Jack el Defecador

En el siglo XVIII floreció en Gran Bretaña el estilo satírico conocido como “mock-heroic” o “mock-epic”, algo así como épica burlesca, que originariamente tiene sus raices en Don Quijote. El estilo utiliza un lenguaje grandilocuente para referirse a un suceso trivial.

Un ejemplo clásico es The rape of the lock, de Alexander Pope; se pueden detectar influencias en The life and opinions of Tristram Shandy, de Laurence Sterne e incluso, en épocas como el Romanticismo, en Don Juan, de Lord Byron.

En un artículo en The Guardian, el serio periódico británico, puede leerse un ejemplo paradigmático, aunque quizás no de forma deliberada. Se titula Police hunt train defecator”, más o menos “La policía busca al que defeca en los trenes”, aunque sin duda “Defecator” aporta una sonoridad contundente, al estilo de “Terminator”.

Aquí una traducción de andar por casa:

“La policía de transportes públicos está buscando a un individuo “extremadamente antisocial” que ha estado defecando en trenes a lo largo del país, causando daños por valor de decenas de miles de libras.

El vándalo, que ataca embadurnando los vagones con excremento, aparentemente espera hasta quedarse solo antes de cometer el delito, pero los investigadores no pueden establecer ningún otro patrón en su comportamiento. La policía informa que el individuo ha ensuciado por lo menos 30 trenes desde Agosto, principalmente en el sureste.

Su sucio comportamiento ha causado un gasto de 60.000 libras en daños y facturas de limpieza; algunos de los vagones afectados tuvieron que ser retirados de servicio.

La policía de transportes públicos ha advertido hoy que el desagradable y costoso hábito del individuo también supone un riesgo para la salud pública, y facilitó imágenes de las cámaras de seguridad de un hombre al que la policía quiere interrogar en relación con la investigación

La detective Donna Fox dijo: “Este individuo ha atacado al menos 30 trenes desde Agosto, provocando gastos por daños y limpieza de aproximadamente 60.000 libras, con el resultado de que muchos vagones han tenido que ser retirados de servicio, provocando retrasos y cancelaciones en el servicio y serias molestias al público viajero”.

“Es obviamente un asunto muy serio de salud pública además de ser extremadamente antisocial. Necesitamos localizar a este individuo lo antes posible”.

La detective añadió: “No hay un patrón discernible de cuando aparece. Viaja a lugares diferentes, en diferentes horas del día, y en diferentes días de la semana, y básicamente espera hasta estar solo en alguna parte del vagón antes de cometer su delito”.

“Hemos estado observando imágenes de las cámaras de seguridad para intentar identificar al individuo y tenemos esperanzas de que algún miembro del público pueda conocer a este individuo, y, lo más importante, saber donde vive”.

“Al menos en una ocasión las imágenes de las cámaras muestran al individuo alterado por un pasajero que pasaba por el vagón. Pedimos a este señor o cualquier otro que pueda haber sido testigo de los actos de este individuo que se ponga en contacto con nosotros”.

“Si alguien ve a este individuo viajando en ferrocarril, no debe aproximarse a él, sino llamar a la policía o alertar a los empleados del servicio ferroviario inmediatamente”.

Cualquier persona que tenga información debe llamar a la policía de transportes públicos en el 020 7391 5275.”

Tras una operación que duró cerca de un año, se consiguió arrestar al criminal, un tal Bonney Eberendu, sin domicilio fijo, que “defecaba en los trenes para purgarse de las voces que le llamaban a apuñalar a mujeres y niños” según explicó al tribunal que lo juzgó y ordenó su ingreso en un manicomio. El juez, Christopher Elwen, dijo que sus crímenes eran “repulsivos” y que Eberendu era un “peligro público”.

La detective Donna Fox, que llevó el caso, manifestó: “ha sido un caso inusual que sólo ha podido ser resuelto gracias a la información proporcionada por el público”.

Gracias a hombres y mujeres como la detective Fox, Inglaterra puede respirar tranquila.

Originalmente publicado en GS.

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La cita

Como primer paso del ritual de un día que debería ser muy especial, Jesús Tejero abrillantó con apasionado vaivén y satisfecha sonrisa los brogues color caca de niño que había encremado por la noche. Le habían costado el equivalente a 280 euros, una parte considerable de su salario, pero eran unos Grenson genuinos, comprados en Londres, y hay cosas que no tienen precio. Eran unos zapatos para toda la vida, a condición de cuidarlos y no llevarlos todos los días; una pieza fundamental del arsenal de un caballero moderno -o como le gustaba presentarse, “un hombre de bien”- dispuesto a darlo todo en torneos de salón.

El hombre de bien escribía publicidad lírica para una revista de hombres que necesitaban objetos lujosos como prótesis de su masculinidad. Siguiendo la tradición del mayordomo snob o el solemne hortera de sastrería, su deferencia hacia su disfraz era absoluta, en perversa metonimia de vestimenta por alma, sintiéndose parte de la aristocracia del buen gusto en vez de un vulgar petimetre. El diablo siempre se alegra cuando alguien vende su alma, pero además se carcajea cuando el precio es tan exiguo como la vanidad del caballerete a la moda. A los 35, Jesús es una caricatura casi totalmente enloquecida: lo que él creía ínfula de lana blanca es realmente orejera de burro, y el cascabeleo del camino cada vez más cansino. No sólo de metáforas vive el poeta, y hay momentos en que el encuentro inesperado con belleza sencilla y verdadera le recuerda el amor que no supo conseguir de niño. Se puede vender el alma, pero no la conciencia, que sobrevive aunque se anestesie con vino.

Piluca Goyeneche, a la que conoció en Milford, un pomposo mercadillo de vanidades, es la dama a la que Jesús secretamente dedica sus últimas galanterías escritas, la musa que ha inyectado brio en unas reseñas que se iban lentamente estancando. Guapa, elegante, simpática. Y una Goyeneche, con dinero antiguo. Altos hornos, hidroeléctricas, banca. Acercándose con precaución -tres meses- para no delatar su prisa, escondiendo sus celos con una máscara de bonhomía, Jesús ha conseguido una cita. Le ha hablado de vinos y perfumes, de visitas a París y Viena, de atardeceres mediterráneos en su ciudad, Valencia. El ofrecimiento para guiarla, que Piluca aceptó con naturalidad, ha sido la excusa para intentar salir de la zona de amigo. Jesús entra en éxtasis, y esa noche, al acostarse, queda insomne y feliz, pensando sólo en su nombre, aunque extrañamente es incapaz de recordar su rostro.

Y el día ha llegado. Los zapatos limpios, y ya se puede duchar y vestir con las manos limpias. Jabón Floris, mimosamente aplicado sobre cuerpo, cara y calva. Agua fría al final, para activar la circulación y poner la piel tersa. Vigoroso secado con toalla crujiente de seca. Conjuntados, desodorante y colonia Acqua di Parma, no mucha: un poco sobre pecho y cogote, un poco sobre la barba justa de tres días. Boxers de algodón de Ralph Lauren de discretos cuadros blancos y azules, y calcetines Burlington, beige como los pantalones de pana. Cinturón de Loewe, camisa Oxford celeste también de Ralph Lauren, un foulard adquirido en alguna trampa para turistas de Sackville Row, y chaqueta verde y gris de tweed Harris, de legendario tejido escocés. Una interpretación contemporánea del clásico gentleman rústico, piensa, mirándose al espejo como torero antes de la faena. Sale pisando fuerte de su casa, un piso de renta antigua en un caserón para familias de militares, a nombre de su abuela. Camino de la estación siente que no hay mejor lugar en el mundo que su ciudad en primavera, que la vida es bella si se sabe vivir.

Piluca está rutilante. Lleva un vestido de punto negro ajustado que destaca un cuerpo esbelto y rotundo, y es ella quien se acerca a dar un par de besos de bienvenida, con el ímpetu suficiente para hacer contacto con el pecho. Jesús, tocado, balbucea el saludo, mira a la galería, respira, se recompone más o menos. No se había esperado así el encuentro. Él siempre era verborrea poética y ella siempre dulzor y callada sonrisa, que parecía admiración sumisa por su brillantez. Ahora, ella lleva la iniciativa. Jesús se lamenta de haber elegido el bucólico atuendo, bastante incongruente con el de la chica marchosa. Y marchosa es ciertamente Piluca, que ha despachado a la clientela del Milford casi al completo y a toda su plantilla, sin que Jesús, tantas veces ensimismado en el pepino de su gin-tonic, destilando metáforas para sus crónicas, se hubiera dado cuenta. Una mezcla de bastante curiosidad y un poco de aburrimiento la ha llevado a aceptar la cita con el publicista amanerado, que ha buscado esta oportunidad, a solas, para dar un golpe de mano en la relación, aunque vuelve de momento a su zona de seguridad esperando que llegue el final feliz al llegar el telón de la noche.

-Te voy a llevar a un restaurante donde se come lo mejor de nuestra mar y nuestra huerta. ¿Te parece?

-¡Claro! ¡Yo soy de comer cualquier cosa!

Jesús se ha decidido por el restaurante de Ricard, una estrella emergente del panorama culinario de revista de estilo. Es un templo gastronómico minimalista en lo decorativo y lo nutricional, y a cambio de alguna reseña favorable, le dan trato de amigo. Jesús elige una mesa junto a una ventana y ofrece galante la silla a Piluca. Suena discreta bossa-nova dulzona. El mismo Ricard acude a la mesa y saluda, efusivo.

-¿Qué tal, Jesús? ¿Qué callado te lo tenías, eh?

Jesús responde a guiño con presentación:

-Piluca, éste es Jesús, alquimista de sabores y amigo.

-Hola, guapa, encantado de conocerte. No le eches demasiada cuenta a tu novio, que es algo exagerado.

Piluca se levanta y le planta dos besos al cocinillas, que le pone en la cintura la mano, que queda enfrente de la cara de Jesús, que no puede evitar pensar en el previo contacto de sus senos.

-¡No! ¡No somos novios! ¡Jejeje! ¡O no todavía!

Muy a su pesar y a su manera, Jesús lo confirma, intentado sonreír.

-Piluca es una amiga muy especial.

-Bueno, bueno, lo que vosotros digáis. ¡Jejeje!

Ricard regresa a la cocina y acude con la carta un camarero perdonavidas. Tras el concilio, Jesús pide alcachofas ecológicas, mousse de conejo al Oporto y trufa de Morella, mientras que Piluca se decanta por caballa glaseada con puré de boniato, pimienta verde y limón valenciano. Para beber, Jesús elige una botella de Alta Alella Pansa Blanca 2012, no muy obviamente al principio de la carta de vinos, digno sin ser caro.

-Este vino es fuego líquido de las entrañas del Maresme, donde siguiendo la tradición milenaria el noble hombre de campo dispone las cepas, esos candelabros con uvas verdes y refulgentes como lágrimas divinas. Empieza muy cerrado en nariz. Gran vivacidad en boca, afilado y preciso. Notas de alhucema y alhelí, de heno fresco y fruta blanca, de nube blanca en atardecer de verano en la costa, de viento salino en la mejilla de mujer hermosa, de todo lo que es bello en el Mediterráneo.

-Está bueno, sí.

Cuando empiezan a lidiar con los platos y Jesús, eufórico, se dispone a atiborrarla con fascinantes anécdotas sobre su vida, una inoportuna necesidad de defecar lo obliga a disculparse e ir al aseo. El destino parece haberle jugado una trampa. El excremento era de los de retortijón, de consistencia cremosa, descarga lenta y alta adherencia. Librarse del enemigo le cuesta algo de sudor frío y un ligero mareo por tener que levantarse varias veces para intentar estimular el tránsito intestinal. Cuando termina, debe emplear más de medio rollo de papel higiénico para eliminar la mancha, de una viscosidad extrema. Los últimos trozos tienen trazas de sangre. Cuando se sube los pantalones y se ajusta el cinturón, vuelve a sentir otra vez la necesidad, y vuelve a luchar para expulsar una cantidad de excremento bastante menor, pero extremadamente recalcitrante. Una vez más, el refregar con papel higiénico, que termina, y con su pañuelo, que debe arrojar a la papelera, para de una vez por todas componerse, aunque se tiene que llevar la mano al trasero dos o tres veces para rascar la irritadísima raja. Por fin sale del habitáculo. Puede que hayan sido en total diez o quince minutos, o quizás veinte, pero a Jesús le han parecido horas, y se imagina a Piluca sola y defraudada, cuando menos, o entretenida por el amigo cocinero o el camarero engreído. Le dan ganas de llorar y de gritar, y se daña un poco la mano dando un puñetazo a la puerta. Respira hondo, se lava las manos, se echa un poco de agua por la cara y la calva y se seca, dispuesto a volver a la mesa y aparentar normalidad.

Lo que más se teme cae encima. La mesa estaba sola, con su plato de alcachofas mustias, una raspa de caballa en el de Piluca y la botella vacía. Al fondo, en la barra, la protagonista de la película de su vida estaba animadísima bebiendo con el camarero, desocupado en tan elitista establecimiento, que había cambiado su expresión hierática por una sonrisa lasciva. Una extraña luz inundó el local, y cada risa de su musa, que parecía una cadencia reverberante, era una puñalada en el cuerpo de Jesús, que se sentía como un muñeco de vudú. La risa trocó en alaridos cuando estampó un botellazo en la cabeza a Piluca y gollete en mano le clavó los cristales en la garganta y en un ojo. El camarero y un par de clientes, que hasta entonces parecían parte del mobiliario, horrorizados, no se atrevieron a acercarse a la bestia enloquecida, que incrementó el ritmo de sus embestidas y finalmente hundió el resto de la botella en el vientre de la víctima, con lo que quedó apaciguado, respirando muy hondo. Se sentó junto a una mesa y pidió con voz serena al camarero -que no quiso discutir- otra botella de Alta Alella Pansa Blanca 2012.

Cuando llego la policía, Jesús bebía y musitaba melancólico (“con lo que yo la quería”… “con lo que yo la quería”…) y sollozó intentado hundir su rostro en el pecho de un agente, que lo contuvo asqueado, mientras otro lo esposaba. Dejó de lloriquear cuando lo sacaron del restaurante, y con las manos a la espalda, esposado, su atención se concentró en intentar rascarse el culo. Jesús está ahora ingresado en el penal del Puerto de Santa María, donde espera reducción de condena, ya que muestra buena conducta, enseña a leer y escribir a presos analfabetos e imparte talleres de escritura creativa.

El santoral

Los protestantes achacaron bastantes culpas a la Iglesia Católica, entre ellas, la riqueza, el boato, y la idolatría a un sin número de santos, interpretada como una expresión de paganismo. Esos santos no estaban en la Biblia, autoridad suprema para los protestantes, y para ellos no tenían validez alguna. Por supuesto, el protestantismo a su vez evolucionó en una idolatría de la letra de la Biblia, que no del espíritu, que “legitimó” actuaciones tan lamentables, y tan tardías, como la segregación en los Estados Unidos o el apartheid en Sudáfrica. La Contrarreforma supuso, lejos de cambiar la línea del catolicismo, santificar y beatificar a muchos más mártires y milagreros. El catálogo católico está repleto de nombres y hechos que le dan mil vueltas a los cómics de la Marvel.

¿Qué decir de mártires como Santa Bárbara, cuyo mismísimo padre, Dióscoro, permitió que le cortaran la cabeza por su negativa a casarse con infiel, y en retribución divina, fue fulminado por un rayo, por lo que ahora es invocada cuando hay tormenta, y es la patrona de ingenieros y artificieros? ¿O de San Lorenzo, patrón de cocineros, que fue martirizado en la parrilla, pidiendo él mismo ser dado la vuelta para cocinarse por el otro lado? El santoral está repleto de nombres de curiosa sonoridad (Nicanor, Nicasio, Atanasio, Cirilo, Metodio, Cosme…) que aunque no son demasiado exóticos en paises cristianos han pasado de moda progresivamente. Santos que fueron quemados, acuchillados, despedazados, decapitados. También los hubo que simplemente fueron eficientes en su labor intelectual o burocrática, para mayor gloria de la iglesia, como San Isidoro o San Gregorio Magno. Otros dedicaron su vida al trabajo físico, como San Fiacre, pluriempleado patrón de los jardineros y taxistas, al que también se invoca para alivio de hemorroides y enfermedades de transmisión sexual. La hagiografía fue uno de los géneros más prolíficos de la Europa cristiana.

Por supuesto, no es sólo la iglesia la que santifica a sus devotos hijos. Hay quien tiene en su casa un azulejo de Jesús del Gran Poder o la Esperanza de Triana, o quien tiene un póster del Che Guevara. Poco importa que el Che, que cargaba fusil en vez de cruz, fuera un racista que menospreciara a los mismos a los que pretendía que iba a liberar. El Che, para tantos, es un santo de la iglesia “revolucionaria” como lo es San Federico García Lorca: la tendencia a la idolatría es común a creyente y ateo. El terrorista venezolano Carlos fue etiquetado como Ilich, y dos hermanos suyos, como Vladimir y Lenin. Oscar Wilde dijo que el Peerage (el libro de genealogía de la aristocracia británica) era lo mejor que los ingleses habían escrito en ficción, y no parecía estar muy descaminado. En España, el monarca da títulos a diestra y siniestra; tener un apellido tan común como Suárez no es impedimento para ser ennoblecido, y los dos primeros títulos que concedió el más campechano de los monarcas fueron para la viuda y la hija de Franco. También en España, mientras los curas muertos durante la guerra civil son beatificados a granel por la iglesia, el último gobierno del PSOE quiso desenterrar mártires de cuneta. Los santos de la guerra civil tienen color sepia con destellos de caspa, y la lectura de sus hechos no consigue emular las fantásticas narraciones medievales.

Sus nombres tampoco tienen impacto en las nuevas generaciones. Pocos, en la actualidad, bautizan a sus hijos con nombres como Anastasio, Hipólito o Matilde. Tampoco quedan muchos de esos Libertad que se dieron al principio de la Transición. Subsisten los clásicos Manuel, José, Antonio o Carlos, y aparecen los Jonathan, las Jessicas, las Vanessas: la televisión (especialmente el culebrón) es la inspiración de muchos hogares. Incluso parece haber llegado a la familia real, donde ya hay una Letizia. Sin embargo, la creatividad onomástica en España no ha llegado a los niveles de la América latina, donde existen combinaciones verdaderamente originales de nombres y apellidos ingleses, españoles e indígenas, reflejando lo autóctono y las sucesivas colonizaciones. Y, al igual que existen dos Españas, hay también allí frecuentes ecos de la Guerra Fría. Facebook es un catálogo de nombres de lo más original: Yovani Quezada, Gary Joel Robladillo, Brod Pitt Ybanez, Percy Ludeña, Anzony García, Jimmy Stalin García, Nixon Díaz…

La iglesia se está quedando atrás, y el santoral no se está renovando, aparte de esos santos de la guerra civil que aburren por lo poco novedoso de sus nombres e historias. Igual que hubo iconos como San Martín de Porres, el santo negro de Perú, o San Pablo Miki, martirizado en Japón, se deberían promover santos populares y multiétnicos, acordes con los tiempos, para inspiración de las nuevas generaciones. La juventud necesita de una Santa Tamara del Polígono, siguiendo la senda de Santa Inés y Santa María Goretti, negándose a entregar su virtud a unos canis borrachos en la Semana Santa, gritando “Macarena wapa wapa wapa” antes de morir acuchillada, e inspirando con su ejemplo a la conversión de sus torturadores. Se necesita a un San Brayan de Torreblanca, alistado en la Legión, convirtiendo al catolicismo a una multitud de talibanes en Afganistán con su humilde presencia y santa palabra. Se necesita a un San Wilson de Alcorcón, antiguo latin king que un día fue descabalgado de su moto y empezó una nueva vida predicando a sus antiguos compinches.

Todas esas maravillosas historias, reales como la vida misma, no están recibiendo publicidad, y el mundo necesita de ejemplo.

Originalmente publicado en GS, 26-9-2011.

Joyce, Beckett y el Agujetas de Jerez

En su Colección de cantes flamencos de 1881, Antonio Machado y Álvarez exalta el valor de la creación poética popular y le otorga un rango superior al de muchos autores que en su empeño por ser originales crean obras huecas.

Fulano, don Fulano, el señor don Fulano y la Excelentísima señora doña Mengana, el Ilustrísimo señor don Zutanejo y la Eminentísima señora doña Perenceja, quizás criada de servicio la una y aprendiz de barbero el otro, son más de una vez los respetabílisimos autores y autoras de las coplas de este libro; coplas que no conseguirían mejorar, ni aun sudando el quilo, los que, al escribir versos y figurándose estar haciendo embuchados para la venta, estiran, estiran, estiran y rellenan, rellenan, rellenan sus composiciones poéticas, olvidándose del precepto de que la mejor poesía es la que dice más en menos palabras, y ni más ni menos que si intentasen parodiar al chacinero que aspira a vender como carne lo que son piltrafas.

Machado, miembro de honor de la Sociedad Filológica de Londres, fue el padre de dos poetas de cierta nota, y seguramente les dio más de una valiosa lección para entender su oficio: la literatura procede primordialmente de la experiencia vital.

La falta de ripio es una de las verdaderas notas características de la poesía popular: el ripio es un primor que el pueblo desconoce: en tesis general, puede asegurarse que copla, soleá, o seguidilla que tenga ripio, no la ha hecho el pueblo; ningún Juan Sánchez ni Dolores Fernández, ningún Zutanillo ni Menganilla alguna, dicen cantando lo que no es necesario para la expresión de sus sencillos sentimientos: cuando les duele se quejan, y cuando se alegran se ríen, sin meterse jamás a esmaltar sus risas o sus lágrimas con adornos postizos.

Las coplas de su colección, en la que se recoge lo ordinario y lo sublime, proporcionan una gama de sentimientos y reflexiones nacidas de experiencias personales que en muchas ocasiones, sin pretenderlo, originan aforismos de validez universal.

SOLEARES

A serbir al rey me boy,
y er biento que da en tu puerta
son los suspiros que doy.

Anda a la ilesia y confiesa;
que te quiten los muñecos
que tienes en la cabesa.

Le ijo er Tiempo ar queré:
esa soberbia que tienes
yo te la castigaré.

Que conbenga o no conbenga,
el hombre para queré
no ha de tené mala lengua.

Si es que usté escribe, yo no;
lo que s’escribe quea siempre,
y lo que se jabla no.

Er que no tiene parné,
jasta las pícaras moscas
se quieren jiñar en él.

COPLAS

Más mata una lengua
que las manos der berdugo;
que el berdugo mata a un hombre;
una mala lengua mata a muchos.

Si oyes doblá las campanas
no preguntes quién ha muerto,
qu’a ti te lo ha e desí
tu propio remordimiento.

Pensamiento, ¿aónde me yebas,
que no te pueo seguí?
No me metas en paraje
donde no puea salí.

Er libro de la esperensia
no le sirbe al hombre e ná;
¡tiene ar finá la sentensia;
y nadie yega ar finá!

Ae barquiyo qu’en er mar
está pegando baibenes,
tengo yo comparaíta
la boluntá que me tienes.

En argún tiempo era yo
de tus paeres simiento,
y ahora soy un esconchao
que se cae con er biento.

CANTARES

Anda diciendo tu madre
de mi honra no sé qué:
¿Para qué enturbiar el agua
si la tiene que beber?

En la puerta del presidio
hay escrito con carbón:
“Aquí el bueno se hace malo,
y el malo se hace peor”.

Los ojos de la viuda
van diciendo por la calle:
“esta habitación se alquila,
porque no la habita nadie”.

Un viejo recién casado
guardaba mucho su viña,
y se halló con el rebusco
cuando fue a hacer la vendimia.

La imagen del viejo recién casado puede remitir a Chaucer; la del escrito en la puerta del presidio a Dostoievski; la de las campanas que doblan a muerto, a John Donne, y la del barco dando vaivenes, a la Biblia –en este caso a Santiago 1:6- y en muchísimas otras coplas a los libros de Eclesiastés, Proverbios, Job, o Cantares. El anónimo autor de estas coplas es, probablemente, analfabeto, y jamás salió de su pueblo excepto para cumplir el servicio militar, pero al expresar sus penas y alegrías consigue conectar con una inteligencia universal. Machado transcribe las coplas con una grafía más o menos fonética, y recuerda que su verdadero impacto se produce al ser escuchadas:

Las coplas populares no están hechas para venderse, ni aun para escribirse; por tanto, es imposible juzgarlas bien no oyéndolas cantar, toda vez que no sólo la música, sino el tono emocional, les da una significación, una expresión y un alcance que meramente escritas no pueden tener.

Simplemente al leer los cantes, que están clasificados por palo, se adquiere cierto sentido del ritmo, que obviamente se acentúa al ser escuchados y cantados. Para el poeta popular componer en soleá o fandango, de oído, es natural: es lo natural. Es una poesía verdadera, que contrasta extraordinariamente con la de un “poeta” celtibérico componiendo haikus, o con la de tantísimos que escriben prosa cortada con tijeras, tan llena de pretenciosidad como carente de ritmo y belleza.

Manuel de los Santos Pastor, el Agujetas de Jerez, retratado en un documental de Dominique Abel, es un cantaor a la antigua, de la fragua, sin papeles, que no sabe a ciencia cierta si ha nacido en Rota o en Jerez, con una herencia artística que se remonta al menos a su bisabuelo. Es un cantaor descrito por sus allegados como raro, desconfiado, una especie de anarquista que no quiere saber nada de la sociedad. Lo que más valora es su libertad:

No había ningun artista… eran los verdaderos artistas, pero no habia artistas porque eran cantaores de los señoritos… ¿entiendes? No estuve metido en fiestas de esas así, porque creo que iba a escapar mal… pos yo he visto una vez una fiesta aquí el Borrico viejo cantarle a un señorito… llamar el señorito: “¡canta!”… el Borrico ha ido a cantar, abre la boca, llega el señorito y le tapa la boca: “¡asín no!”… a mi me tapa la boca el señorito y le pego al señorito, a la madre, a la tia y a la sobrina… y por eso a mí no me ha caído esa papeleta… gracias a Dios… yo nací libre y sigo siendo libre.

Aunque alejado del mundillo, su arte es apreciado en todo el mundo, pasa largas temporadas en Estados Unidos, y se casa con una japonesa, Ikeda Kanako, que es ahora bailaora flamenca:

Como yo soy un hombre libre, pos yo me caso con quien me gusta, por lo tanto, mi mujer es japonesa… me la traje pa’cá de Japón… digo esta japonesa es la mía… el amor no tiene idioma, el amor no tiene na’ más que quererse… yo he enseñado a Kanako a mi mujer a bailar por soleá como se baila… y no hay ninguna gitana ni una gachí que baile igual… los harán todas iguales, pero ésta es diferente.

Agujetas es también descrito como un cantaor en estado puro, salvaje, sin concesiones. Fue muy notoria su afirmación de que el Camarón “cantaba como un perro”, y tiene teorías bastante definidas sobre lo que es el verdadero cante:

Yo no sé leer, escribir, ni nada de eso; además, no fui a la escuela nunca… yo me acuerdo me parece que fue una vez cuando me pusieron a hacer los números por la pizarra… lo tiré y salí volando, y ya no fui más… hombre, las letras las hago yo: la pongo en la cabeza, con una vez que la repase, ya no se borra de la cabeza… tendrá 5 o 6 días de letras… una persona si sabe leer y escribir no puede cantar flamenco tampoco, porque ya pierde el saber pronunciar.

Hay que nacer cantaor, sino las letras las puedes tirar… las letras las hace la vida… las personas van viviendo su vida, asi se van haciendo las letras… a las fatigas que uno pase… el que mejor canta es el que más fatigas ha pasado… el que no ha pasado fatiga no puede saber cantar… ésa es la vida.

Su vida y su arte son la misma cosa, y por dedicación y perfeccionismo desdeña lo hecho por él mismo en el pasado. Cuando se le enseña una antigua actuación suya en televisión, reacciona así:

Lo que yo canto no lo miro en mi vida, yo no cojo periodicos en mi vida, de nadie, lo sabes tú, me da igual que pongan ése en el periódico como si ponen… me da iguá… yo no me miro nunca, ni me escucho… pero ahora, un cantaor no se hace hasta los 75 o los 78 años pa’rriba… no hay cantaores… eso está cantao a lo bruto… eso hace 18 años… 18 años… salvaje… hoy tengo más fuerza que cuando 20 años… todo el hombre que tenga 20 años es una mierda… ir a correr, to’ a lo loco, comiéndome el mundo, y no se puede uno comerse el mundo, hay que comerse medio mundo, más parao, y más paraíto se come uno seis mundos… ahora se canta diez veces mejor… eso está pa’ cumplir pa’ la gente… para mí no, para los que no saben sí.

Tal dedicación tiene algo de misticismo, y la contemplación de la divinidad de la naturaleza es consecuencia del desapego de lo material, de la purga de los sentidos y de la mente de todo lo impuro, de la concentración absoluta en la propia meditación. El místico llega a la experiencia contemplativa condicionado por sus propios sentidos, formación y temperamento: para algunos santos, la experiencia fue fundamentalmente visual, para otros musical, y para otros intelectual.

James Joyce, escritor irlandés, era católico, culterano, de visión deficiente y buen oído, muy aficionado a la música. En El retrato del artista adolescente su personaje Stephen Dedalus describió la epifanía como “la revelación de la entidad de una cosa, el momento en el que el alma del objeto más común nos parece radiante”, y en Ulises el material del escritor está basado en la calle, en la taberna, en el idioma común de personajes comunes.

Samuel Beckett, su discípulo, era también irlandés, pero protestante, conceptista, aficionado a la pintura, y con una prosa de escaso coloquialismo: terminó por escribir en francés. En su ensayo Proust, describe la experiencia artística como:

Cuando el objeto es percibido como particular y único, cuando aparece independiente de cualquier noción general y separada de la cordura de una causa, aislado e inexplicable en la luz de la ignorancia; entonces y sólo entonces puede ser una fuente de encantamiento. Desafortunadamente el Hábito ha impuesto su veto sobre esta forma de percepción.

En el mismo ensayo, Beckett también habló del sufrimiento vital como la principal condición de la experiencia artística, y en un pasaje muy significativo expone su concepto de la memoria involuntaria, opuesta a la memoria ordinaria y al hábito, que han deformado la realidad:

No hay escapatoria del pasado porque el pasado nos ha deformado, o ha sido deformado por nosotros… la memoria involuntaria es explosiva, una deflagración inmediata, total y deliciosa.

Tal concepción parece derivada de Ulises, donde se reflexiona sobre la voluntad y su efecto adormecedor sobre los pecados:

Hay pecados o -llamémoslos como el mundo los llama- malas memorias que están escondidas por el hombre en los lugares más oscuros del corazón, pero que allí habitan y esperan. El hombre puede hacer que su memoria se vaya apagando, hacer como si no existieran… sin embargo, una palabra casual las devolverá y se levantarán para confrontarlo en las circunstancias más variadas.

Para Manuel de los Santos Pastor, el Agujetas de Jerez, la vida es un ejercicio a tiempo completo de composición de cantes, y los cantes están en su cabeza, aunque no siempre a mano:

Durmiendo, se estudia el cante… es igual que escuchar un disco, pa’ escuchar un disco se cierran los ojos y se escucha el disco, con los ojos abiertos no se puede escuchar nada… hay que estar concentrado en los que estás escuchando… todas las mañanas me duele la cabeza… porque todos los días paso las letras… me enjuago la cara me se quita el dolor de cabeza… porque todas las noches enciendo el cante… y a lo mejor a los seis meses me se viene una letra que la estoy buscando hace 10 años… la estoy buscando yo en casa comiendo… una letra que yo tenía y no me acuerdo… y paso y un día montando la moto se viene … ¡eh! ¡eh! llegó, y llegó la letra, que estaba por aquí… dándole vueltas hasta encontrarla… pero para eso hay que vivir del cante, ¿comprendes? y ser enamorado del cante.

Originalmente publicado en GS, 10-7-2012.

Los sibaritas de los vinos

En El traje nuevo del emperador, dos estafadores fabrican -en el sentido anglosajón del término- un tejido que es invisible a los necios: todo un clásico sobre la naturaleza humana que sigue teniendo plena validez. Y qué mejor ejemplo que el de los críticos de vinos y su absurda palabrería para justificar el no menos absurdo precio de tantos vinos, para que el snob se sienta sibarita, superior al currante que se coloca con un vino de mesa. Aparte de las obvias diferencias de niveles de calidad entre un vino peleón, uno digno, y uno especial, hay supuestas complejidades de sabor que existen sólo en la imaginación de un colectivo de granujas a sueldo, y pagar ciertos precios es sinónimo de necedad machadiana.

Algún ejemplo de la prosa del género, de Mundovino, el suplemento de El Mundo para cándidos “enólogos”:

El Pierre Moncuit Millésime 2004 es un champán maduro que presenta un color dorado pálido, con finas y abundantes burbujas. En él se encuentra todo el potencial característico del vino de Le Mesnil, mostrándose fresco, elegante y con una gran profundidad, pudiéndose percibir notas de frutas blancas frescas, cítricos, recuerdos florales, así como notas de tostados y ”brioche”. En boca destaca una acidez poderosa y su paso por boca es cremoso y untuoso.

Todo un portento: un champán que sabe a brioche, y además a frutas, y a flores y a “tostados” sin especificar. La uva como caleidoscópica creadora de sabores variopintos. El mundo en su copa. Se ha pasado de Marcelino pan y vino a Borja champán y brioche. El milagro de la modernidad.

Otro ejemplo, esta vez de Mundovino.net:

Vino de color rojo picota intenso, brillante, intensidad alta, lágrima tintada, densa y viva. Presenta una nariz compleja, con una explosion de aromas donde destacan aromas a frutas rojas (frambuesas) y notas florales (violeta, jazmín) fondo con toques ahumados, balsámicos, tostados y minerales. En boca posee gran cuerpo, es muy goloso, equilibrio de la madera y fruta, posee un retrogusto largo y persistente con recuerdos a ahumados, a tabaco y minerales.

Otra maravilla: un vino que sabe a tabaco, como si alguien hubiera dejado caer una colilla en la copa, además de las consabidas “notas” frutales y florales, y unos toques ahumados, tostados y minerales que podría sugerir un proceso tan ajeno al vinícola como la torrefacción.

No cabe duda que la ingesta de alcohol puede contribuir notablemente a la imaginación del “crítico”, y en algunos casos parecería que se ha incrementado mediante la adición de alguna droga psicotrópica. En Retorno al pasado: la cata de los 13.500 euros dos entusiastas intercambian impresiones de forma amanerada:

un blanc de blancs mágico de Epernay, un champagne decadente -¬¿no lo son todos?- profundo y añejo, con notas de barnices, ámbar, pasado y atardeceres compartidos.

El Domaine Huet Le Haut Lieu 1955 tenía armonía, pausa, sonidos elegantes y complejos -jazz, vinos-; flores secas, mieles, membrillo, hojaldre, brioche salino.

Château D´Yquem del 53, el caldo de reyes, el vino de «una copa por cepa», el ídolo, el misterio botritizado de Sauternes, la lujuria vestida de flores blancas, de brioche y albaricoques, lágrimas que bailan sobre el cristal, perfumando cada rincón y cada sombra con sus notas de vainilla, azafrán y crema tostada

Petrus es fuego, trufas negras y la fuerza serena de quien sólo sabe besar mordiendo, como aquel Jake La Motta de Toro Salvaje.

un cabernet sauvignon elegante, profundo y masculino, un vino franco e impetuoso que nos recordó caricias y abrazos tostados, aliento a terciopelo, pimienta negra, tabaco y cuero añejo.

¿Pimienta negra, tabaco, cuero añejo? ¿Besar mordiendo como Jake la Motta? Se podría pensar que un amateur que describiera así a un vino estaría rememorando el beso de un camionero en una romántica noche manchega en la nacional IV. Y si un vino tuviera notas de barniz, cabría sospechar un fraude industrial de los que supone la pena de muerte en China.

¿Realmente hay gente tan estúpida que pueda creer semejante colección de trolas? De beber un vino que realmente supiera a toda esa puta mierda, se podría comprender que una persona cabal le estampara la botella en la cabeza al camarero que se la sirvió. En el caso de que el vino tenga “notas” exóticas, sería más probable que se debiera a la presencia de orina de tonelero, o de heces de moscas, o de sus cadáveres. Y toneleros ya quedan pocos: casi todo viene de cuba industrial. Luego el consumidor medio pasea por la sección de vinos de los supermercados, mirando botellas extasiado como miraba extasiado las chucherías del quiosco en su infancia, tan acicaladas de colores etiquetas como envoltorios, anticipando el colocón con la cena, su mediocre y cotidiano paraíso artificial, dudando si pillar un Castillo de Montemojinos Reserva 2007 o un Marqués de Marmolejo Reserva 2008.

Pobres incautos, si las “bodegas” fueran veraces a la hora de denominar sus productos, estos tendrían nombres como Polígono Industrial Valdemoñas Granel 2010 o Etílica del Noreste Garrafón Mixto 2008-10. El currante medio europeo meditará con cuidado su compra (“hay tanto donde elegir”), esperando encontrar la mejor relación calidad-precio; su vista navegará por etiquetas sugerentes de valles idílicos, y en casi todos los casos se decantará por una oferta, que consiste en una dosis casi exactamente igual de alcohol etílico y sulfitos, cuyo precio es del doble por su categoría, pero que está rebajado a la mitad, en estudiada rotación. El sistema rara vez falla. El mismo proceso, pero extrapolado del segmento de 5 euros por botella al de 25, y un sibarita marchará contento a su casa, sintiéndose un privilegiado.

Originalmente publicado en GS, 1-8-2012.

Nacionalismo

Estar orgulloso o avergonzado del lugar de origen son dos distorsiones muy comunes de la autoestima del individuo, que debería encontrar satisfacción en los logros personales y no en un accidente en el que no tuvo protagonismo. El vacío de la persona es anestesiado con un sentimiento gregario, una transferencia de la responsabilidad individual por conseguir la felicidad, que es un derecho de nacimiento universal. La naturaleza humana es igual en todas partes, y es el viento cambiante de la economía y su relato mediático el que más influye en el temperamento del que identifica su persona con su país. Al igual que la presunción y la desesperanza agustiniana, los complejos de superioridad e inferioridad nacionalistas son dos manifestaciones de fragilidad, y no es coincidencia la ciclotimia de una sociedad que en una misma generación saca pecho presumiendo de su rango en el mundo para luego lamentarse como el borracho tan desquiciado por el fracaso como por el vino. El orgullo precede a la caída; la humildad crea grandeza, y la grandeza orgullo.

Como en una relación sadomasoquista, el participante suele compartir rasgos de los dos extremos, aunque generalmente predomina un rol dependiendo de la situación económica y el propio temperamento. Cuando la economía va bien, suele predominar el orgullo por pertenecer a un país, aunque difuminado; más un pensamiento placentero como adorno de una concepción lúdica de la existencia que como motivo de ella. Cuando la economía va mal, tanto orgullo como vergüenza son amplificados, y se perciben como el motivo principal de la miseria. El orgulloso achaca el fracaso a falta de patriotismo, pero se afianza en su orgullo, en su nostalgia del glorioso pasado, en cada pequeño logro actual, aunque sea meramente deportivo. Mantiene su esperanza inalterable en tiempos mejores, normalmente esperando que llegue la hora de un caudillo redentor y patriótico como a otro le da por esperar a Godot.  El avergonzado suele envidiar, con ingenuidad, a otros países con mayor nivel de bienestar aparente, y si tiene alguna esperanza es en la emancipación de su región -para lo que hace falta también otro caudillo- como liberación del centralismo, que piensa que a la vez lo asimilará al nivel de esos países de mayor poderío económico. Ni que decir tiene que, a ciertos niveles de malestar económico, el debate entre los desgraciados que achacan el resultado de su vida a la cantidad de maná político es ciertamente una dialéctica tan grotesca como una sesión sadomasoquista, que no es sino una farsa para entretener la impotencia. Nadie es profeta en su tierra, pero otra cosa es ser tertuliano.

En el intercambio de insultos resultante, hay uno siempre compartido. “¡Nacionalista tú!”. Las regiones en las que existe deseo de secesión son nacionalistas, y el gobierno central es nacionalista. Ceñudos comentaristas de cierta prensa nacional teorizan sobre la regresión que supone el nacionalismo de las regiones secesionistas como un fenómeno decimonónico, aunque en aquellos tiempos fuera una fuerza integradora de territorios más pequeños, y obvian el nacionalismo propio, dando por supuesta, como derecho natural, la hegemonía del propio territorio. Ceñudos comentaristas de cierta prensa regional achacan a esa nacionalismo hegemónico la falta de desarrollo de su región, aunque paradójicamente les proporcionara el bienestar en la época en que, como poder imperial, había para todos, y como poder de medio pelo las beneficiara para anestesiar el sentimiento separatista.  Hay otro insulto compartido (“¡insolidario!”) que es lamentablemente cierto. No existen modales de mesa y mantel cuando las hienas y los buitres se disputan un cadáver, o cuando los hidalgos se reparten una herencia. Y así los unos y los otros, la familia que robaba unida se descompone cuando no hay botín suficiente.

Por supuesto, la composición futura de la península Ibérica está por ver. Es axiomático que siempre que hay una desintegración de un país hay intereses extranjeros promoviendo la debilitación del rival. Aunque España no sea ni mucho menos un actor principal a nivel global, su idioma es el segundo más hablado del mundo, las perspectivas de crecimiento de Iberoamérica son notables, y los ciclos cambian cuando menos se espera. Los idiomas regionales no son una amenaza para nadie, más bien la garantía de sumisión a otros poderes. Por otra parte, es paradójico que quienes hacen del español el mayor de sus argumentos de importancia en el mundo no tengan inconvenientes en someterse a poderes foráneos, a la vez que denuestan como provincianos los idiomas y dialectos regionales, con la chulería del cateto capitalino.

Sea cual sea la forma en que la península se estructure en el futuro, es bastante importante que el debate se conduzca con educación, con respeto mutuo, sin aspavientos. Igual que no hay libros buenos o malos, sino bien o mal escritos, lo último que debe perderse es las formas. Los constantes insultos no hacen sino exacerbar las posiciones contrarias y menoscabar la dignidad propia. Está por ver como le iría a la península si estuviera descompuesta en regiones periféricas con Castilla en medio, una meseta interior aislada como Mongolia: seguramente una potencia mundial en castillos y molinos de viento, pero poco más. Con un idioma del que no sería el foco, que ha pasado a América. Probablemente en tal situación a las regiones más grandes, con más recursos y mejores accesos la cosa le iría algo mejor que a otras, pero es dudoso que la desintegración de por sí supusiera mayor bienestar; sería ingenuo pensar que la emancipación del poder central fuera a producir un überciutadà o un überherritarra  productivo, creativo y responsable como por acto de magia, disfrutando del poder económico de sus exportaciones de vinos y quesos –“¡los mejores del mundo!”– sin corrupción, prostitución, drogadicción ni telebasura, en completa igualdad social, feliz en su nueva Arcadia. Nunca se sabe, pero es poco probable. De momento, en cualquier caso, España es una comunidad de vecinos en lo universal.

El mundillo

El que no tiene padrino no se bautiza, según el viejo dicho: el talento necesita ser reconocido, protegido y encumbrado. Conseguir un enchufe puede ser consecuencia de poseer verdadero talento, o de pertenecer a un entorno privilegiado, o de tener la suficiente ambición y astucia. Eventualmente, incluso el que consigue la ayuda del poderoso no conseguirá la confirmación a menos de tener valía, y el implacable tiempo, fuego natural, separará la escoria del oro.

Puede existir la expectativa de que cantante o escritor famoso transmitirá su talento a su descendencia, pero en la mayoría de los casos no toca la lotería genética, seguramente porque el éxito del progenitor ha creado condiciones ambientales muy diferentes para sus retoños. Las relativas excepciones son el mundo del flamenco y el del toreo, donde muchas veces se transmite un modo de vida. El que pertenece a una familia privilegiada puede contar con toda la ayuda del mundo, pero a pesar de una educación refinada y una abundancia de contactos y de dinero, la mayoría de los duquesitos de Algo acaban por diseñar ropas o joyas o hacer pintura naif, o montan una editorial o galería de arte, cuando no se sienten creativos pero también están aburridos. A pesar de toda la exposición mediática que se pueda desear, su contribución no suele ser perdurable.

A veces el plebeyo entra en una dinastía por una ambición debidamente encauzada por via vaginal, anal y/o bucal: es el cuento de hadas en el que una starlette se convierte en baronesa. De tener el interés por la decoración del nuevo rico a entrar en la promoción de iconos culturales sólo hay un paso, mientras haya suficiente dinero, pero el fetichismo de objetos artísticos con precio exclusivo normalmente no aporta nada valioso a la historia del arte.

Mucho más difícil lo tiene, tanto para la inmortalidad artística como para el día a día existencial, la persona de talento mediocre que no tiene relación con los poderosos. Lo intenta y lo intenta, se quiere convencer a sí mismo de que lo único que le falta para triunfar es una oportunidad, un contacto, y pierde mucho más tiempo buscando el enchufe que creando sus microrrelatos, o sus haikus, o su novela en clave de Bukowski ambientada en Lavapiés. Incluso si hace mucho ruido, su presencia es desdeñada con prontitud, como la del espontáneo que salta a la plaza.

El aspirante a famoso, en el que se suele combinar una sensibilidad artística impuesta por una educación pequeño-burguesa y una aversión total por el trabajo, y especialmente el físico, no tarda en conectar con almas afines, y el entendimiento entre ellas es superficialmente absoluto: todos creen haber encontrado a alguien que reconoce su genialidad. Es cuestión de etiqueta y pragmatismo reconocer la genialidad del otro, así que la solidaridad de los artistillas está asegurada. Se ayudarán de toda manera posible, mientras esperan el golpe de fortuna que les permita subir a otra división y descartar a rivales o mantener a lacayos. Su rutina es recomendarse, reseñarse, retuitearse; entrevistarse en blogs, podcasts, radios locales o fanzines; compartir contactos, hacer propuestas de proyectos comunes, y cualquier forma de auto-bombo.

-Oye, podríamos hacer un crowdfunding para editar un libro de fotos de Malasaña.

-Tú y yo deberíamos hacer una historia de las series de humor inglesas.

-Voy a editar un e-book con todos tus entradas en el Foronardo.

-Sabes, conozco a un cámara que trabaja en la Sexta y toma cubatas con Jordi Evolé.

-No se pierdan mi último post en mi blog.

-Genial tu entrevista en el blog de Manu.

-¡Me ha retuiteado Buenagente!

Hay tantas camarillas de aspirantes a famoso como bares, actividad en la que España es una potencia mundial, y normalmente están formadas en torno a alguien relativamente famoso, aunque no tanto como para desdeñar totalmente la interacción con sus súbditos. Abundan especialmente los séquitos de periodistas, monologuistas más o menos cómicos, y ese tipo de escritor que ocupa casi todo su tiempo con la actualidad política. Aportan a diario, esperando una palmadita en la chepa de un Arcadi Espada, un Enrique Dans, un Nacho Vigalondo, una Luna Miguel, un Rafa Reig.

Tal actividad es normalmente inútil, una especie de charla ociosa entre Vladimir y Estragon mientras se espera a Godot. En la obra de Beckett no importa tanto la eventual llegada como la futilidad de la existencia de los dos desgraciados. Toda una advertencia para los que no ponen su energía en la creación sino en el reconocimiento, y al hacerlo, a veces, pueden perder la dignidad tanto como el tiempo.

Originalmente publicado en GS, 11-7-2012.