la natalidad, con castigos para los que excedieran el límite. El “doctor” Arnold Reitze concluía:

“nos veremos forzados a sacrificar la democracia por leyes que nos protegerán del incremento de la contaminación”.

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Para evitar este congelamiento planetario hubo incluso una propuesta de cubrir las masas polares con una capa de hollín para que absorbiera el calor solar. Y uno de los científicos que consideraba tal medida, alarmado por el enfriamiento global, era el “doctor” Steven Schneider, que décadas después se convirtió en uno de los más apasionados defensores del calentamiento global. Un mercenario, a fin de cuentas, trabaja en el frente al que le manden.

Algunos alumnos obtusos o perezosos no digieren bien el texto, y requieren soporte visual para asimilar bien la lección. Al igual que los Testigos de Jehová gustan de mostrar, en contraposición a los horrores del infierno, estampitas de colores con bellos jardines donde familias de aspecto sano y atractivo juegan con tigres vegetarianos, los Adventistas del Calentamiento Global muestran una plétora de imágenes de osos polares apalancados sobre trozos de hielo-como han hecho siempre para pescar, por otra parte-o paredes de hielo desprendiéndose en el océano-como ocurre siempre en verano, que por algo se llama deshielo.

En un reportaje de Time se muestran imágenes de “antes y después” del planeta Tierra que a simple vista parecen tan verosímiles como ésas que ilustran dietas milagrosas o productos milagrosos para desarrollar músculo. En el texto que las acompaña se explica:

“Hicieron falta la gente de Google para MEJORAR estas imágenes granulares desde la cruda calidad de BORRADOR a video VERDADERO. Con la ayuda de cantidades enormes de músculo informático, BORRARON cubiertas de nube, RELLENARON pixeles que faltaban, y COSIERON las piezas del puzzle”

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En otras palabras, hicieron una creación artística a partir de imágenes que según ellos han recogido desde el año (no se sabe si escogido a propósito) 1984.

El relato del calentamiento global de los últimos años ha tenido, como buen culebrón, distintos altibajos, uno de ellos el Climategate, la falsificación de estadísticas efectuada en la Universidad de East Anglia, uno de los centros globales del cuento, o la revisión a la baja de las cifras, con un Lord Stern, consejero del gobierno británico, reconociendo que durante la última década no había habido calentamiento significativo, en el marco, no se sabe si elegido a propósito, del Festival Literario de Hay. Y uno de los últimos capítulos, el anuncio en Forbes de que es posible que nos encaminemos a un enfriamiento global-según cifras de científicos, que se ve que no paran.

En el relato, el principal malo es el “otro”, actualmente las economías emergentes (China, Rusia, India, Brasil, Sudáfrica) que se atreven a industrializar, que pretenden ocupar el puesto de Occidente. Pero entre villanos no hay amistad, sólo complicidad, y los amores y desamores son tan inconstantes como el tiempo. El culebrón no ha terminado:  lo que importa es tener al ciudadano absorto y pasivo, crédulo y culpable, sacrificado y dispuesto.